conversaciones en los limoneros

Feria Hardisson: “Santa Cruz no ha querido traer una escultura que Vicente Larrea regaló a la ciudad”

Vicente Larrea
Feria Hardisson: “Santa Cruz no ha querido traer una escultura que Vicente Larrea regaló a la ciudad”. SERGIO MÉNDEZ

Lo primero que hizo Quini Feria Hardisson (La Laguna, 1940) cuando llegó a Los Limoneros fue regalarme un libro naranja, muy bien editado por Pre-Textos, con la obra poética y los cuentos de su hermano, el grandísimo poeta Luis Feria (1927-1998), uno de los consagrados de la generación del 50 en España, premio Adonais (1961), premio Boscán (1964) y premio Canarias (1993). Mi interlocutor, su hermano menor, es farmacéutico, como manda la tradición familiar; es filántropo, por propia vocación; y es coleccionista del arte, “porque el arte”, dice, “debe divulgarse desde las escuelas, porque tenemos un legado cultural enorme en las islas y porque es preciso preservar algo que se llama sensibilidad”.

Quini Feria ha cumplido 80 años y seguramente no le gustará que yo diga que ha sido –¿y es?– un seductor, que ha cultivado la amistad como pocos y que está más bien solo porque se le van yendo los amigos y los perros. Gastrónomo reconocido, conoce medio mundo y confiesa que ha tenido que vender algunos cuadros a lo largo de su vida “para sobrevivir”. Quienes lo enjuician mal opinan que es una persona antipática y distante. Pero Quini Feria es todo lo contrario: sensible y amable, comprensivo y sabio. Profundamente culto, con las ideas claras, unas ideas que revolotean sobre la cultura, hoy con la prudencia de un hombre que ha vivido y que no quiere, por nada del mundo, que sus palabras las saque yo de madre. No le daré ese disgusto, o al menos lo voy a intentar. Me envía un mensaje de voz:

“Yo he aceptado esta entrevista porque creo que la obra de mi hermano, reconocida en los ambientes cultos, debería darse a conocer a mucha más gente. Él, desde luego, no me habría dejado que yo dijera nada de esto”.

-Vamos por partes, Quini. Nadie a estas alturas duda de que tu hermano Luis es uno de los grandes poetas españoles contemporáneos.

“Sí, nadie lo duda, desde la elite, pero en la periferia cultural no se conoce su legado suficientemente”.

-¿Cuántas veces te has hartado de todo y has querido mandarte a mudar de aquí?

“Bueno, en cierta forma lo he hecho. He tenido grandes estancias fuera de las islas”.

-¿Y cómo te encuentras con 80 años, tan bien vividos?

“Estoy peor que de costumbre. Siempre estoy mal”.

(Él sabe que no es verdad. Podría escribir 20 libros y no habría páginas suficientes en ellos para contar todo lo vivido. Pero es que, además, se lo sabe todo de la sociedad tinerfeña. Quizá para hablar de la sociedad tinerfeña, y para compensar la comida en Los Limoneros, Quini me invita, junto a otros amigos, hoy lunes, a almorzar en el Club de Golf. Pretende que nos tomemos un potaje y no creo que allí nos ofrezcan conejo con ciruelas pasas, plato del que él presumía en La Oca, uno de los mayores referentes históricos de la cocina de la isla, en Santa Cruz. De su propiedad).

“Tenemos que repetir estos encuentros porque, a nuestra edad, un día se te ocurre morirte y ya no nos veremos más”.

-¿Qué se siente cuando uno duerme en su casa, de madrugada, y te enfoca una linterna y ves a tres tíos con puñales a tu lado, que quieren robarte?

“Pues mucho miedo. Sí, entraron en casa, pero no iban a por cuadros, sino a por dinero. Y no se llevaron mucho, lo que había en la cartera y un dinero que tenía en un cajón del despacho. Cuando vieron que allí no había nada más que rascar se fueron”.

-¿Y tú qué hiciste?

“¿Pues qué iba a hacer? Llamar a la Guardia Civil. Además, aquello parecía una escena de una película de Fellini, porque yo duermo en pelotas y cuando me hicieron levantar estaba, naturalmente, en pelotas. Y los tres tíos con puñales enfrente de mí. Era surrealista. Menos mal que se fueron cuando comprobaron que no había más dinero en la casa”.

-Tú te relacionaste con personas que ya no están y que yo admiré mucho. Eran también amigos míos. ¿Empezamos?

“Lo que quieras”.

-Antonio Tavío.

“Si Antonio Tavío hubiera vivido en los Estados Unidos, en vez de en Canarias, habría sido multimillonario. Era creativo, visionario, amigo fiel. Un personaje irrepetible”.

-El padre Adán.

“Nunca se pasaba, aunque hubiera podido hacerlo. Jamás le vi perder la compostura, a pesar de la fama que tenía de ser el cura guapo y de que las mujeres se enamoraban de él. Cantaba como los ángeles, dominaba el latín, era un músico excepcional. Y un sacerdote muy culto”.

-Antonio Cubillo.

“Cuando Cubillo salió cagando leches de aquí, por aquello de las lecheras, o de los panaderos, o por no sé qué, me lo encontré en el metro de París. Eran los años 60, al principio, creo que en el 62. Yo no entiendolos nacionalismos, ni los independentismos, pero Cubillo era una buena persona y todavía recuerdo el programa que ustedes hacían en Canal 7, El Perenquén, que era un vacilón”.

-¿Qué hacía Cubillo en París?

“Huyendo, ya te digo. Me parece que iba camino de China, pero por alguna razón que desconozco después acabó en Argelia, donde pasó tantos años. Cubillo era un personaje, un hombre con mucho éxito entre las mujeres. Era un donjuán, de joven”.

-Tú también confiesas que has vivido, ¿no?

“Yo he vivido como Frank Sinatra. He vivido aquí como si estuviera en Nueva York, porque siempre me ha importado un carajo lo que se dijera o no se dijera de mí”.

-¿Es verdad que todavía vas a la farmacia?

“La absurda legislación vigente me permite ir, pero no me permite despachar. Cuando se lo cuento a la gente se descojona de risa, pero es verdad. De todas formas, tengo gente muy buena que trabaja para mí”.

-Regresamos al arte. ¿Es verdad que has vendido algunas piezas de tu colección?

“Claro, para poder vivir. En cierta forma el arte es ahorro. Y no siempre las cosas han venido bien dadas”.

-¿Cuál ha sido tu último disgusto?

“Este año se me murieron dos perros. Y cuando un perro se te muere sufres mucho. Mi relación con los perros se deriva del hecho de que el ser humano no aguanta para siempre a otro ser humano. Evolucionamos de distinta forma y por eso se rompen los matrimonios. Es muy raro que un matrimonio dure para siempre, sencillamente porque no puede ser”.

(Se empieza a hablar de Camus en la mesa. Y de la afición de Camus por el teatro, que derivó en una obra maestra que es Calígula (1944). Quini Feria es un seguidor de Camus y no recuerda cuántas veces ha leído La Caída. Podríamos pasar revista a media docena de escritores favoritos de Quini, pero vamos a dejarlo aquí porque yo quiero hablar de gastronomía. Mi interlocutor es un auténtico gourmet. Se ha recorrido medio mundo solo para comer. Y yo creo que no le gusta demasiado Arzak, sino que prefiere a los franceses, a los dos más grandes, antes de que la nouvelle cuisine degenerara).

“Hay dos nombres para recordar. El gran Paul Bocusse (1926-2018) y Michel Trama, que se mantuvo un poco al margen de la corriente. Fue aquel que dijo que su mejor plato era el que no había creado todavía”.

-¿Y todo se ha ido a la mierda?

“No, pero por ejemplo El Bulli es un cuento. Y a lo mejor alguien me azota por decirlo, pero lo digo. Lo mismo que digo que no iba a esos sitios de la elite gastronómica con amigos, sino con damas. Son mejor compañía. Hubo cocineros muy buenos que se pasaron de rosca y empezaron a mezclar ingredientes que no deben juntarse nunca. Y así acabaron con una corriente gastronómica que al principio fue excelente, pero que luego mezclaba la sandía con la papaya y los chicharrones. Y eso no hay quien se lo coma”.

-¿Has viajado solo para comer?

“¡Claro! Y he reservado restaurantes con dos años de antelación y a veces con más tiempo. Lo bueno, la excelencia, hay que paladearla antes de saborearla y esta ha sido una máxima en mi vida”.

-Tú, sin quererlo, has formado parte de círculos de opinión diríamos heterodoxos.

“Bueno, vamos a ver, nosotros nos reuníamos en aquel Rancho Grande de Rolando con los independentistas. Pero yo no soy independentista. Yo iba con Antonio (Tavío) a escuchar lo que decían, mientras que en un callejón de al lado los señoritos de La Laguna se solazaban con sus queridas en la oscuridad. Pero la política la he vivido siempre desde fuera”.

-¿Y qué opinas de los nacionalismos?

“Que son una desgracia”

-¿Nombres de esos señoritos laguneros?

“¡No, por Dios!”.

-¿Tú no tienes la sensación de que aquí todo es carnaval, Quini? No se puede sustentar una cultura seria desde el carnaval.

“Tienes razón. Fíjate si la tienes que el alcalde Bermúdez inauguró la nueva calle de Barranquillo con una comparsa. ¿Qué hace una comparsa en la puesta en servicio de una calle de Santa Cruz? ¿Qué es Barranquillo, un sambódromo?”.

–Por cierto, Santa Cruz tiene una deuda con el gran escultor amigo tuyo Vicente Larrea. ¿Cuál es la historia?

Larrea no quiso participar en la exposición de escultura en la calle. Pero a petición de Vicente Saavedra, también muy amigo mío, el gran arquitecto fallecido, realizó para la ciudad una escultura, que él quiere regalar si la ciudad costea los materiales y el transporte, unos 200.000 euros. Larrea es un escultor universal, tiene la escultura en el jardín de su casa y nadie reacciona: no la traen. Es una preciosidad y revalorizaría el patrimonio cultural de Santa Cruz. Pero nadie le dice nada y se ha creado ahí una terrible falta de comunicación entre la ciudad y el escultor. Una pena, porque a Larrea le gusta mucho Tenerife. Siempre viene a pasar temporadas en el sur de la isla. Bien es verdad que sale poco del hotel”.

-Dicho queda. Alguna gente que no te conoce dice que eres inflexible y cortante en tus juicios. ¿Es cierto ese mal carácter? Yo no lo percibo.

“Es mentira. La gente no se da cuenta de que yo me paso mucho tiempo del día de vacilón. No tiene sentido del humor. En cierta manera es normal, porque España, y Canarias no es ajena a ello, es un país de pícaros, que se pasan el día peleándose unos con otros, con lo que el humor se entiende mal o no se entiende nada”.

-¿Esa pelea dificulta a la cultura?

“Por supuesto. Pero es una pelea de siglos. Y la cultura se resiente en muchas ocasiones. Un detalle, yo intenté que el Cabildo comprara un resto de la obra de mi hermano Luis, que la editorial Pre-Textos ofrecía a precio de costo. El Cabildo no me hizo puto caso. Yo creo que no valoraban la obra de Luis. Estoy pensando en quedármela yo y distribuirla a gente que desee tenerla”.

(Hablamos de mil cosas en un agradable paréntesis de sábado de Semana Santa. Quini pide un par de Remy Martin, que es un coñac que yo tenía olvidado, pero que es exquisito. Recuerdo cuando me los tomaba en La Riviera, que llegó a ser otro templo gastronómico de Santa Cruz. Eran otros tiempos, los tiempos de los viejos rockeros. Para mí ha sido enormemente gratificante esta charla con Quini Feria. Y, además, hemos tenido la oportunidad de acercarnos al pasado, que desde luego fue mucho mejor).

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