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Personas sordas en Tenerife piden que se cumpla la ley: “No me enteré de nada en clase durante 2 meses”

Cuatro estudiantes tinerfeños recogen en un vídeo varios testimonios que reflejan algunas de las barreras a las que se enfrenta este colectivo
Intérpretes en Tenerife
Imagen de recurso de una intérprete en Lengua de Signos. Shutterstock

Comprender lo que se dice en una clase, acudir a una cita médica o realizar algún trámite en la Seguridad Social siguen siendo tareas complicadas para las personas sordas que residen en Tenerife. En numerosas ocasiones, el proceso de asignación de intérpretes de la lengua de signos (ILSE) es demasiado lento y esto provoca que quienes necesitan a estos profesionales no puedan comunicarse en igualdad de condiciones, sobre todo en ámbitos tan esenciales como el educativo o el sanitario.

Virginia Alonso vive en La Laguna y está finalizando un curso sobre la Promoción y Participación de la Comunidad Sorda, que se imparte en el Centro Internacional Politécnico, ubicado en Los Majuelos. Su docente, Carolina Martín, encargó a los alumnos una serie de proyectos que han hecho por grupos. El de Virginia, formado también por José Luis Audicana, Noelia González y Breogan Lemos, apostó por grabar un vídeo a modo de denuncia social sobre los problemas de integración de las personas sordas, un trabajo que cuenta con testimonios y experiencias vitales que invitan a la reflexión y que son, en cierto modo, un tirón de orejas para las administraciones públicas.

En una conversación con DIARIO DE AVISOS, la joven lagunera se muestra sorprendida por la cantidad de artículos que se vulneran en la Ley 27/2007, por la que se reconocen las lenguas de signos españolas y se regulan los medios de apoyo a la comunicación oral de las personas sordas, con discapacidad auditiva y sordociegas. La norma establece una serie de artículos que se inspiran en la transversalidad de las políticas en materia de lengua de signos y medios de apoyo a la comunicación oral, la accesibilidad universal, la libertad de elección, la no discriminación y la normalización de este colectivo. Algunas de estas premisas se están cumpliendo, pero la mayoría tardan en hacerse efectivas y otras ni siquiera se llevan a la práctica, según indican las personas que han participado en el proyecto.

“Tengo que pagar a un intérprete”

El testimonio de Kimberly es uno de los cuatro que figuran en el trabajo de Virginia y sus compañeros. Es coach, educadora infantil y autora de la trilogía Oídos en tu corazón. Cuando inició el grado superior de Educación Infantil contó con un intérprete, algo que agradecía, y mucho. Sin embargo, señala que “empezamos las clases en septiembre y no tuve intérprete hasta noviembre por los trámites de la Consejería de Educación. Durante dos meses, no me enteré de nada”.

A cada paso que ha ido dando en su vida, esta joven emprendedora se ha topado con barreras que le impiden comunicarse con las personas oyentes. Actualmente, se encuentra inmersa en un proyecto que requiere formación continua a través de varios cursos privados, para los que “no hay intérpretes de la lengua de signos, por lo que tengo que pagar a uno de mi bolsillo“. Esta situación, obviamente, no le parece justa. Y algo similar le pasa con su trabajo. Para poder dar atención al público, por ejemplo en su taller online, también se ha visto obligada pagar este servicio, un gasto que repercute en su economía. “Mis beneficios son menores a los de una persona oyente y no es justo. Tengo derecho a cobrar lo mismo”, apunta. Pese a todo, Kimberly sigue luchando para alcanzar sus metas: “¡Ser sorda no me va a detener!”.

“Siempre viene a partir de octubre”

Otro joven participante del proyecto cuenta lo incómodo que se ha sentido en las primeras semanas del curso debido a la dificultad que ha tenido a la hora de conseguir un intérprete. “Siempre viene tarde, a partir de octubre, y eso significa que estoy un mes completo, el de septiembre, dentro de clase sin enterarme”. Estas circunstancias dificulta entenderse con su profesor. “A veces le pido ayuda a mis compañeros para adaptar la información”.

La realidad de este estudiante cambia radicalmente cuando llega el ILSE. “Cuando viene, empiezo a sentirme más cómodo, puedo entenderlo todo, la comunicación con las personas mejora y comprendo al profesor si me pregunta algo. Me gustaría que el intérprete estuviera desde el primer momento”, asevera.

Virginia hace hincapié que este tipo de situaciones que sufren las personas sordas no solo se dan en el ámbito educativo, sino también en otros como el sanitario. “Los testimonios que hemos recogido para el trabajo nos dicen que pueden solicitar este servicio, pero otra cosa es que se lo den a tiempo, por lo que siempre están pendientes de ir acompañados, no tienen esa independencia”.

“El médico no se baja la mascarilla por miedo al COVID”

La pandemia de COVID-19 también ha influido negativamente en la capacidad de integración de las personas sordas, sobre todo por el uso de mascarillas. Un claro ejemplo de ello lo tenemos en la siguiente experiencia incluida en la denuncia social que han llevado a cabo los estudiantes de Promoción y Participación de la Comunidad Sorda, la de una chica que explica lo difícil que sería para ella ir sola al centro de salud. “El médico no quiere bajarse la mascarilla por miedo al COVID-19 y yo lo entiendo, pero puede hacer gestos, mímica o escribir”.

El problema, insiste, “es cuando el no comprende el motivo por el que estoy allí”. Por ello, la joven siempre acude a las citas con su madre. “No hay apoyo para la comunicación, por eso quiero traer a un intérprete en lengua de signos y, aunque es difícil, quiero intentarlo, porque es mi derecho”.

La última persona que aparece en el vídeo añade que esta problemática también existe en las oficinas de la Seguridad Social. “Es importante que haya un ILSE para solucionar trámites que tenga que realizar en el futuro, como la jubilación, el paro u otros que requieran una información clara”.

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