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César Manrique, el genio que nos enseñó que el paraíso estaba en casa

Tal día como hoy, hace 30 años, falleció César Manrique, visionario y líder social que inventó un arte basado en la modernidad y la tradición, y despertó la conciencia medioambiental en las Islas
César Manrique, el genio que nos enseñó que el paraíso estaba en casa
César Manrique, el genio que nos enseñó que el paraíso estaba en casa. DA

Vivió 73 años y exprimió todo el jugo que pudo a la vida. “He sido un hombre libre y feliz; no hay destino más hermoso”, llegó a comentar más de una vez entre sus allegados. Se reivindicaba como pintor, pero su fondo cromático como artista era mucho más profundo al abarcar otras disciplinas más allá de la estética picassiana que trazaba con sus figuras y colores abstractos sobre un lienzo.

Su excepcional talento y su amplitud de miras quedaron de manifiesto en numerosas obras arquitectónicas, esculturas y sorprendentes espacios públicos que solo un artista total como él era capaz de imaginar y construir. Para ello recurría a un diálogo permanente con la naturaleza, con la que estableció una íntima relación, a través de un lenguaje tan respetuoso como innovador.

Ese compromiso de amor eterno con el medioambiente y su tierra, quedó definitivamente sellado en 1968 – año en el que regresó a Lanzarote tras dar por cerradas sus etapas de casi un cuarto de siglo en Madrid, donde llegó en 1945 para estudiar Bellas Artes, y posteriormente en Nueva York-, cuando las grúas y los camiones hormigoneras comenzaban a multiplicarse como una plaga por las costas canarias en pleno florecimiento del turismo de masas.

Su defensa del patrimonio natural del Archipiélago -fue el primero en flamear la bandera de lo que varios lustros después se bautizaría como desarrollo sostenible-, se sustentaba sobre un discurso fogoso, que sonaba a auténtico, alejado de lo políticamente correcto y que conectó como un flechazo con un pueblo que de inmediato lo subió a los altares para darle el sí quiero.

El Charco de San Ginés, en Arrecife de Lanzarote, lugar donde nació en 1919, y la Caleta de Famara, al noroeste de la isla, en el que veraneó durante su infancia, alumbraron el despertar artístico del pintor conejero. A su etapa inicial, de marcado carácter costumbrista, le sucedió una fase de temática fantástica, en los años 50, hasta que en 1964 decidió trasladarse de Madrid a Nueva York tras el fallecimiento de Pepi Gómez, su mujer. En la ciudad de los rascacielos entabló contactos con el arte pop y profundizó en el collage, pero César tenía la mente en Canarias y optó por regresar a la Isla de los Volcanes. “Creo que en Lanzarote está mi verdad”, dejaría escrito en su diario neoyorquino.

En su vuelta a casa resultó decisivo el papel de José Ramírez Cerdá, Pepín Ramírez, presidente del Cabildo de Lanzarote y gran amigo de la infancia, que depositó en él toda su confianza y le abrió de par en par las puertas a su formidable ingenio. Así nació una alianza tan fructífera como inhabitual para Lanzarote entre el poder político y un artista que soñaba con convertir su isla en una gran utopía.

El retorno de César coincidió con los primeros pasos de una industria turística que no se andaba con miramientos estéticos, pero también con una compleja realidad social, con grandes bolsas de pobreza entre la población lanzaroteña, obligada a emigrar a otras islas como consecuencia de la situación económica, agravada por la crisis del banco pesquero canario-sahariano.

José Juan Ramírez, presidente de la Fundación César Manrique, destaca la visión de convivencia, la capacidad de percepción y la mirada intelectual de Manrique desde una óptica insular: “César se consideraba un ciudadano del mundo, pero sin perder de vista a sus Islas Canarias, huyó en todo momento del sectarismo localista y del sectarismo universalista y aportó a Lanzarote un fructífero diálogo entre la modernidad y la tradición”.

Así lo resumió el hijo del expresidente del Cabildo en un programa especial emitido por Televisión Canaria en el que el profesor de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna Francisco Galante subrayó la influencia del carácter vitalista del autor sobre su obra: “César era un personaje dinámico, entusiasta, que amaba la vida, que tenía un gran sentido de la proporción, de la verdad, de la belleza, precisamente porque era un enamorado de la vida (…) Se impregnaba de todas las vivencias se sus viajes y lo asociaba a su concepción de la naturaleza, con el respeto que le caracterizaba hacia el medio natural”.

La Cueva de los Verdes, los Jameos del Agua, el Mirador del Río, el Jardín de Cactus, la propia Fundación que lleva su nombre, el Lago Martiánez, Playa Jardín, el Parque Marítimo de Santa Cruz, los miradores de El Palmarejo y La Peña y el Parque del Mediterráneo, en Ceuta, forman parte del legado de sus obras públicas espaciales más representativas, como lo avalan millones de visitas al año.

Un año antes de su muerte, César Manrique confesó a los hermanos Carmelo y Martín Rivero, en una entrevista para el periódico El País, que no pensaba jubilarse y que se sentía “eterno como la naturaleza”. A menos de 24 horas de que su Jaguar se estrellara contra un jeep al salir de su Fundación, le hablaba a José Juan Ramírez con el corazón –la única forma que concebía para comunicarse- mientras salían de su estudio en Arrecife. “Me encuentro realmente muy feliz y muy tranquilo; hace mucho tiempo que no sentía la tranquilidad que en estos momentos tengo”, se sinceró.

Minutos antes del fatal accidente pasó revista a las obras del Charco de San Ginés y luego se trasladó a la Fundación, donde le comentó a Ramírez que antes de que terminara el día le daría una sorpresa y le mostraría el nuevo dibujo que estaba a punto de finalizar. Pero a las 2 de la tarde de aquel viernes 25 de septiembre de 1992, hace hoy 30 años, César voló hacia la eternidad (“la eternidad es un segundo y un segundo es la eternidad”, había escrito) y Lanzarote y Canarias enmudecieron.

“Cómo te quiere el pueblo, César”, sentenció el presidente de la Fundación al contemplar cómo toda la isla, envuelta en un llanto inconsolable, salía al paso del cortejo fúnebre entre Arrecife y Haría, en cuyo “cementerio encantador”, como lo había definido el propio Manrique, había pedido ser enterrado tras anticipar, casi a modo de epitafio, una de sus expresiones más recordadas: “La muerte me parece una maravilla, porque no tengo la responsabilidad de seguir existiendo, y puedo hacer las mayores cosas atrevidas y divertidas”.

Tres decenios después, Canarias sigue sin encontrar un personaje histórico de la talla artística, la iconografía ecológica del desarrollo y la dimensión social de César Manrique, capaz de reprender sin cortapisas a los poderes fácticos, movilizar a la población para ir a la ‘guerra’ –y ganarla- contra las vallas publicitarias o impedir mamotretos de hormigón junto a las playas. Pero también para abrirnos los ojos y educarnos la mirada haciéndonos ver unas Islas únicas por su naturaleza, su belleza y su clima. Fue el genio que nos convenció a todos de que el paraíso estaba en casa.

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