A su ciclo de Comercio Internacional en la Escuela Superior ITIC de París suma un grado en español en la Universidad de la Sorbona y el bachillerato en Humanidades en el también francés Instituto Virginia Henderson. Además, la majorera (no de nacimiento, pero sí de adopción) Assiata Touré tiene ya una considerable experiencia laboral, pese a sus escasos 24 años, en la capital de Francia, Barcelona y Corralejo, aunque ahora trabaja en un centro de migrantes de Fuerteventura que le hace vivir el drama migratorio a diario, aparte de pertenecer a la Asociación Sociocultural de Mujeres Mauritanas Dimbe, que lucha por sus derechos, por la interculturalidad, la mediación, la sensibilización y la concienciación contra la mutilación genital.
Según resalta, es pesimista respecto a que las nuevas generaciones de migrantes o de gente de Canarias o el resto de Europa cambie su visión de la migración, “porque piensan de forma muy parecida a los mayores”.
-¿Cuándo y cómo llega a Canarias?
“Llegué con ocho años por reagrupación familiar (es hija única) y estudié en Villaverde, en el municipio de La Oliva”.
-En este tiempo, ¿le costó adaptarse, ha sufrido el racismo o le benefició que su madre ya estuviera aquí?
“La verdad es que no lo he sufrido, porque, por ejemplo, junto a otra niña negra, éramos las únicas de ese color en el colegio. Los profesores eran bastante buenos y, aunque siempre hay ese niño que te va a molestar, no sentí nunca racismo. Y hoy, al menos en Fuerteventura, hay racismo, pero no es algo general que note mucho”.
-En ese sentido, y por lo que ha hablado con otros migrantes o vivido, ¿Canarias está mejor que otras zonas de España y Europa?
“Viví tres meses en Barcelona y allí sí sentí más miradas que aquí. En Canarias estamos más aceptados; en Barcelona, al ser una ciudad mucho más grande, no hay tanta mezcla, la gente no está tan integrada y puede darse más casos de racismo, que aquí no veo tanto”.
-¿Qué le parece el Pacto de Migración de la UE, que, entre otras cosas, le pone precio a las personas (20.000 euros) para que un país pueda rechazar a una persona?
“Me parece mal. Los migrantes quieren venir para mejorar, si bien creo que Europa, haga la ley que haga, no los va a aceptar, por mucho que la población tenga otra opinión. Eso no va a cambiar”.
-¿Está la UE levantando cada vez un muro más alto y fuerte que no es la solución?
“No lo es; quizás sí sea una solución que haya acceso a los visados. Si hay más visados, lógicamente la gente no vendría por el mar, aparte de que no deberían ser tan caros y retrasarse tanto en darlos”.
-¿Cree que ese cierre de la UE irá a más o habrá acuerdos de cupos, laborales…?
“Va a ir a peor; de hecho, ya está yendo a peor, hacia atrás; no está evolucionando y no creo que vaya a cambiar”.
-¿Esa ceguera, ese egoísmo es el que impide que la UE negocie con la Unión Africana en busca de solucionar las muertes en el mar y cooperar mutuamente?
“La verdad es que no lo sé, pero pienso que los dos continentes podrían beneficiarse mutuamente mucho y no está ocurriendo. Los europeos, por ejemplo, haciendo más negocios en África, pero no sé por qué no lo hacen…”.
-Es verdad que Occidente sigue explotando las materias primas africanas…
“Claro, porque no las tienen, por ejemplo, en la propia Europa, pero se podrían ayudar los dos continentes y eso no está pasando, algo que no entiendo”.
-¿Cómo se puede curar el racismo? ¿En qué se falla?
“Creo que lo que hay, en el fondo, es falta de información. Por ejemplo, en Fuerteventura la mayoría de la gente me habla en inglés de forma automática, sin pensarlo: en el aeropuerto, en las tiendas… No se pueden creer que hable español y, cuando me escuchan, enseguida se sorprenden y dicen que qué bien lo hablo. No entiendo que, por ser negra y no nacer aquí, aunque lleve ya muchos años, se piense que no puedo hablar bien el español. Y esto, la verdad, me frustra mucho en el día a día. Seguro que es por falta de información, porque no saben que un español no siempre es blanco, por ejemplo”.
-En los estudios no, pero ¿ha notado racismo en el mundo laboral?
“Sí, cambié de trabajo porque era temporal, y prefiero no mencionarlo ni detenerme mucho en eso. Ahora, trabajo en un centro de migrantes, lo que me permite estar muy cerca de la gente que llega en patera, y es algo que me gusta bastante, porque hay mucha más diversidad, más idiomas, ayudo a los que llegan a la isla para que no se sientan perdidos…”.
-¿Ha constatado que la mujer migrante lo pasa peor aquí?
“Para mí, por lo del reagrupamiento familiar, ha sido bastante fácil, pero eso que preguntas lo entiendo perfectamente, porque las mujeres, al llegar a Canarias, España y Europa en general, tienen que seguir obedeciendo al marido, que es el que manda; no hacen la compra, no salen, no ven otro entorno que su casa porque no salen… En esto influye mucho la religión: manda el hombre y, aunque la mujer tenga que ir al médico, siempre van acompañadas de su marido, no sé si por falta de confianza o por la parte religiosa…”.
-¿Conoce muchos casos de chicas que han huido de África por la ablación?
“Sí, de hecho, con la asociación a la que pertenezco en Fuerteventura abordamos estos casos de auténtica supervivencia. Algunas son aún niñas y han llegado tras pedir asilo. Nos piden asesoramiento, hay médicos que las ven…”.
-¿Es pesimista u optimista con el futuro: confía en que las nuevas generaciones de migrantes y de aquí cambien la situación del fenómeno migratorio o iremos a peor?
“No confío mucho en las nuevas generaciones, porque la gente de mi edad, los jóvenes de hoy, piensan de forma muy parecida a los mayores. Creo que ese cambio depende más de cómo se hable, de usar el boca a boca, de decir cosas buenas de la gente, de invitar a hacer las cosas mejor y tener más empatía con los demás”.





