Siempre que se habla de emigración canaria, y con toda la lógica del mundo, se piensa en Venezuela y Cuba. Sin embargo, se suele recordar que también hubo isleños que optaron por otros destinos, como Uruguay, Argentina, la Lousiana española y Puerto Rico, entre otros. De este último país, sorprenderían datos como los que resalta, cada vez que puede, el catedrático de Historia de América de la ULL Manuel Hernández, quien subraya la importancia canaria en el ahora estado asociado a EE.UU. y quien recuerda que, en los momentos incipientes iniciales de la colonia española desde el siglo XVI, hubo unos 3.000 canarios cuando la población no superaba los 60.000, lo que dejó una honda huella en diversas zonas y para muchas generaciones. Sin duda, es, en el fondo, uno de los destinos de emigrantes menos conocidos por los canarios en general.
En una reciente conferencia en el Instituto de Estudios Hispánicos, Hernández detalló este legado, que, curiosamente, comienza desde la conquista de América y, en concreto, de Puerto Rico, cuando aún se desarrollaba la formación social de Canarias. Pero, como las Afortunadas eran un paso obligado en la ruta hacia las Indias, se convirtieron en un área clave de flujos, sobre todo de isleños o peninsulares que probaban suerte en el Nuevo Mundo.
Algunas de las primeras alusiones a conquistadores canarios se refieren a Luis Perdomo, “descrito por las elegías de Castellanos como soldado diestro, suelto y animoso, natural de las islas de Canaria, o Joan Canario, negro, que había ganado renombre en la Española. A mediados de 1513 –añade Hernández-, un tal Jaime Conçer sale de La Gomera para Puerto Rico con ganado y esclavos. Poco después, se solicitan labradores canarios por el fraile jerónimo Fray Bernardino de Sahagún. En 1528, figuran los primeros contingentes familiares”.
En Puerto Rico, el atractivo del oro, cuya extracción acaba muy pronto, es sustituido por la caña de azúcar y, para ello, “el alcalde ordinario de San Juan Juan de Castellanos solicita el traslado de 50 familias de Canarias”, islas en las que este producto era la base de sus exportaciones y había muchos cultivadores especializados. De hecho, en 1536 Carlos V concede a la isla caribeña una Real Cédula que permitía traer de Canarias a 200 hombres para “contrarrestar las expediciones de los indios caribes, fechas en las que ya había unos 120 isleños allá”.
Esta sigue siendo la tónica durante buena parte del XVI, entre otras cosas porque, al descubrirse minas de plata en México, Perú y Bolivia, muchos peninsulares optan por estos destinos e, incluso, se despueblan las Antillas. El peso de los canarios crece y, de hecho, es designado como gobernador de Puerto Rico el tinerfeño Francisco Bahamonde de Lugo en 1564. Como con otros destinos, junto a los canarios llegan “negros y mulatos tanto libres como esclavos”, convirtiéndose la isla en un punto relevante del negocio esclavista.
Se refuerzan asentamientos como el de Boriquen, aunque el poblamiento y desarrollo económico de la isla seguía siendo débil y así se llega al siglo XVII. Al comienzo de esta nueva centuria, el censo apenas llega a 3.600 habitantes, “de los que 2.000 eran blancos, 600 mestizos y 1.000 negros. La isla queda fuera del área mercantil preferente del monopolio sevillano y sus esporádicos contactos se reducen a las periódicas expediciones canarias que hacen escala en su capital. En ellas puede que llegase algún isleño que decidiese asentarse definitivamente, pero esta isla en particular y las Antillas en general sufren en la primera mitad del XVII una etapa de aguda despoblación con altos riesgos de ocupación por otra potencia, como pronto demostraría la ofensiva británica contra Jamaica en 1655 en una expedición que había tenido a Puerto Rico como meta inicial”.
En este tiempo, el protagonismo de los canarios es más que relevante, ya que los capitanes Andrés Botello y Mateo Delgado son claves en la defensa del ataque holandés a la capital en 1625. Además, y en 1630 y 1633, “fue prelado de la diócesis insular el lagunero Juan López Agurto de Mata, antes de su traslado al obispado de Venezuela”.
Estas décadas de decadencia explican que la Real Cédula de 1678, “llamada la del tributo de sangre por cierta historiografía y que implicaba la continuidad del comercio canario-americano a cambio del envío de familias canarias, insistiese en que tales contingentes se enviasen especialmente a Puerto Rico por los graves riesgos de despoblación y pérdida”. Así, “está constatado que, de 1680 a 1686, salen desde Canarias dos barcos con tal destino. A las demandas del obispo y de las autoridades gubernamentales, una nueva Real Cédula en 1688 promete dar tierras en sitios apropiados a los nuevos pobladores”.
La petición de labradores isleños se reitera en 1693 por el gobernador Gaspar de Arredondo. El obispo fray Francisco Padilla pedía “a lo menos 100 familias de Canarias, pero el problema es la nula financiación de la Corona, en bancarrota”. De hecho, Hernández sostiene que el primer intento poblador no se debe a esas cédulas, sino a que el lagunero Juan Fernández Franco de Medina es designado gobernador “a cambio del traslado de 20 (fueron 14) familias al Hato de Sabana Llana (1695)”.

Giros en el XVIII
Lejos de mejorar, la llegada del XVIII confirma la “situación calamitosa” por el grave despoblación (apenas 4.000 personas) y con el claro riesgo de ocupación por ingleses o franceses, como había ocurrido en Jamaica y Santo Domingo. Pero la cosa va a peor y, en 1720, se llega al mínimo: 2.416 censados.
Esto cambia con el Reglamento de Comercio Canario-americano (1718), “con el que se consolida el régimen excepcional de tráfico mercantil sin licencias periódicas. Desde esto, y entre 1720 y 1730, se trasladan 176 familias jóvenes (solo el 1% superaba los 50 y los adolescentes eran el 37%), con 882 personas”. En 1729, se sube a 4.570 habitantes y a 14.027 en 1750.
Según Hernández, “la acusación de mulatos, mujeres desarraigadas y gentes de mal vivir entre los canarios fue muy habitual”, aunque eso reflejaba la sociedad isleña. “Un caso significativo es el de la lagunera María Jordán, que contrajo matrimonio con un antiguo esclavo y de los que nacería uno de los más grandes pintores de América del XVIII, José Campeche”.
Este tipo de migrantes hizo que, desde 1730, se pararan los envíos bajo “una vaga acusación de que no eran los deseables, aunque la razón esencial es que la Corona quiere trasladarlos a Santo Domingo para poblarla, fundándose pueblos con familias canarias hasta 1764”.
A pesar de que los envíos de familias se paralizan ese año, la emigración empieza a cuajar y se fundan nuevos pueblos. Comienzan los flujos por cuenta de cada emigrante por tener familiares, lazos con Venezuela o ser enrolados en los buques del comercio canario-cubano como polizones o pasajeros de alforja, “incluso hasta de familias de la elite tinerfeña, como los Jorva Calderón en San Germán”.
Surgen asentamientos como San Luis del Príncipe (actual Humacao), Loíza, Bayamón y el Toa, con tanta influencia canaria que se celebra el culto a La Candelaria con la aparición a los guanches. También influyen en pueblos de la costa oeste, como Mayagüez, Añasco o Rincón, aparte de llegar grupos en los 30, 40 y 50 al puerto de San Juan.
Desde los 60, Puerto Rico y Santo Domingo son el destino más usual, sobre todo la región de Boriquen. Todo se intensifica con la política iniciada en 1778 de repartir tierras baldías y surgen pueblos, ya en el XIX, como Camuy (1807), Isabela (1819), Hatillo y Quebradillas (1823).
Junto con los canarios agricultores, existieron algunos hacendados dedicados al café. También hubo pulperos, familias acomodadas o propietarios de pequeñas haciendas, como Domingo García, natural de Arico y residente en Cayei. Con todo, y pese a la crisis del inicio, el peso de los canarios fue clave en el XVIII y se pasa de 44.883 habitantes en 1765 a casi el triple en 1799 (con 153.232). De las 28 poblaciones nuevas entre 1714 y 1797, no menos de 19 deben su origen al esfuerzo de canarios.
En la primera mitad del XIX, esto se enriquece con Naguabo y la impronta canaria se refuerza en fiestas como la Navidad, carnavales o Semana Santa, así como en las técnicas agrícolas, la alimentación (gofio) y los rituales de bautismo o matrimonio.
Rivero Méndez, hijo de canarios en el paso de la colonia a EE.UU.
De los muchos nombres que maneja Hernández sobre esta emigración, suele destacar a Ángel Rivero Méndez (1856-1930), de Trujillo Bajo, hijo de migrantes canarios, periodista y empresario “que resume las contradicciones de los hijos de Borinquén en el paso de la colonia española a la ocupación norteamericana”.
El Hatillo y el carnaval tradicional canario que aún se conserva
De las tradiciones procedentes de Canarias destaca el Festival de Máscaras de El Hatillo, en el que participaban en exclusiva originarios de las Islas y que aún se conserva. Además, se enmascaraban en el Día de los Inocentes con atuendos propios de municipios como San Miguel de Abona. Los trajes de máscaras destacaban por sus vivos colores y sus pantalones, que llegaban hasta las rodillas. Las máscaras de hombres vestidos de mujer se extendieron por otros barrios con canarios, como Piletas de Lares, Sama de Jayuya y Manatí. Sin embargo, esto solo se ha mantenido en El Hatillo, donde se fijaron numerosas familias unidas por parentesco y origen geográfico, que huían de la miseria. Sobresalen las llegadas de 1840 a 1860, en su mayoría de tinerfeños de San Miguel o Los Realejos.




