conversaciones en los limoneros

“Aquella cena que le dimos a monarcas y jefes de estado costó 25 millones de pesetas”

Pedro Ascanio, ex miembro del Comité de Dirección de los Casinos del Cabildo, ex director de Máquinas de Azar y de Mantenimiento
Los Limoneros. Sergio Méndez
Los Limoneros. Sergio Méndez

Cuando crees que una entrevista va a ser fácil porque el entrevistado no te oculta nada y se vuelca en las respuestas, resulta que Pedro Ascanio González de Chaves (La Orotava, 1947) se volvió prudente de repente. Miembro del Comité de Dirección del Casino Taoro, director de Máquinas de Azar y de Mantenimiento, trabajó en los Casinos de Tenerife 20 años, después de hacerlo en la empresa privada. Es ingeniero técnico industrial. Fue fundador de los casinos del Cabildo y una de las personas de confianza de sus responsables. Fue José Fernando Cabrera, doctor ingeniero del organismo insular, quien le dio la oportunidad de ingresar en la plantilla y Raimundo Baroja Rieu quien lo nombró miembro del Comité de Dirección. De los dos habla muy bien mi entrevistado, pero Mundo Baroja fue su mentor “y una de las personas más inteligentes, más educadas y más británicas que he conocido; jamás levantaba la voz”. Un accidente que casi le cuesta la vida, cuando se trasladaba al casino del sur en el ejercicio de su cometido, hizo que no volviera a trabajar.

Su acompañante, jardinero del casino y chófer, Domingo, murió en el accidente, arrollado el coche que el fallecido conducía por un vehículo que saltó la mediana de la autopista y que chocó contra ellos violentamente. “No me acuerdo de nada”, me dice. Pedro estuvo meses entre la vida y la muerte, pero al final, algo mermado de facultades, pudo seguir adelante. Hoy anda todavía con muletas. Y durante sus veinte años en los casinos vivió situaciones cómicas, trágicas y escalofriantes. Su despacho siempre estuvo en el Casino Taoro, del que dice que “era uno de los más bonitos de España y de Europa. Un lugar desde donde veías el Valle iluminado y donde podías ir a cenar a la una de la madrugada, y además cenar bien y barato. “Fue una pena que tomaran la absurda decisión de llevar el Casino Taoro a la Sala Andrómeda, en el Lago de Martiánez, donde acabaron con él. No era el lugar adecuado”.

-Los austriacos los enseñaron a todos.

“Ellos estuvieron aquí cuatro años y, efectivamente, adiestraron a los croupier, sobre todo. Lo mío era más técnico”.

-¿Es complicado de mantener un casino?
“Al final se convierte en una especie de rutina, pero tienes que ser muy exacto en lo que haces. Hay que calibrar y nivelar las mesas todos los días. Curiosamente, tratándose de juegos de azar, no puedes dejar nada al azar”.

-Recuerdo que hubo un lío con los croupier por el reparto de las propinas. ¿Me equivoco?
“No, no te equivocas. Lo estudiamos y llegamos a un acuerdo de repartir las propinas que primero se quedaban los croupier, pues se generaban en las mesas de juego, entre todo el personal. Hubo una negociación, ellos lógicamente se negaban pero al final llegamos a un acuerdo”.

-Más justo.
“Sí, incluso se creó un fondo y en Navidad invitábamos a las familias de todos, incluso de los jefes, a un ágape en la piscina, que resultaba muy bonito, y que pagábamos los empleados con las propinas”.

-¿Cuál fue tu cometido más difícil?
“Yo creo que aquella cena para 500 personas, a la que asistieron varios reyes y jefes de Estado”.

-¿Y eso?
“Con motivo de la inauguración del telescopio de La Palma, fue el Casino Taoro quien acogió en una cena a los reyes de Suecia, de Dinamarca, de España y varios jefes de estado, todos con sus esposos o esposas. Tuvimos que construir hasta un ascensor, por seguridad, lidiar con los escoltas. Metieron los perros detectores de explosivos en el techo falso del salón principal. Yo estaba acojonado, porque por allí pasaban todos los cables y los conductos del aire acondicionado. Pero no falló absolutamente nada”.

-Complicado, ¿no?
“Y eso ocurría dos horas antes de la cena, no creas que revisaban las instalaciones desde los días anteriores. Pero ya digo que todo salió muy bien y que fuimos muy felicitados. Menos mal que no se cayó el techo”.

-¿Muchas manías?
“¿De los asistentes a esa cena?, ninguna. Pero de los políticos, unas cuantas. Hubo uno, ya fallecido, que se fue llevando, poco a poco, el vino que sobró de aquella cena. Recuerdo que el blanco era Siglo Saco. Por la cara. Y otro político era un maniático de los petit swiss y teníamos que tener 100 reservados cada noche, por si él acudía al casino. Una cosa de locos”.

-¿Cómo se monta una cena para 500 personas en un lugar lleno de ruletas y máquinas tragaperras? O de azar, como las llaman ustedes.
“Sí, de azar. Pues lo hicimos en una noche. Sacamos todo aquello, con sumo cuidado, montamos la infraestructura de la cena para 500 personas y a la noche siguiente estaba el casino funcionando. Yo creo que batimos un récord”.

-Hubo algún caso sonado de robos de empleados, recuerdo, pero se le dio poco bombo.
“Vamos a ver, nuestra obligación era ser discretos, pero con la distancia en el tiempo te diré que, efectivamente, se produjeron varios actos delictivos, que fueron denunciados y casi siempre se pudo detener a los responsables. Algunos fueron a la cárcel”.

-Cuéntame alguno de esos casos.
“Se produjo un robo continuado en las máquinas, por parte de personal de mantenimiento en colaboración con miembros de seguridad. Estuvimos dos años investigando con la policía judicial y calculamos que se llevaron, en esos dos años, unos cuarenta millones de las antiguas pesetas. Los cogimos. La policía instaló en el hotel de enfrente unos potentes telescopios y se pudieron fotografiar claramente los robos. Esas pruebas se entregaron al juez, que condenó a los responsables. Había también policías infiltrados entre el personal”.

-¿Y qué robaban?
“Las monedas de 100 pesetas de las máquinas; aquello ocurrió en los años 90. También se produjeron otros robos de entidad pequeña, que solucionamos despidiendo a los responsables. No rechistaban, se iban y se acabó”.

-¿Hay tramposos en los casinos?
“Sí, incluso bandas organizadas. En cierta ocasión cogimos a unos que hacían trampas en el black jack. Se comunicaban a través de micrófonos y recibían instrucciones a distancia. Recibimos un soplo de otras policías y pudimos identificarlos. No pudimos tampoco actuar judicialmente contra ellos, sólo los expulsamos del local y se acabó”.

-Oye, ¿es verdad que en los casinos existe la figura del fisonomista?
“Sí, es uno de seguridad que se coloca en la entrada sobre una pequeña tarima y que si alguien le resulta sospechoso, o ha sido expulsado alguna vez de la sala por mal comportamiento, avisa a sus compañeros de sala y lo expulsan; o directamente no lo dejan entrar”.

-¿Y un familiar puede vetar a un jugador, pedir que no le dejen entrar?
“Sí, un familiar directo puede hacerlo. Ocurre sobre todo con personajes ludópatas, a los que sus familias quieren proteger”.

-Hubo un suceso trágico, cuando descubrieron el cadáver del conocido propietario francés de discotecas, Jean Paul Raguet, en una dependencia exterior del Casino Taoro.
“Sí, y además fue un crimen que nunca se resolvió y que sí tuvo mucho impacto mediático”.

-Cuéntame algo más de ese episodio.
“Domingo, el compañero que murió en el accidente de la autopista, como te conté, en una de las rondas que hacía por el jardín, temprano, sobre las 8 de la mañana, entró en una dependencia que no se usaba, una especie de cobertizo techado, y salió asustado de allí porque se encontró con un cadáver en alto grado de descomposición”.

-¿Y qué hizo?
“Me llamó, muy asustado, y yo le dije que telefoneara urgentemente a la Guardia Civil, como así hizo. Yo me dirigí enseguida al lugar, porque no había salido todavía de mi casa, y cuando llegué estaban allí los agentes y el forense. Ya habían identificado a Jean-Paul por un Rolex de oro que llevaba puesto. Parece ser que lo mataron en otra parte y luego lo llevaron a aquel lugar, pero eso nunca se pudo probar. Total, que al asesino o asesinos de Raguet nunca los descubrieron”.

-Qué fuerte, ¿no?
“Sí, sobre todo, aunque yo no quise entrar a verlo, por lo que me contaron de cómo se encontraba el cadáver. Mejor no revelar más detalles porque son muy desagradables”.

(Aquel hecho fue todo un acontecimiento en las crónicas de sucesos de la época. Jean-Paul Raguet era una persona muy conocida en el Puerto de la Cruz, en el mundo de la noche. Era un francés que había estado en Argelia, simpatizaba con los “pies negros” en tiempos del general De Gaulle. Tenía amigos y enemigos aunque, por lo general, era una persona afable y un buen relaciones públicas. Y lo peor fue que nunca se supo quién lo llevó allí, donde lo mataron y quién lo mató. La conclusión forense fue que se trató de una muerte violenta).

-Me has dejado impresionado, sobre todo con lo de aquella comida de 500 personas para reyes y jefes de estado. ¿Recuerdas cuánto costó?
“Claro que sí, 25 millones de pesetas. Pero el Cabildo nunca pagaba las comidas que organizaba allí para actos como éste. Las pagaba el propio Casino Taoro con sus fondos. Ya te dije que tuvimos, incluso, que construir un ascensor para que las personalidades invitadas no tuvieran que hacer un recorrido que afectaba a su seguridad, desde la piscina. Como dato curioso te diré que la placa que daba cuenta del acontecimiento, que fue colocada a la entrada del Casino Taoro y que ahora espero que figure en el nuevo hotel, costó 100.000 pesetas de la época”.

-¿Me puedes decir, por favor, quién fue el que se mamó el vino sobrante?
“No, porque esa persona ya no está entre nosotros. Pero ahora recuerdo los dos vinos, el tinto era Reserva Romeral y el blanco, como te dije, Siglo Saco. No dejó ni una sola botella. Incluso me ofreció a mí algunas cajas del blanco, que yo naturalmente rechacé”.

-¿Fueron rentables alguna vez los tres casinos públicos, Puerto de la Cruz, Santa Cruz y Playa de las Américas?
“El del Sur, sí. El del Sur compensaba muchas veces las pérdidas de los otros dos. Pero, bueno, eran atractivos turísticos”.

-Creo que tienes una anécdota con el fisonomista.
“Hay muchas anécdotas y no sólo con el fisonomista. Pero una noche entró un tipo cargado, el fisonomista lo anotó en el libro y el borrachín le quitó el libro, se mandó a mudar y lo tiró en el jardín de la entrada. Lo castigaron con un año sin poder entrar en el casino y el tío, al que le encantaba ir allí muchas noche a cenar, se lo tuvo que tragar”.

-¿Es cierto que tuvieron que inventarse una moneda para evitar los robos en las máquinas?
“Sí, una moneda que se cambiaba en caja por la de 100 pesetas y así no podían sino robar metales que no servían para nada, porque no eran de curso legal. También tuve que comprar candados especiales y la llave la tenía el cajero. Cuando se abría una máquina averiada ya no estaba sólo el de mantenimiento, sino que allí tenía que acudir el cajero, con lo cual tampoco había robos. Teníamos que ir por delante de ellos. Pero ocurre en la mayoría de los casinos, que la seguridad tiene que ir por delante de los delincuentes”.

-Has contado cosas, pero has sido prudente.
“Mira, yo estoy aquí para recordar anécdotas y vivencias pero no para señalar a nadie. En todo caso hace muchos años de esto, todo está prescrito y casi todo se resolvió conforme a las directrices que nos daban. Así que se queda en anécdota”.
-Palabra de Dios.

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