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Entre dos orillas: la historia de Hamara, del cayuco a la integración

Originario de Tachout, en Mauritania, llegó a Canarias en 2006, en una de las olas migratorias más significativas que han vivido las Islas
Entre dos orillas: la historia de Hamara, del cayuco a la integración

La costa de Los Cristianos ha sido durante años un testigo silencioso de las llegadas de cayucos procedentes de África Occidental. Detrás de cada embarcación, hay historias de esperanza, desesperación y resistencia. Hamara Sokhona, originario de Tachout, Mauritania, es uno de los rostros que humanizan una realidad compleja y que simbolizan la integración de los migrantes que llegaron a estas Islas buscando un futuro mejor lejos de casa.


Llegó a Canarias en 2006, en una de las olas migratorias más significativas que ha vivido el Archipiélago. Hoy, trabaja como platero en un hotel del sur de Tenerife, pero su camino hasta aquí estuvo marcado por sacrificios y desafíos. No se olvida de su país natal. Quizás algún día volverá, aunque en su camino solo se encuentra vivir en Canarias, aprender a cocinar y estudiar, uno de los sueños frustrados que tuvo que dejar de lado.


“Decidí venir para buscarme la vida. Allí no había trabajo. Mi padre, que estaba en Francia, me transmitió su idea de pagarme un viaje en cayuco a Canarias. Allí, en Mauritania, la situación era verdaderamente difícil. Solo había trabajo en el campo”, recordando las razones que lo llevaron a embarcarse en aquel viaje incierto.


El 12 de julio de 2006 dejó su país natal. Junto a otras 60 personas, subió a un cayuco con pocas certezas de que esa embarcación arribase a tierra. Fueron tres días en el mar. “Tuve suerte. Todo estaba calmado y llegamos bien”.


La suerte le sonrió aquel día a Hamara y sus acompañantes, evitando la tragedia en una de las rutas migratorias más mortíferas y despiadadas del mundo. Su llegada a la costa de Los Cristianos marcó el comienzo de un nuevo desafío. Hamara no se detuvo en Canarias. Pronto se trasladó a Málaga y, más tarde, a Murcia, donde se reunió con su padre y comenzó a trabajar en el campo.


“Si llovía, tenías que trabajar igual. Una vez le dije a mi jefe que no quería hacerlo y casi pierdo el trabajo. El pobre tiene que aguantar, si no sufre no va a conseguir nada”, reflexiona.
La dureza del campo español era compartida por muchos otros migrantes. “Todos éramos de fuera. La mayoría, africanos. Yo salía de casa a las 4 de la mañana y volvía a las 6 de la tarde. Era muy duro”.

El valor de la educación


Hamara siempre tuvo un sueño: estudiar. “Mi padre quería llevarme a Europa para que estudiara, pero mi abuelo no quería. Había que trabajar para pagar las facturas.” A pesar de las dificultades, su sed de conocimiento no se apagó. “Quería estudiar todo: árabe, español, francés… Quería estar preparado para la vida”.


Tras varios años de trabajo en la península y un breve paso por París, la pandemia de COVID-19 cambió su rumbo. En Mallorca, la crisis económica lo obligó a regresar a Canarias, donde lleva tres años establecido. “Me gusta vivir en Canarias. Realmente siento que aquí estoy bien. Se vive tranquilo, sin el ruido de las grandes ciudades y siento que es un lugar privilegiado”.


Pero Hamara no olvida sus raíces. Su sueño es volver a Mauritania. “Echo de menos a mi madre. Si tengo dinero, volveré. Pero mi idea es ir y luego regresar aquí para trabajar.”

Reflejos de otras épocas


El fenómeno migratorio en Canarias ha vuelto a acaparar titulares en los últimos meses, y los datos explican por qué. En 2006, durante una de las crisis migratorias más significativas en la historia del Archipiélago y el año en que Hamara llegó a las Islas, más de 31.000 personas alcanzaron las costas canarias, según datos del Ministerio del Interior.


El año 2023 cerró con una cifra récord: más de 40.000 migrantes arribaron al Archipiélago. A nivel nacional, la inmigración por vía marítima superó el año pasado los máximos registrados en 2018, con 63.970 llegadas, lo que representa un incremento del 12,5 % respecto a 2022.
Hamara observa la situación con preocupación. “Hemos de parar la llegada de cayucos. Es mi opinión. Debemos frenar el desembarco de pateras. Es muy arriesgado y hay muchas probabilidades de morir.” Recuerda bien su propia travesía y las historias que ha escuchado desde entonces. “Te tiran al agua con poca gasolina y sin comida. Te dicen: ‘confía en mí, te voy a llevar a Canarias’. Les das tu confianza y, en realidad, es el principio del fin. El que nos trajo a mí y a mis amigos era un señor pakistaní que sabía del negocio”.


El coste humano de la migración es alto. Hamara perdió a un familiar en uno de esos cayucos. “Es un dolor que no se va. Por eso, les aconsejo a los que llegan que tengan siempre un camino de vuelta. No se olviden de su familia ni de sus raíces”.


Hamara, ahora casado desde 2018 con su esposa en Mauritania, sueña con un futuro mejor para sus hijos. “Quiero que estudien, sí o sí. En este país es esencial para alcanzar los mejores trabajos tener estudios avanzados. Si no lo haces, siempre estarás sufriendo”.

Valora la tranquilidad de la vida en Canarias, pero siempre con el corazón dividido entre dos orillas.