Dice Juan-Manuel García Ramos (La Laguna, 1949) que una entrevista mía con él no tiene valor alguno porque existen demasiadas complicidades entre ambos. El toque amable lo pongo yo diciendo que somos amigos desde hace muchos años, demasiados años quizá. Con paréntesis en los que dejamos de hablarnos, como es también normal en las Islas. Escritor, catedrático de Filología Española en la ULL, es desde 2021 catedrático emérito de esta universidad. Como creador ha publicado, entre otras novelas, Malaquita (Premio Benito Pérez Armas, 1978), El Inglés (Premio al mejor libro publicado en Canarias, 1991), El guanche en Venecia, El zahorí del Valbanera y El delator (en Mercurio Editorial, 2021). En 2024 también se publicó en esta misma editorial su texto teatral La Laguna, un aperitivo infinito. Ahora su editorial ha enviado a las librerías su nueva novela La expulsión del paraíso. Entre sus quehaceres investigadores, además de sus más de veinte libros sobre su condición de hispanoamericanista, destacan sus estudios y proyectos editoriales alrededor del concepto cultural que él mismo ha definido como Atlanticidad. Por la fundación y dirección de la Biblioteca Básica Canaria le fue concedido, en México, en 1997, el Premio José Vasconcelos, que le entregó en Tenerife el intelectual Fredo Arias de la Canal, humanista, crítico y poeta hispano-mexicano. En 2006 obtuvo el Premio Canarias de Literatura, el máximo galardón de las letras insulares por el conjunto de su trayectoria creativa, crítica y docente.
-Y la vida sigue pasando. Pero no sigue igual.
“Este año cumplo cincuenta años como profesor vinculado a la Universidad de La Laguna (ULL). Sí, la vida ha pasado”.
-A veces pienso que sólo quedamos tú y yo.
“Desde luego, de ese programa El perenquén, que tanto dio que hablar, no quedamos sino tú y yo, porque ha sufrido, por desgracia, muchas bajas de compañeros”.
-Ahora ejerces de pensador. La gente espera tus sentencias en las redes.
“Cada vez le presto más atención a la vida contemplativa, a la meditación serena que intenta ordenar tanto pasado”.
-Sin olvidar lo que fuiste.
“No, no, por supuesto, pero hoy dedico la mitad de mi vida a la educación física, hago deporte al menos tres días a la semana, y a mi educación intelectual, porque un profesor es también un estudiante que no deja las aulas ni el estudio”.
-Menos mal que te olvidaste de la política, amigo.
“Desde 2022 me desvinculé de la política orgánica del PNC y desde 2023 de mi condición de diputado autonómico. ¿Acaso no es el Parlamento, en realidad, un monólogo interior bastante alejado de la ciudadanía? Te confieso que esta nueva etapa de mi vida me ha aliviado de tanta política como he vivido a lo largo de los últimos años”.
-¿Ingrata la política?
“Demasiada intensidad, mucho gasto de energías casi inútil. Uno de nuestros mandatos congresuales era propiciar la unidad nacionalista y, como se puede comprobar, ese objetivo fracasó y sigue fracasando”.
-Pero luchaste también por otros objetivos, ¿no es verdad?
“Sí, teníamos otros, que siguen sin ser resueltos: la delimitación de nuestras aguas oceánicas, vinculadas a los problemas de vecindad con Marruecos y el Sahara, la racionalización de la carga poblacional y medioambiental, que tanto repercute en la sanidad, la educación, las coberturas sociales, seguir trabajando en la diversificación económica de la que estoy harto de oír hablar a nuestros economistas”.
-¿Demasiado individualismo en la política?
“La política canaria tiene muchos problemas pendientes de resolver y le sobran tantos enfrentamientos estériles y tantas acusaciones cruzadas. Tanta tensión. En este sentido, creo en la inocencia de Ángel Víctor Torres y espero no equivocarme”.
(En los últimos tiempos, regresando ahora al campo de la literatura, Juan-Manuel ha dado a la estampa dos textos, “La Laguna, un aperitivo infinito” y la novela “La expulsión del paraíso”. En esta última novela aparecen mundos no explorados hasta ahora, intensas relaciones entre seres humanos, llenas de pasión desbordada).
-Y sexo.
“Sí, hay sexo, pero también incertidumbres y la contemplación de la felicidad de las personas, limitada y sometida a tantas normas morales. Y paraísos que dejan de serlo por la influencia de los propios habitantes de esos edenes. En la Tierra no existen ya paraísos, por mucho que insistamos en buscarlos. Espero que esa novela sea leída con interés”.
-Pareces en forma. ¿Has recuperado tus sensaciones de escritor, tras años en la docencia y la política?
“He recuperado mis reflejos creativos, tantas veces aplazados por la docencia, la investigación y esas otras actividades políticas. Escribo desde mis veinte años y nunca he podido dejar de hacerlo. Siempre siguiendo a lo que le leí a Adolfo Bioy Casares: “Está la vida y está pensar, y escribir sobre la vida, que es la manera de vivirla más intensamente”.

-En esta novela te has entregado. Evocas el choque entre la libertad individual y las normas sociales.
“Sí y yo creo que lo hago a través de la búsqueda de un paraíso personal y la inevitable intrusión de la realidad. Y la sexualidad y el deseo en las diferentes etapas de la vida. La novela es una reflexión, en la que también entran en valor el colonialismo y sus efectos duraderos en las sociedades insulares y las dinámicas de poder en las comunidades pequeñas y aisladas”.
-Como todos los escritores, tú has tenido referentes literarios. A los que has tratado, incluso. ¿Cuáles con?
“He tenido oportunidad de tratar, casi como amigos, a dos autores que han moldeado mi existencia. Me refiero a Jorge Luis Borges y a Juan Carlos Onetti, entre otros muchos. Pero estos dos destilaban una magia de la que era difícil desentenderse”.
-Tú introdujiste en la razón de ser de estas islas, y de otros territorios, lo que llamaste Atlanticidad, una definición que ha hecho fortuna. ¿Qué es, exactamente?
“Con el constructo cultural de la Atlanticidad he querido redefinir la arquitectura cultural, política, social y económica de nuestro Archipiélago, en el contexto del Atlántico Medio donde estamos instalados. El pasado año codirigí una tesis del escritor grancanario Antonio Puente, que ha colocado a la Atlanticidad en el contexto de lo académico con una gran dignidad y lucidez”.
-También la llevas a tu novela, en su contexto. Y eso añade autenticidad a la narrativa, tan atractiva. ¿Me equivoco?
“No, puede que no. La prosa, que yo pretendí que fuera evocadora y sensual, captura de una forma poderosa el ambiente isleño. Y las referencias a la política colonial y poscolonial, así como a las estructuras económicas de estas regiones añaden autenticidad y profundidad a la narrativa. Sí, soy consciente de ello”.
(Yo diría que mi amigo se ha vuelto mucho más reflexivo, pero también le ha crecido la mala leche, aunque él dice que no quiere líos, que su vida es ahora apacible y plácida, en compañía de su familia, de sus amigos y de su creación literaria, que indudablemente son tres buenas compañías. Los libros salen por la puerta de su casa, todos leídos, y le crean un problema de espacio, “aunque he regalado muchos”. El deporte, vivido intensamente en la pista de tenis y el fútbol en la televisión. Así es capaz de crear historias ricas en capas de significado, cuando se sienta ante el ordenador. Y como los dos estamos bastante obsesionados con la IA, pues le pregunto por ella. En realidad, se lo pregunto a todos los invitados a esta sección, cuyo número tienen ustedes en la cabecera).
“La IA superará a la inteligencia humana a partir de 2029”.
-¿Y por qué esa fecha?
“Se trata de un sentir general. Y lo mejor de todo es que cuando se fusionen la inteligencia artificial con la Medicina y desbloqueen los datos que necesitamos para curar nuestras enfermedades, como nos dice Ray Kurzwil, neoyorquino de 76 años y experto en Ciencias de la Computación, entonces mediante nanobots médicos del tamaño de un glóbulo rojo, ese elemento se dirigirá a nuestros órganos enfermos y los reparará”.
-¿Llegaremos a verlo y a disfrutarlo?
“Pues habrá que durar un poco más de ese año 2029. Al fin y al cabo no queda mucho para que llegue esa fecha”.
(En contra de mis principios periodísticos, le enviaré a Juan-Manuel la entrevista antes de ser publicada. Con lo tiquismiquis que es, me quedo más tranquilo de que corrija los que serán, sin duda, numerosos errores del periodista, ese ser que sabe de todo y no sabe de nada. Y eso le gusta, porque si hay algo que Juan-Manuel García Ramos no permite son los fallos. Es muy exigente consigo mismo y con los demás. En cierta época de su vida se ufanaba, incluso, de ser un ser tremendamente antipático. El otro día leí un estudio sobre la antipatía en los intelectuales que me pareció apropiado e instructivo. Por cierto, sin que tenga que ver nada con la antipatía, García Ramos acaba de ganar el XV Premio Alonso de Nava y Grimón de la Universidad de La Laguna, por su contribución a su desarrollo y por su labor docente y de investigación. Un premio que concede Alumni ULL, una prestigiosa asociación, presente en casi todas las universidades españolas).
-Cuando uno llega a esta edad no sabe nunca si considerarse un viejo, por los años vividos, o dar rienda suelta a la imaginación haciendo realidad esa “edad vitad” que dicen que nos rejuvenece. A algunos.
“Para las personas mayores, como tú y como yo, es bueno pensar que existe una edad vital y una edad cronológica. Y hay que hacer más caso a la edad vital que a la de los números. Respira uno mejor”.
-Tenemos que parar y pasar al vino, porque in vino veritas. ¿Qué recuerdas con más agrado de tu etapa como consejero de Educación?
“Pues la pacificación universitaria que enfrentamos, pero también, por supuesto, la Ley de Homologación del Profesorado No Universitario, la colección de la Biblioteca Básica Canaria, la Biblioteca de Artistas Canarios y tantas otras iniciativas”.
-Bonita época, amigo. Y gracias por la entrevista, después de resistirte tanto.
“Lo hice porque entre tú y yo hay mucha complicidad y eso le quita valor a las preguntas y a las respuestas”.
-Palabra de Dios.





