Bajo el título Hupalupa, el hijo de Magec se acaba de estrenar un documental sonoro sobre Hermógenes Afonso de la Cruz, divulgador de la cultura y la historia guanche entre los años 70 y 90, fallecido en 1996, tras sufrir persecución y cárcel y el saqueo de restos aborígenes que logró poner a salvo en una época lastrada por continuos expolios.
La figura de este ingeniero agrícola -número uno de su promoción- que, inopinadamente, se echó al hombro el rescate del guanche como una causa filantrópica y sentimental, es minuciosamente abordada en tres episodios de 30 minutos cada uno (El despertar, Me llamo Hupalupa y Los buscadores de vasijas), bajo la dirección de la periodista Paola Llinares, al frente de un equipo de profesionales, con entrevistas y fuentes documentales sobre uno de los períodos de mayor agitación social del último medio siglo en Canarias. El bioaudio termina con la voz de Hermógenes Afonso, que, pese a lo mucho que se prodigó en actos culturales en público, apenas hay testimonios grabados de sus disertaciones.
Historiadores, arqueólogos, periodistas, familiares, amigos y correligionarios de su militancia política participan en este homenaje a Hermógenes Afonso de la Cruz (Hupalupa), una figura irrepetible entre las generaciones de canarios del último medio siglo, por su decisiva intervención en la puesta al día de los hechos del pasado histórico de esta tierra, que salía de una dictadura y de un aislamiento secular, marcado por el férreo centralismo.
Afonso de la Cruz destacó enseguida, en los primeros años 70, por abanderar y costear de su bolsillo la exhumación del guanche, entonces preterido bajo una losa oficial, pronunciando conferencias divulgativas y dando a conocer materiales desconocidos sobre los primeros pobladores del Archipiélago. Contribuir a sacar al guanche del ostracismo lo asumió como un deber histórico, que daba sentido a su vida.
Magos, maúros, mahoreros o amasikes es una obra de su autoría, recientemente reeditada por la Dirección General de Patrimonio Cultural, de la Consejería de Educación del Gobierno canario (la revisión corrió a cargo de Antonio Tejera Gaspar), que en su momento se abrió paso arduamente, en plena atmósfera cubillista, bajo una abierta represión policial. Una época que ahora queda muy lejos y se nos hace impensable, como dos Canarias irreconocibles delante del espejo de este documental.
El podcast sobre Hupalupa, de hora y media de duración, disponible en las plataformas YouTube, Ivoox y Spotify, es una iniciativa de la Fundación Canaria Tamaimos, con la colaboración del Cabildo de Gran Canaria.
EL LASTRE DE LA BAJA AUTOESTIMA
El material reunido, a través de archivos y fondos particulares, contiene reveladoras aportaciones sobre estas Islas, que, a finales de los años 60 y comienzos de los 70, desembocan con ansias de conocimiento en el tardofranquismo. Aquellas eran unas islas atrasadas, cuya baja autoestima quedó pronto reflejada con la aparición oportuna de ‘Natura y Cultura de las Islas Canarias’, obra que coordinó el catedrático de la Universidad de La Laguna Pedro Hernández-Guanir, editada en 1977.
Dos años antes, Los Sabandeños estrenaron en el Guimerá la célebre Cantata del Mencey Loco, con la anécdota del gobernador Fraile Poujade, que abandonó el teatro intempestivamente ante la presencia de un público caluroso que ovacionaba las acometidas de los guanches de Anaga contra el conquistador y que ya no se reprimía al desplegar banderas con siete estrellas verdes.
Ese caldo de cultivo guanchista quedó claro desde entonces y las reacciones populares se parecieron mucho a las del Guimerá en otros conciertos en pueblos y barrios y, sobre todo, en los graves conflictos que tiñeron de sangre las Islas en los dramáticos años 70. Hubo, en especial, un momento de máxima convulsión, en paralelo con la Transición a la democracia: 1975, 1976, 1977 y 1978 fueron años grabados a fuego en la memoria colectiva de los canarios. El año de la muerte de Franco, el 75, fue también el del asesinato del obrero Antonio González Ramos (miembro de la OPI, germen del PUCC), víctima de las torturas sufridas a manos del comisario Matute, temido por la vileza de sus interrogatorios.
La muerte de Bartolomé García Lorenzo, en Somosierra, confundido con el Rubio por la policía, que le disparó cuando abrió la puerta, en 1976, y al año siguiente, la del estudiante Javier Fernández Quesada, en la entrada de la universidad, durante una huelga sindical, a manos también de las fuerzas del orden, desencadenaron manifestaciones y escenas de auténtica guerrilla urbana. Aquel paisaje de violencia inédito en un pueblo sobre el que pesaba el estigma de aplatanado rompió los esquemas de las autoridades, obligadas a traer refuerzos antidisturbios de la Península, y ese clima de enfrentamiento provocó que irrumpiera la democracia en Canarias con signos represivos netamente locales, al coincidir el final del franquismo con la expansión del fenómeno independentista.
La labor de Hermógenes Afonso, en ese escenario, se desató a raíz de un encuentro casual de él y su esposa, Amparo Higueras, en el Kiosco La Paz, en Santa Cruz, con alguien que apenas conocían de oídas y que les ofreció un speech informal sobre los guanches, que, al parecer, resultó elocuente. Desde esa especie de súbito enamoramiento de la figura olvidada del aborigen, Hupalupa (el nombre que adoptaría en honor del líder de la rebelión de los gomeros en 1488) orbitó una suerte de labor misionera alrededor del monomito del guanche, impartiendo charlas por todos los rincones donde le fue posible. Era concienzudo en su cometido, conversaba con los ancianos, cultivando una historia oral que le revelara señas auténticas de identidad. “Nuestro pueblo”, decía, “conserva las claves de su cultura ancestral”, y citaba las tres piedras del fogal: los tres teniques que delimitan el espacio para cocinar al aire libre.
EL SÁHARA Y EL CUBILLISMO
Mientras las calles ardían por los frecuentes choques entre manifestantes y la policía a causa de reivindicaciones, huelgas y crímenes propios de esa época, la cruzada guanchista de Hermógenes Afonso fue ganando terreno hasta convertirse en una voz autorizada, en ambientes académicos y populares, en cuestiones históricas sobre la Conquista y los antiguos pobladores. Hupalupa ponía el acento en el origen bereber de los primeros habitantes y abogaba por una conciencia canaria de los vínculos existentes con África.
En esa deriva terminó militando en la rama cultural del MPAIAC (y posteriormente en UPC y Frepic-Awañak), el movimiento que lideraba Antonio Cubillo desde Argel, con innegable penetración a través de sus emisiones de La Voz de Canarias Libre. Cubillo aprovechó el malestar del Gobierno de Bumedien tras el abandono del Sáhara por parte de España en 1975 y obtuvo, a través de las ondas, un evidente impulso en su regazo argelino.
Hupalupa había nacido en diciembre del 45 (hoy se dispondría a cumplir 80 años), en Garachico, hijo de un ganadero anarquista, que pasó por Fyffes y logró hacer fortuna trabajando toda su vida. De esa misma madera salió Hermógenes Afonso, que, una vez conseguido cierto patrimonio, no dudaba en desembolsar todo el dinero que fuera necesario para una causa romántica, hasta arruinarse.
El año 1978, considerado por el ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, como “la fecha clave”, se precipitaron los acontecimientos más traumáticos de aquel período. Ante la previsión de que la Asamblea General de la Organización para la Unidad Africana (OUA) se pronunciara a favor de la descolonización de Canarias (después del aval del Comité de Liberación, en Trípoli, a principios de año), Cubillo sufrió en abril un atentado en el zaguán de su domicilio en Argel, perpetrado por dos sicarios españoles, que lo acuchillaron por la espalda y el abdomen. Logró sobrevivir, pero quedó paralítico (cuando regresó a Tenerife en 1985 lo hizo con muletas). En Madrid, el comisario Conesa fue señalado como el padre operativo del atentado de Estado (según la historiadora Sophie Baby en El mito de la transición pacífica).
En ese marco hubo, de inmediato, redadas policiales en las Islas, con numerosos detenidos, entre ellos, Hermógenes Afonso, que pasó dos meses en la cárcel tras sufrir un severo interrogatorio. Al salir en libertad, tardó en recuperarse del shock, pero se radicalizó en su defensa de la cultura guanche, convencido de que esta, si no quedaba a salvo, nunca obtendría el reconocimiento del que gozan otros pueblos prehispánicos, como los incas o mayas.
Canarias aún no había alcanzado el actual autogobierno y, en ese interín, Hupalupa intensificó su labor cultural. Con ayuda de Cándido Hernández, a través de su editorial Benchomo, dio a la luz cuadernos con nombres guanches, para que los niños canarios pudieran llamarse como sus hijos, Ruymán, Yaiza y Chaxiraxi, que a menudo lo acompañaban junto a su esposa a Las Cañadas a recolectar restos aborígenes en peligro de desaparición.
ROBO DE GÁNIGOS
Fruto de esas campañas, reunió una importante colección de gánigos y otros vestigios aborígenes, que conservaba en la Biblioteca de su finca de Barranco Hondo, donde estudiantes y especialistas tuvieron oportunidad de realizar estudios de investigación. Parte de ese acervo fue robado en un saqueo nunca esclarecido, y cuando gestionaba la donación de todo su legado de objetos guanches al Museo Arqueológico -que hoy se conserva como Colección Hermógenes Afonso (Hupalupa) en el MUNA-, una mano negra intentó desprestigiarlo, y se llevó el disgusto de su vida, al recibir la visita de la policía para incautarse de las piezas como si su propietario, en realidad, hubiera actuado al margen de la ley.
En su entorno familiar fueron testigos del deterioro depresivo que experimentó Hermógenes Afonso a partir de ese momento, y ya no consiguió sobreponerse hasta su fallecimiento en enero de 1996.
Había dado todo de sí en aquella desinhibida tarea de divulgación. Se valía de su dominio del francés para ir a París en busca de rarezas bibliográficas sobre la historia de Canarias. Allí encontró obras de Berthelot y Núñez de la Peña, que después donó a los fondos bibliotecarios de Tenerife. Y se amistó estrechamente con el filólogo Juan Álvarez Delgado.
Antonio Tejera Gaspar, Francisco García Talavera, Domingo Gari, Nanda Donate, Javier González Ortiz, Zenaido Hernández Cabrera, Nora Perera, Valentín Benítez y Rogelio Botanz, entre otros, junto a los miembros de su familia, han rendido en este documental sonoro un homenaje a aquel soñador perseguido por hacer memoria cuando hubo un tiempo en que eso estuvo prohibido.





