Antonio Domínguez Alfonso (1859-1916) fue mucho más que un parlamentario de la Restauración. Su nombre, para el gran público, resulta desconocido. Ni los libros de texto escolares lo mencionan, ni su figura ha sido reivindicada con el peso que merece por la historiografía canaria, lo que evidencia la escasa visibilidad que han tenido las figuras políticas del sur de Tenerife en la historia oficial del Archipiélago y, a mayor escala, en el ámbito nacional.
Domínguez fue el arquitecto político del Sur tal cual se conoce a día de hoy; el impulsor silencioso de la modernización del territorio chasnero y uno de los grandes contrapesos al caciquismo y a los intereses grancanarios. Su vida política, amplia, compleja y combativa, no solo incidió en los pasillos del Congreso, sino que dejó huella profunda en las comunicaciones, la economía y el desarrollo social de las Islas.
Nació en Arona el 26 de julio de 1859, en el seno de una familia terrateniente. Su padre, Antonio Francisco Domínguez Villarreal, capitán de milicias y gestor de rentas, había amasado una gran fortuna. Su entorno familiar (los Domínguez de Arona y los Alfonso de San Miguel) le otorgó una posición privilegiada dentro de una élite sureña reducida.
Su excelente formación (reducida en la época) y su ambición lo convirtieron pronto en un referente. Ingresó en el Partido Liberal Fusionista liderado por Sagasta, desde el cual defendió siempre una visión liberal progresista, alejada del clientelismo dominante.
LA CAÍDA DEL IMPERIO ESPAÑOL
Su gran carrera política y social ha sido documentada por la historiadora Carmen Rosa Pérez Barrios, quien le ha dedicado varios libros y, en todos, hace relucir la idea de que Dominguez fue hasta la fecha el “político más brillante de la comarca sureña”.
Diputado a Cortes en seis ocasiones entre 1879 y 1910, además de Senador, en un par, asumió cargos de alto nivel en la administración colonial, como gobernador civil de Manila en 1893 y, posteriormente, intendente general de Hacienda de Filipinas en 1897.
PRESIÓN PARA HACER CRECER EL SUR
Desde allí, presenció el derrumbe del Imperio español en la guerra contra Estados Unidos, siendo incluso parte en la firma de la Tratada de París en 1898. Mientras el país acusaba responsabilidades y buscaba los culpables de la caída de una de las hegemonías más grandes de la historia, su gestión fue elogiada.
A su vez, fue también consejero de Estado, reconocimiento reservado a figuras políticas de gran prestigio.
En su vuelta a la política activa, su gran obsesión fue sacar del aislamiento a su tierra natal.
El Sur vivía en el siglo XIX una grave crisis estructural y económica, agravada por la caída de la cochinilla, que obligó a muchos a emigrar. Domínguez propuso una receta clara para revertir la situación: infraestructuras, conexiones portuarias y acceso a servicios básicos. Peleó por el cableado telegráfico hacia el Sur (que incluso alcanzó La Gomera), el teléfono, las carreteras y los puertos rurales.
También impulsó el embarcadero de Los Abrigos, defendió la conexión en carretera San Miguel–Los Abrigos, Arona-Los Cristianos y presionó para que el Estado cediera edificios útiles como el convento de Adeje, hoy ayuntamiento del municipio.
Uno de sus grandes logros fue el servicio telegráfico, que quedó establecido en San Miguel el 12 de julio de 1904. Con ello se abría para el vecindario una nueva etapa, pues no solo se favorecían los negocios comerciales, sino los agrarios.
“Su obsesión fue conectar los centros productivos con las costas”, destaca la historiadora.
Su trayectoria no se define solo por su lucha política en favor del desarrollo sureño.
Su mayor gesta ocurrió en 1911, en plena disputa por la división de la provincia de Canarias. Domínguez, enfrentado desde hacía décadas al todopoderoso e infinito documentado León y Castillo (1842-1918), lideró la oposición al proyecto grancanario que pretendía dividir la provincia y trasladar la capitalidad únicamente a Las Palmas.
Según relatan las crónicas periodísticas de época, Domínguez, para defender su causa, “estuvo hablando durante tres días seguidos en el Congreso”, en la que se catalogó como una de las intervenciones parlamentarias más célebres de la época. “No envidio a ningún pueblo que prospere… porque soy justo”, dijo ante la Cámara. La prensa lo definió como “el campeón de los derechos de Tenerife”.
Sí a la descentralización, no a la ruptura
Su posición fue clara: sí a la descentralización, no a la ruptura. Su liderazgo y proyección fue determinantes para la aprobación de la Ley de Cabildos de 1912, germen de la actual organización insular canaria.
De forma paradójica, años más tarde, su hermano Eduardo Domínguez Alfonso (1840-1923) se convertiría en el primer presidente de la Corporación tinerfeña, siendo el primero en ostentar dicho cargo en la historia.
Con el éxito parlamentario conseguido emprendió Domínguez un viajó a Tenerife, donde recibió el reconocimiento y cariño de la población. Los homenajes se multiplicaron, y entre ellos en el sur de la Isla (San Miguel, Vilalaflor, Guía de Isora, entre otros).
Tras ser recibido en Santa Cruz por el pueblo, autoridades, asociaciones, representantes de los distintos pueblo, pasó unos días en La Laguna, donde la familia de su hermano solía veranear.
De aquí viajó al sur de la Isla, con el fin de pasar unos días junto a su familia y visitar los distintos pueblos, quienes le recibieron como un héroe.
En 1910, Domínguez se alió con fuerzas conservadoras dentro de la Unión Patriótica para frenar la ofensiva insularista de la vecina provincia de Las Palmas. Esta flexibilidad táctica le costó que en 1914 perdiese su acta. En 1916 lo recuperaría.
Tras un periodo de pobre salud, murió en Madrid el 28 de diciembre de 1916.
Su fallecimiento causó un hondo impacto social. El entierro fue multitudinario: acudieron representantes del Gobierno, del Colegio de Abogados, del Partido Liberal, parlamentarios canarios y la colonia isleña en la capital. El presidente del Senado, García Prieto, presidió el cortejo.
Los medios nacionales, en general, lo despidieron con un calificativo: “El último hombre de una generación”. El diario El Progreso lo llamó “el político que resistió a los caciques”y La Región lo definió como “el representante honrado de la Isla”.
Domínguez fue percibido por la sociedad de la época como un hombre íntegro, prudente, culto, con un humor fino y sobrio. Rehuyó la demagogia y fue comparado con Voltaire por su agudeza y brillantez oratoria.
Tanto es así, que tras un conflicto que tuvo en las cortes, el municipio de La Orotava salió al paso y declaró públicamente que “insultar a Domínguez era insultar a la región”.
Pese a su vida política activa en Madrid, jamás perdió su arraigo. Mantenía una relación cercana con su tierra, con su gente y sus costumbres. “Amaba el sur con un afecto visceral”, afirma Pérez.
Un legado
El impacto de su acción se ve reflejado aún hoy en la toponimia canaria. Arona le puso a la calle donde nació su nombre en 1917. En San Miguel fue nombrado Hijo Predilecto. Además, se rotuló la arteria principal del pueblo, la antigua Calle Real o Calle de la Iglesia, con su nombre, denominación que perduró hasta 1937, cuando en el contexto de la Guerra Civil se decidió sustituir la denominación por la de General Franco.
Por si fuese poco, una de las calles más emblemáticas de Santa Cruz, conocida popularmente como La Noria, lleva en realidad el nombre de Domínguez Alfonso. En La Orotava, más de lo mismo.
Su huella permanece en toda la Isla. Sin embargo, su figura sigue siendo poco recordada en el discurso histórico general.
El legado de Domínguez Afonso también reside en la convicción de que el sur de Tenerife tenía derecho a una voz propia en la política nacional y regional, y en la firme creencia de que sus representantes podían -y debían- estar presentes en los espacios donde se tomaban decisiones importantes.
Como él decía, su Sur eran “tierras pobres”, y por ello necesitadas de atención y amor, “por eso yo amo los territorios pobres de Canarias, y por eso he procurado defenderlos y sacarlos, en cuanto mis fuerzas han podido, de la oprobiosa esclavitud en que yacían…”.






