Piedad Rodríguez, profesora de Primaria, perdió la vista con 52 años. Tras un año de duelo para aceptar su nueva situación, en los últimos cinco ha tenido que reinventarse y comenzar nuevos aprendizajes como el braille para poder leer, realizar tareas cotidianas como hacerse la comida o acudir a la compra, mientras que se ha encontrado con el muro de la lista de espera en la Dependencia, la falta actual de un cuidador o la de no contar con un asistente de apoyo en su vida diaria. Está a la espera de la asignación de un perro guía, que le daría un nuevo salto cuantitativo en su autonomía personal.
Rodríguez ejercía como profesora de audición, lengua y francés cuando comenzó a tener visión borrosa. Un día tuvo una subida de tensión ocular, que le tiró del nervio óptico y rompió los enlaces ojo-cerebro, causándole un agujero en la mácula, glaucoma, degeneración macular y otras patologías.
El diagnóstico fue demoledor: “En un mes perderá totalmente la visión. Eso fue un shock y supuso que dejara de conducir y de tener una vida normal. Visité sin éxito varios médicos y clínicas por toda España.
La Consejería de Educación me concedió la incapacidad, y me dijo que donde me podían ayudar era en la ONCE”, recuerda. Durante todo ese primer año Piedad transitó por el duelo “hundida en la miseria y creyendo que no había salida”, hasta que pensó: “Pero si no soy tan mayor como para que el mundo me arrincone en casa hasta que me toque morir”.
Así se acercó a la ONCE, donde recibió, “en primer lugar, ayuda psicológica y, posteriormente, me brindaron todas esas cositas que te van haciendo fuerte”.
“Maru se merece el cielo, lleva más de 30 años trabajando como psicóloga y fue un apoyo, junto al grupo de mindfulness en el que entré con otras mujeres que también estábamos en la misma situación, para aprender a gestionar y construir una nueva identidad y mejorar mi autoestima”, recordó.
Otro gran cambio fue dejar su residencia en Los Baldíos, “una zona aislada, sin aceras y en la que solo pasa una línea de guagua” y alquilar en el centro de Santa Cruz, para tener más cerca los servicios de la ONCE.
En todo este tránsito, Piedad lamentó que “cuando me quedé ciega muchos amigos y gente de mi entorno desaparecieron. Entonces, debes volver a crear un mundo diferente. Empecé con el Club de Lectura, talleres de creación literaria, empecé a hacer nuevas amistades y me di cuenta de que somos personas como cualquier otra, que nos falta el sentido de la vista, pero que los demás los cultivamos bastante bien, cada uno con su personalidad y características”.
Como profesora de Lengua y Literatura, a Piedad Rodríguez le encanta la lectura, así que “yo quería lograr mi sueño, que era volver a leer en papel, aunque las nuevas tecnologías ya tienen los audiolibros y la ONCE también brinda ese servicio, yo quería volver a leer a mi ritmo, pasar las hojas, sentir el papel…. Me encanta la literatura canaria y cuando accedía a los libros disponibles, no es lo mismo oír Dónde nacen los dragos (Emma Lira) con ese acento peninsular, porque las palabras canarias leídas con una entonación que no es la nuestra pierden la esencia”.
Además, antes de perder la vista había comprado el libro El silencio de los Abades, de Jesús Alberto Reyes, y quedó pendiente de leerlo. “Entonces hablé con Valeriano, y empezamos un grupo de nueve a aprender el sistema de escritura braille, de las que terminamos tres, dos compañeras sordociegas, con más de 60 y 70 años, así estuvimos casi dos años, nos reuníamos una vez a la semana cuando cuadraba y no caía en festivos, pero estoy segura de que en dos meses con empeño podría haber terminado aprendiendo, pero me encantaba estar, compartir y aprender al ritmo del grupo porque también es una bonita experiencia. Ahora las compañeras sordociegas están aprendiendo el lenguaje dactilológico, le escriben en la mano el alfabeto tradicional en letras mayúsculas, y también aprenden el lenguaje de signos en la palma de la mano”.
Leer los tres tomos en braille de El silencio de los Abades “fue una gran satisfacción y no tengo palabras para describir esa libertad. Ahora estoy con la lectura de La Tuerta, que es de María del Mar Rodríguez”. También ha empezado a escribir en braille sus ideas, notas y poemas, guardar facturas y papeles etiquetadas en carpetas, lee cajas o latas de comida o medicamentos, etc.
La voluntad mueve montañas
Actualmente Piedad está sin apoyo, y se hace la comida como puede. “Hoy me hice unas papitas y una pechuga a la plancha, por el olor sé si se me quema o no, y así voy sobreviviendo, todo es tiempo, voluntad y la necesidad, que mueve montañas”, reconoce.
Cocina cosas sencillas o consume alimentos enlatados como el atún, mientras “en el microondas y en la freidora de aire he puesto puntitos (de braille) para guiarme, porque freír para mí ya es prácticamente imposible”, lamentó.
Cuando puede Rodríguez acude a la ONCE, donde también ayuda “en todo lo que es afiliación y temas sociales”. “Me siento todavía joven como para poder ayudar y crear puentes para que los más mayores logren cosas, porque es muy duro llegar a esa edad siendo dependiente, solo y sin alguno de sus sentidos”.
Piedad espera desde hace 18 meses para que le asignen un asistente
Piedad Rodríguez dejó atrás su trabajo, vida y movilidad independiente para tener ahora que depender de alguien para realizar la mayor parte de las actividades cotidianas.
La resolución de Dependencia le tardó dos años, y un año y medio más tener el Programa Individual de Atención (PIA). En ese momento, inscribió a su marido como cuidador; sin embargo, actualmente está en trámite de divorcio y ha comunicado a las administraciones esta nueva situación. Lleva un año y medio esperando por la visita de revisión para que le asignen un asistente personal.
“Actualmente estoy sola, sobreviviendo como puedo. Dependencia a mí no me ha dado a día de hoy servicio de ningún tipo y estamos hablando de que llevó seis años ciega. Por otro lado, no disculpo a mi marido, pero sé que ser un cuidador es un cambio total, uno pasa por esta situación y también lo pasa la familia, y no todo el mundo está dispuesto a sacrificarse”.
Mientras tanto espera por una persona de apoyo “que me ayude. Cuando más la necesitamos es para salir, pues te expones a un nivel de agotamiento y cansancio grande, porque sola debes estar en completa alerta”.
La figura del asistente personal está aprobada en toda España, pero en Canarias esa figura apenas se ofrece. “Gracias a Acufade tuve ese servicio, pero fue por una subvención europea que ya se terminó. En ese tiempo pude hacer muchas cosas, fue como volver a recuperar mi vida anterior, y resultó muy importante su apoyo”.
Esta semana apenas ha salido del piso, salvo un día que vino una voluntaria. “No salgo a la calle por miedo a caerme o me pase algo, hay varias obras y me da mucho respeto”. También suele acudir a su supermercado, “donde me han informado de las horas donde pueden ayudarme, o al Mercado”.
Piedad Rodríguez insiste en que “hay que hacernos visibles, porque tendemos a quedarnos en casa, cuando somos las mismas personas, aunque no veamos, y es un poco más complicado hacer las cosas”.







