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Adolfo Padrón, la carpintería de su familia lleva 70 años tallando la historia de La Orotava

Un libro reúne las anécdotas de una familia de carpinteros, un oficio del que el municipio podía presumir en los años 50 y 60 ya que era el que albergaba más carpinterías en toda la Isla

El oficio del maestro carpintero que tanto arraigo y prestigio tuvo en La Orotava se enfrenta a un importante declive debido a la aparición de nuevas maquinarias que han repercutido en el coste del producto final, abaratándolo, aunque ello también haya supuesto homogeneizar el diseño y olvidarse de piezas únicas que destaquen por su originalidad o autenticidad.
Tampoco las maderas tienen el color y olor de antaño, ni dejan virutas en el suelo.

Herramientas como gubias, falsas escuadras o compases, que no faltaban en ninguna carpintería, han dado lugar a ordenadores que en muchos casos permiten simplificar el trabajo.

Adolfo Padrón Pacheco viene de una familia de carpinteros ebanistas y quiso que este oficio, que heredó de su padre y que dio de comer a muchas familias de la Villa, no se perdiera y por eso decidió inmortalizarlo en un libro presentado recientemente.

La carpintería de su familia, ubicada en el número 49 de la calle Doctor Domingo González -antigua calle El Castaño- cumplió el año pasado siete décadas y todavía sigue en pie aunque sin producción desde 2003. A partir de ese momento, la historia de la Villa la talla de otra manera, conservando la maquinaria intacta y abriendo sus puertas en la Ruta de los Molinos para que la gente conozca un oficio tradicional ligado a la identidad y al patrimonio del municipio.

Entre los años 50 y 60 había en La Orotava más carpinterías por metro cuadrado que en muchos pueblos en Tenerife aunque ya son pocas las que subsisten. Prácticamente todas funcionaban igual, lo único que cambiaba era el espacio del que disponían y donde estaban ubicadas. La de su familia tenía 113 metros cuadrados y llegó a emplear a ocho personas entre operarios oficiales y aprendices, además de su padre. Estaba en una zona bien situada y dirigida, con una parte de mecanizado y otra de manualización, en la que se montaban las piezas y cada carpintero estaba especializado según el trabajo que realizaba, bien como carpintero o como ebanista, este último, más dedicado a la fabricación de muebles.

En los años 60 se llegaron a hacer en su carpintería hasta dos juegos de cuarto al mes y alguna otra pieza, ya que además, se fabricaban maceteros, arcones de cedro para guardar la ropa, alacenas, maletas y piedras de lavar, entre otros objetos. “Venían los clientes y si mi padre tenía muchos pedidos y les decía que para ese día no podía estar listo, cambiaban la fecha de la boda para tener el juego de cuarto montado”, recuerda.

Cada carpintero “era un poquito suyo” y “no quería mostrar al resto lo que hac´´ia” pese a que todos habían empezado a trabajar desde jóvenes en los mismos lugares y por lo tanto, se conocían”. Se intercambiaban las piezas de las máquinas, los hierros, las molduras y las fresas, pero cada uno tenía sus plantillas, su principal ‘marca de identidad’.
El oficio de entonces también requería un importante trabajo de medición, dado que muchas veces los estilos de muebles que pedían los clientes no se adaptaban al espacio en el que iban a instalarse y en otras superaba los costos. Su padre iba, medía, modificaba las plantillas y eliminaba adornos para hacerlos más económicos.

Se acuerda de una familia de La Orotava saliendo de su carpintería con todos sus integrantes “cargando las piezas como si fuesen hormigas”. “Fue una pena no haber tenido en esa época una cámara para registrar ese momento”, bromea.

Pero Adolfo no solo valora el trabajo sino también los momentos de disfrute, porque en el sector todos eran amigos y los fines de semana salían juntos a beber y a compartir unas risas. Además, el día de San José, patrón de los carpinteros, se celebraba con un almuerzo fuera o bien en su casa. Su madre preparaba conejo al salmorejo, papas bonitas y sopa, con la materia prima que le proporcionaban las personas a las que su padre no les cobraba y se lo agradecían con comestibles.

En los años 70, con el boom turístico de Puerto de la Cruz se dejaron de hacer muebles y comenzó el ocaso de este oficio.

La docencia fue para Adolfo un desahogo ante las dificultades que se presentaron en la última etapa del taller. Fue profesor de Formación Profesional en el IES Manuel González Pérez, en el ciclo de Madera y Mueble. Nadie mejor que él para trasladar los conocimientos de un oficio que se niega a desaparecer. Que haya un módulo de FP es la prueba que sigue despertando interés y ofreciendo posibilidades en el mercado laboral.

Más allá de publicar su libro, Adolfo se siente satisfecho por haber registrado algo que de no estar plasmado se iba a perder. Igual que las palabras que eligió para su título, maravalla y garlopa, desconocidas para el común de la gente pero no para quienes la madera formó parte de su mundo.

Un trabajo de muchos años y más de 380 fotos seleccionadas

Adolfo Padrón Pacheco comenzó a preparar el libro en 2017 aunque llevaba muchos años recopilando datos. A medida que iba pasando el tiempo le venían recuerdos de su taller, retomaba la información que tenía guardada y las anécdotas con vecinos, trabajadores, la familia y muchos clientes, hasta que comenzó a darles forma. Ese trabajo le supuso buscar nombres y apellidos y datar las fotografías. Su madre, “con su bonita letra anotaba todo detrás de las fotos” que luego guardaba en sobres y cartulinas de plástico. Clasificó y seleccionó más de 380 fotos en color y en blanco y negro, “todas tienen su historia dentro del libro” mientras iba colocándolas en el sitio correspondiente, siguiendo los consejos del editor