Naira Delgado Rodríguez, icodense, es profesora titular del Departamento de Psicología Cognitiva, Social y Organizacional en la Universidad de La Laguna (ULL). El día 5 de noviembre defenderá su cátedra. En la ULL ha desarrollado gran parte de su carrera académica e investigadora.
Sus principales líneas de investigación son el estudio de la deshumanización desde el enfoque de la neurociencia social y el estudio de la relación entre empatía, mentalización y burnout (estado de agotamiento mental y físico causado por un estrés crónico y agobiante, casi siempre relacionado con el trabajo).
Está comprometida con el desarrollo de proyectos de I+D, dirección de tesis doctorales y participación activa en sociedades científicas de psicología social y grupos de investigación internacionales. Cree firmemente en la ciencia como herramienta de transformación social y en la educación como el camino más sólido hacia la convivencia y el bienestar común.
-¿Qué es la deshumanización?
“Un proceso psicológico y social que consiste en perder de vista la humanidad de las personas que nos rodean, tratándolas como si fueran menos humanas, animales u objetos”.
-Entonces comienza el abuso, ¿no es cierto?
“La evidencia científica muestra que este mecanismo nos permite aceptar situaciones de abuso, justificar actos violentos o permanecer indiferentes ante claras injusticias”.
-Me parece terrible.
“Y lo más inquietante es que la deshumanización no sólo ocurre en circunstancias extremas, ni en discursos políticos radicales: se cuela en nuestra vida cotidiana, a menudo de forma tan sutil que ni nos damos cuenta. Ocurre en el ámbito empresarial, cuando hablamos de expedientes sin ver a las personas que están detrás de cada uno; en la sanidad, cuando un paciente se convierte sólo en un diagnóstico o en la habitación 312; en la educación, cuando un estudiante se convierte en una nota. En general, cuando dejamos de reconocer a las personas que tenemos alrededor, como tales. Este fenómeno no sólo cambia la manera en que percibimos a los demás, sino que también afecta a nuestra ética personal. Es mucho más fácil justificar el sufrimiento de alguien cuando hemos dejado de verlo como una persona real, con emociones, dolores y sueños”.
-Naira, ¿es bueno, a veces, desconectar de los demás, desinteresarnos de sus problemas?
“Mira, es posible que en algunas circunstancias sea necesario, pero no podemos decir que sea bueno”.
-¿Por qué lo dices?
“Porque desconectar, en el sentido de cuidar los propios límites, sí es necesario. Pero desinteresarse del sufrimiento ajeno nos aleja de nuestra condición humana. La deshumanización, a veces, surge del cansancio, de la presión o del miedo. Pero precisamente por eso debemos estar atentos porque deshumanizar es una forma de desconexión que empobrece tanto a quien la sufre como a quien la ejerce. En una sociedad tan acelerada, aprender a desconectar sin desvincularnos emocionalmente es un reto. Creo que necesitamos una cultura del cuidado que integre el autocuidado y el cuidado colectivo, ya que no son opuestos sino complementarios”.
-Háblame de tus investigaciones con la Universidad de Varsovia sobre el lenguaje en los conflictos bélicos.
“El proyecto que comparto con Magdalena Formanowicz, investigadora en la Universidad de Varsovia, analiza los mecanismos psicológicos y el uso del lenguaje que facilitan la deshumanización en contextos de conflicto, tanto bélicos como sociales”.
-Curioso que sea a través del uso del lenguaje. Parece, desde luego, interesantísimo.
“Estudiamos cómo el lenguaje –las metáforas, las etiquetas—contribuye a justificar el daño o la exclusión del otro. Uno de los estudios consiste en realizar una revisión de los artículos periodísticos que se generaron durante varios conflictos bélicos, como la II Guerra Mundial, la guerra en Ruanda o la guerra de los Balcanes, para identificar términos deshumanizadores comunes y la intensidad en su uso, a medida en que avanzaba cada conflicto”.
(Hablamos de si esta sociedad de 2025 lo tolera todo. Naira es muy clara y me dice: “Vivimos en una paradoja. Por un lado, hay una enorme apertura y sensibilidad hacia temas tradicionalmente invisibles. Por otro, una creciente intolerancia hacia quien piensa de distinta forma. La tolerancia no consiste en aprobarlo todo, sino en respetar a los demás, incluso cuando no compartimos sus ideas. Creo que estamos aprendiendo, pero no sin dificultad, a convivir con la diversidad. Y esto exige, por parte de todos, un compromiso: requiere diálogo, pensamiento crítico y la capacidad de escuchar sin sentirnos amenazados”).
-Estamos inmersos en el problema de la inmigración. ¿Se han convertido los menores inmigrantes en un negocio para las ONG?
“Las migraciones no son un “problema” sino una realidad humana, tan antigua como las propias fronteras. El problema puede ser identificado como la gestión migratoria o las políticas migratorias, pero no es la migración en sí misma. Desde la psicología social sabemos que el modo en que hablamos de los grupos influye en cómo los tratamos. Si hablamos de “oleadas”, “plagas” o de “amenazas” fomentamos miedo y rechazo. Si hablamos de “personas” y de “proyectos de vida” favorecemos empatía y trato digno”.
-¿Y los menores?
“Los menores migrantes, en particular, son personas vulnerables que necesitan protección, no sospecha. A propósito de la deshumanización, con este colectivo encontramos el término “mena” y utilizarlo nos lleva a engañar a nuestros cerebros, al no identificar que “menas” son personas menores de edad que se encuentran solas en un territorio desconocido. Es cierto que el sistema de acogida necesita con urgencia mejorar y que debe gestionarse con transparencia, pero reducirlo a un “negocio” sería ignorar la labor inmensa de quienes trabajan por ofrecer dignidad y futuro”.
-Hablemos de feminismo, Naira. ¿Su desbordamiento obsesivo puede conseguir que el varón se sienta arrinconado?
“El feminismo es esencial, es un movimiento que cuestiona desigualdades históricas y estructuras que no sólo han limitado a las mujeres sino también a los hombres. Los movimientos sociales que promueven la igualdad en cualquier ámbito generan que algunos grupos sociales (en este caso, algunos hombres) se sientan incómodos cuando cambian los marcos de referencia, pero es importante remarcar que el objetivo nunca es excluir, sino incluir desde la igualdad”.
-O sea, que nadie debe sentirse arrinconado.
“Efectivamente, nadie debe sentirse arrinconado. Con el feminismo todos tenemos una oportunidad para cuestionar nuestras actitudes, nuestros comportamientos y comprender cómo afectan a los demás. Y ese ejercicio crítico es fundamental. Los procesos de transformación social suelen despertar miedo a la pérdida de privilegios, de identidades y de certezas. Necesitamos pasar de la lógica del miedo –“si ellas avanzan, nosotros retrocedemos”—a una lógica del ganar compartido. Ganar en justicia, en libertad, en vínculos más auténticos y en bienestar común”.
-Por cierto, ¿el reguetón es música o sólo ruido?
“Es música, la entendamos o no”.
-¿Estás segura?
“Mira, el reguetón, como cualquier expresión cultural, es un reflejo de su tiempo y de sus contextos sociales. Nos puede gustar o no, pero no podemos negar su papel en la construcción de identidades y de formas de expresión, especialmente entre los jóvenes. Creo que lo más importante es desarrollar una mirada crítica que distinga entre letras que reproducen estereotipos dañinos y aquellas que celebran la libertad o la diversidad. Y ayudar a pensar sobre lo que bailamos, porque tiene un impacto en nuestra visión del mundo. La música, al fin y al cabo, es también un espacio de debate social y un reflejo de pensamiento colectivo. Tal vez tengamos que plantearnos cómo contrarrestarlo”.
-¿Percibes una nueva tendencia antifeminista?
“Sí, sin duda”.
-Cuéntame esa percepción.
“En parte responde al miedo al cambio y a la pérdida de identidades. Es que cada avance social genera reacciones, pero considero que también existe un uso interesado del discurso antifeminista para polarizar y dividir a la sociedad. Una de las cuestiones más preocupantes es cómo ese discurso está calando entre adolescentes, tanto en chicos como en chicas, reproduciendo estereotipos y simplificaciones que creíamos más que superados y que dificultan el desarrollo de una mirada crítica e igualitaria desde edades tempranas. Desde mi punto de vista, la clave está en no responder con más confrontación sino con evidencias, educación, diálogo y respeto. Cuando se comprende que la igualdad beneficia a todos, la hostilidad pierde fuerza. Por eso es esencial seguir hablando, escuchando y desmontando mitos sin caer en el enfrentamiento”.
-Oye, Naira, dime una cosa. ¿Qué hace una muy próxima catedrática de psicología social hablando conmigo del papel de Susan Sarandon en la película “Pena de muerte”?
“Pena de muerte” fue, sin duda, una de las películas que más me marcó en la adolescencia y, en parte, fue la responsable de que yo decidiera estudiar psicología”.
-¿Por qué?
“Pues porque me impactó profundamente la manera en que abordaba el perdón, la culpa y la posibilidad de rehabilitación social. El cine, como la literatura y otras manifestaciones artísticas, nos ofrece una vía privilegiada para explorar emociones complejas y para revisar nuestros posicionamientos morales. A veces, ver una película es una forma de investigar lo humano: una experiencia emocional que se convierte, sin proponértelo, en una lección ética y psicológica. Disfrutar del cine con sentido crítico y ético es también un ejercicio muy recomendable”.
-¿Crees que Europa vive una crisis? De valores, sobre todo.
“Europa atraviesa por una crisis, pero no sólo de valores, sino también de confianza y de cohesión”.
-¿Derivada esa crisis de qué aspectos?
“Vivimos tensiones derivadas de la desigualdad, del miedo, de la dificultad para integrar la diversidad. Sin embargo, también hay movimientos ciudadanos, redes solidarias y jóvenes comprometidos que muestran que los valores siguen vivos, aunque necesiten nuevas formas de manifestarse. Más que hablar de decadencia, prefiero hablar de transición. Estamos redefiniendo qué significa ser europeos y esto pasa, una vez más, por recordar nuestra humanidad compartida”.
-Ha sido una delicia esta conversación, profesora.







