María Nieves Abreu Ramos comenzó a tejer cuando tenía 8 años. Le enseñó doña María, una costurera en Tacoronte que le cosía los vestiditos que se ponía cuando su madre la llevaba al médico al hospital de La Paz, en Madrid, por la discapacidad que tenía en sus ojos.
Recuerda con exactitud el día que cogió por primera vez una aguja: “Estaba sentada, como una niña chiquita, y tras insistirle a mi madre que yo no era boba, doña María me dio una aguja y un hilo y me dijo que mirara lo que ella hacía con sus manos, que yo también iba a poder hacerlo”.
Su progenitora se dio cuenta que podía tejer pero no le compraba más lana. Tejía otros siete hijos en una época en la que un niño con discapacidad era considerado “un subnormal” y no se le apoyaba porque no se tenían los recursos y tampoco la información necesaria para poder hacerlo. Su madre casi no tenía estudios, “apenas sabía sumar dos más dos”, por eso no le reprochaa nada, solo lo cuenta.
Sin embargo, se las ingeniaba para conseguirla. Cuando terminaba de tejer “cualquier cosita”, iba donde doña María y se lo mostraba. La costurera “la socorría” regalándole una madeja.
Nieves nació con una enfermedad en todo su cuerpo, una CPO degenerativa, “algo que a veces hasta los médicos no saben qué es”. Ella lo explica de manera simple: sufre de elefantiasis, un problema linfático en una pierna, narcolepsia, tiene dificultades para respirar, y una limitación importante en la vista, ya que del ojo derecho está ciega y solo ve un 10% del izquierdo debido a una parálisis interna provocada por un tumor.
Ha tenido 34 operaciones en los ojos. En noviembre del año pasado, estando en el quirófano para operarse de cataratas, le suspendieron la intervención por el riesgo que conllevaba. Después de eso dijo “nunca más”.
Tiene claro que su discapacidad es física, no mental. Teje más allá de su mirada verdaderas maravillas a crochet con una dificultad añadida: es zurda. Colchas, pañuelos, coleteros, agarraderas, que acumula en su casa, debajo del canapé de su cama y en bolsas que acomoda cuidadosamente ante la imposibilidad de venderlas porque no tiene el carné de artesana que se le exige para acudir a ferias.
Tampoco le ha impedido llevar una vida como cualquier persona. Se casó joven, a los 16 años, se fue a vivir a San Juan de la Rambla, tuvo hijos, es abuela, se ocupa de su casa “como puede”, y no ha parado de tejer y de querer seguir intentando nuevos puntos.
Doña María le enseñó las cadenetas y un primer punto treble. Después fue aprendiendo de manera autónoma, “desconchando y haciendo, desconchando y haciendo” hasta que consigue su objetivo.
A sus 65 años se quiere sacar el carné de artesana porque le gustaría vender sus trabajos a la gente en las ferias de artesanía para poder comprar más hilos. Hace poco tiempo que se enteró que lo necesitaba y se apuntó en dos ocasiones. La primera vez no pudo acudir porque estaba enferma pero le dijeron que iban a su casa, “y todavía los estoy esperando”, apunta irónica.
La segunda fue el pasado 10 de junio en La Orotava. Tenía que llevar aguja e hilo pero ella optó por una madeja de lana porque el hilo se lo traen de Portugal, le cuesta caro, y tenía que dejar la prenda. “Me dijeron que no me preocupara por haber llevado otro material, que hiciera lo que pudiera y listo”, asegura.
Tuvo que marcharse antes porque tenía cita en rehabilitación pero como había terminado dos pruebas completas de las tres que se exigían, la dejaron retirarse.
Una de las cosas que más le llamó la atención es que las mujeres que la evaluaban “la miraban mucho, demasiado”, e incluso le preguntaron “cómo hacía para tejer sin mirar”. Mientras habla, Nieves teje con la mirada hacia adelante y va contando los puntos con las manos, que son también sus ojos. Lo hace de una forma casi imperceptible, solo que ella explica su “técnica” a quienes se interesan por saber cómo teje.
Su sorpresa fue cuando le llegó una carta avisándole que el carné le había sido denegado sin explicarle los motivos. Le sugirieron que reclamara y aún hoy no le han respondido.
Nieves cree que el carné “se lo deberían dar a todos los artesanos porque nadie hace las cosas igual que el resto, cada uno tiene su estilo”. También, que personas como ella deberían tener ayuda y condiciones diferentes que contemplen su situación para pasar un examen.
“En mi casa no cabe más nada y quiero seguir tejiendo”, confiesa. Esta manualidad es también en su caso una terapia, aunque ella se lo toma como un trabajo al que le dedica casi nueve horas diarias. “No me dan trabajo porque no veo, pero me gustaría que vean que una persona con una discapacidad como la mía también puede hacer cosas bonitas y ayudar a que este arte no se pierda”, subraya.





