María (nombre ficticio) vivió desde pequeña el maltrato que ejercía su padre sobre su madre Isabel (nombre ficticio), esa anulación y humillación de la víctima hasta el punto de desaparecer y perder su seguridad y capacidad de reacción. Como testigo y también víctima afirma que “la violencia machista es una realidad que existe, que no podemos negar”, reconoce “el infierno” que su madre y sus hermanas sufrían en su hogar y asegura que “no tengo recuerdos felices de mi infancia que compartir”. “Cuando acababa el colegio todos regresaban felices a sus casas, y para mí era el peor momento del día; no tenía escapatoria al terror, ni tenía un sitio donde respirar”.
Según relata María, el maltrato de su padre a su madre “fue desde el minuto uno, desde la misma noche de bodas”. Con muy poco tiempo de noviazgo, Isabel poco pudo conocer de la verdadera personalidad de su esposo, se casó y como buena mujer de las de antes dejó su trabajo. Hablamos de las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado. “Un día de rabia le eché en cara a mi abuela que no hubieran cuidado a mi madre y de nosotras, que hicieran oídos sordos a las palizas que sufría su hija. Por no actuar y con su silencio cómplice hicieron desgraciada a mi madre y a sus hijos”.
Isabel no tenía un círculo de amigos y conocidos: “La recuerdo hablando con vecinos, pero no con amigos…. Además, es que no podía, es que cuando iba por la calle y miraba una ventana o un escaparate mi padre le daba una paliza”.
María recuerda que en los años 80 Isabel tuvo un momento de valor y decidió denunciar a la Policía Nacional, pero un agente le dijo, “¿Qué hace usted aquí? ¡Váyase para su casa con su marido, que es donde tiene que estar!”. En esa tesitura la pobre “poco tenía que hacer, había dejado su trabajo para dedicarse a cuidar a sus hijos y las labores de la casa…. Regresó al hogar con el maltratador. “Por suerte, hoy esto es inviable, y desde que una mujer diga que sufre maltrato hay que darle veracidad y actuar de inmediato”. “No deseo a nadie vivir desde dentro la violencia machista”, recalcó.
Reconoce que su madre fue doblegada por su padre “hasta el extremo de no ser ella, de desaparecer. La humilló y la anuló de tal manera de que perdió absolutamente todo”. Con más edad, en la adolescencia, María intentó rebelarse contra la situación que sufría su madre, pero era Isabel quien recibía las palizas. “Mi madre me echó la culpa de que recibió algunos golpes porque no me callaba”. Jamás su padre le pegó a ella. “La única vez que en un enfado conmigo me levantó la mano le dije procura darme y dejarme inconsciente, porque si no te denuncio a la policía”.
Dentro de su mundo, Isabel sobrevivió como pudo, aunque aún no ha podido cerrar las heridas pese a recibir atención psicológica. Por su parte, María entendió que es tan respetable su actitud como las de otras mujeres que denuncian y salen de todo esto. “Cada víctima tiene una realidad distinta”. Con la madurez ha dejado atrás la vergüenza y afirma que “el maltratador es quien tiene que estar avergonzado, escondido, nunca la mujer maltrada y su hijos, que también son víctimas”, aclara.
María vive con una persona maravillosa en una relación de iguales y ha educado a sus hijas “empoderadas, con dignidad y con la suficiente autoestima para que no caigan”. La educación en valores, en igualdad y basada en el respeto desde las familias es clave para acabar con estas violencias.
“Escondía los cuchillos cuando él salía de casa; era mi forma de ayudar”
Durante la charla, María recuerda momentos, a veces su cuerpo y su voz tiemblan pese al tiempo transcurrido. Ella nació y creció “en un miedo continuo” y aprendió “a controlar los sentimientos, a no decir depende de qué cosas, a enmascarar y a guardar hacia el exterior lo que pasaba en casa”, sobre todo cuando veía que la familia “lo escuchaba, lo ocultaba y nunca hizo nada”.
Lamenta que los hijos que han vivido y sufrido violencia en su hogar no hayan estado protegidos hasta 2015. “El lugar más seguro que debe tener un menor es su casa y si hay maltrato vives un infierno. Se supone que quien debería de cuidarte y ser tu referente está maltratando a tu madre”. Además, en la infancia “todo tiene que ser seguridad, jugar y crecer con las preocupaciones de un niño”. Sin embargo, ella “no me dormía hasta que no oía a mi padre roncando, porque me daba miedo que hiciera algo. Escondía los cuchillos cuando él salía de casa para evitar que matara a mi madre. Pensaba que así podía ayudar, porque no podía hacerlo de otra manera, pero alguna paliza que le dio no la mató de milagro”.






