José Afonso Ramallo acompañó a su esposa hasta la puerta de su vivienda cuando ya había anochecido. Eran algo más de las ocho de la tarde y una intensa lluvia caía sobre Santa Cruz de Tenerife. Ella se bajó del coche mientras él le comentaba que iría a guardarlo en el garaje. Fue la última vez que se le vio con vida. El empresario, de 65 años y dueño de Cafés Perdomo, fue asesinado a pocos días de la Navidad de 1984, en un crimen que sacudió profundamente a la sociedad tinerfeña.
La fábrica de Cafés Perdomo estaba situada en la calle Alcalde Mandillo Tejera, en el barrio de Los Gladiolos, una zona muy conocida de la capital. Décadas después, el recuerdo sigue vivo entre los vecinos. Carmen, residente del barrio, rememora aún el impacto de aquella noche: “Fue un escándalo enorme. Era una persona muy conocida, no solo aquí, sino en toda la Isla. Cuando se supo lo ocurrido, nadie daba crédito”. Esa percepción era compartida por quienes trabajaban con él. Uno de sus empleados aseguraba entonces que Ramallo era una persona muy apreciada y sin conflictos conocidos.
El crimen tuvo lugar el 18 de diciembre de 1984, un año especialmente duro en la crónica negra de Canarias. Aquel mismo año quedaron grabados en la memoria colectiva sucesos como el incendio de La Gomera, en el que murieron 20 personas, además del asesinato de un taxista en La Laguna y la muerte violenta de un joven en Santa Cruz, hechos que conmocionaron a una sociedad poco habituada a este tipo de tragedias.
En el caso de Ramallo, nada parecía encajar. No había señales de robo, ni accesos forzados en la vivienda o el garaje, y no constaban amenazas previas. Uno de los perros que vigilaban la casa apareció muerto —las primeras investigaciones barajaron que pudo haber sido envenenado o golpeado—, lo que llevó a los investigadores a pensar que el agresor se encontraba ya dentro del inmueble, esperando.
El empresario recibió siete puñaladas que acabaron con su vida en el acto. Al ver que su marido no regresaba, su esposa bajó al garaje y se encontró con la escena. Desesperada, salió a la calle pidiendo ayuda, pero a esas horas no había nadie en los alrededores. Cuando llegaron los servicios de emergencia, solo pudieron confirmar su fallecimiento.
Un asesinato sin explicaciones claras que, más de tres décadas después, sigue siendo uno de los episodios más impactantes de la historia reciente de Tenerife.
José Luis Conde, hoy una de las voces más reconocidas del periodismo gastronómico en España y entonces redactor de Diario de Avisos, medio que informó del suceso, recuerda aquel crimen como un auténtico golpe para la capital tinerfeña. “Fue un impacto enorme para Santa Cruz. La ciudad quedó paralizada, no solo por la violencia del asesinato, sino por la destreza con la que actuó quien lo cometió, algo que descolocó a la policía desde el primer momento”, rememora.
Miedo en las calles
La brutalidad del ataque quedó patente en la autopsia, que se prolongó durante siete horas debido al elevado número de heridas que presentaba el cuerpo. Tal fue la crudeza del caso que incluso hubo que retrasar el sepelio.
El funeral de José Afonso Ramallo, celebrado en Tacoronte, congregó a una multitud. El clima en la Isla era de conmoción, pero también de inquietud. El crimen generó un profundo temor entre otros empresarios, algunos de los cuales llegaron a plantearse si se encontraban ante el inicio de una cadena de asesinatos con un mismo patrón.
Las primeras líneas de investigación apuntaron al círculo más cercano del industrial. Conde recuerda que uno de los elementos que más llamó la atención fueron los perros que vigilaban la vivienda: “No eran animales dóciles ni se acercaban a cualquiera. Estaban entrenados para guardar la casa, lo que hacía pensar que quien entró conocía bien el entorno”.
Los investigadores confirmaron que alguien accedió al inmueble y acabó con uno de los perros, presuntamente envenenándolo. Sin embargo, pronto se descartó el robo como móvil, ya que el empresario conservaba todas sus pertenencias. También se barajó la posibilidad de un crimen planificado o incluso de un encargo, así como la hipótesis de que Ramallo sorprendiera a alguien en el garaje. Pero esta última planteaba una pregunta clave: ¿cómo pudo entrar esa persona sin forzar puertas ni ventanas?
“El asesinato se produjo en un contexto social muy delicado”, subraya Conde. “En aquellos años, los empresarios reclamaban más presencia policial por el aumento de la delincuencia juvenil, la existencia de prostitución de menores y la expansión del consumo de drogas”. A ese clima se sumaba otro homicidio ocurrido apenas dos meses antes, el de un joven hallado muerto en un solar de la avenida Buenos Aires, en Santa Cruz. Aunque ambos casos no estaban relacionados, la falta de detenciones alimentó una sensación generalizada de inseguridad.
Las investigaciones policiales no lograron resultados concluyentes. Surgieron algunas pistas, pero ninguna lo suficientemente sólida como para sostener una acusación. La intensa lluvia de aquella noche contribuyó a la ausencia de testigos y, con el paso del tiempo, el caso quedó sin resolver.
Hoy, el asesinato de José Afonso Ramallo continúa figurando entre los grandes crímenes sin esclarecer de Canarias, un episodio que marcó a toda una generación y dejó una herida abierta en la memoria colectiva de la Isla.






