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El regalo del presente

Mi familia es un país. Cada uno una provincia, con sus fiestas y sus cosas, con su acento para maldecir y su manera única de querer.

Mi familia es todo un país, con sus nortes y sus sures, sus picos, sus llanuras, sus paisajes de postal y esos rincones donde no hace falta ni pasar.

Mi padre es un pueblo del interior, de esos de cuatro casitas de teja envejecida y una iglesia del mismo color que la hierba seca que lo rodea. Reservado y trabajador, con los pies en la tierra, con las manos en la tierra, con los ojos en las nubes por si llueve. Práctico, inteligente, supersticioso, calmado hasta el punto de confundirse con el paisaje, tanto es así que se le han dibujado en la cara los surcos que dibujó él en las tierras y en los papeles, proyectando siempre líneas en el futuro.

Mi madre es un barrio de colores al ladito del mar, de los de ir siempre descalzo cargando una toalla húmeda. Allí se camina al ritmo de olas rompiendo, de paisanos sonriendo, de fiestas y maestría en el vivir. Ella es uno de esos lugares donde no se tolera que se venga a imponer nada, donde se sesean los abrazos, donde nadie pasa hambre porque siempre hay alguien que da sin pedir nada a cambio.

Mi hermano es una ciudad cosmopolita, con diez aeropuertos, miles de lenguas, pero donde todos se entienden, cada edificio está pintado de un color diferente y cada persona también, allí brotan de entre el asfalto nuevas ideas y se alcanzan soluciones sin necesidad de romper ninguna baraja.

Mi hermana es muchos lugares, e incluso a veces, es la autopista que los une, en ocasiones hay que pagar peaje pero merece la pena por todos los destinos que ofrece. Puedes toparte con heladas ventiscas que cubren el horizonte de un manto blanco e insondable, y otras te asas en sus desiertos, mi hermana son paisajes crudos que nos recuerdan que caminamos sobre algo mucho más antiguo que nuestra idea de país.

Mi sobrina es un nuevo asentamiento, puro y lleno de posibilidades, que ha puesto patas arriba la región y nos ha obligado a cuestionar todas nuestras antiguas verdades.

En este país que es mi familia siempre hubo batallas, como en todas las naciones. Nunca rodaron cabezas, aunque hubo revoluciones, porque siempre supimos, aunque no reparáramos en ello, que sus habitantes estábamos por encima de la bandera en la que se cosieron nuestros apellidos, que si queríamos seguir disfrutando del paisaje tendríamos que aceptar que cada país, cada familia, es plural, enigmática, críptica, diversa… y que es eso lo que nos convierte en un destino interesante para acoger la visita de otros países, de otras familias, de otros lugares por descubrir.

En mi familia nunca se pone el Sol, en mi país, espero, no llegue la oscuridad que viene acechando.

Podría haber vivido en un pequeño pueblo árido del sur de Extremadura, rodeado de tabaco, espigas y animales pastando mientras detienen el tiempo. Desear con ahínco la llegada de la primavera y hacer la ruta de las cigüeñas, juntar fuerzas para el invierno y mirar el interminable horizonte a través de la ventana. O bien podría haber crecido rodeado de la historia de la humanidad en las calles de Atenas, tomar sandía fresca en los deslumbrantes veranos, tocar los siglos con la mano y luchar por un hueco en el futuro.

Podría haber sido un orgulloso londinense, amante de la lluvia y de la escala de grises, con acento perfecto y un humor flemático elegido para unos pocos.

Podría haber sido un frenético italiano, soñando a viva voz y hablando de tiempos mejores.

Podría haber vivido el deshielo de los Alpes, el estallido del Etna, los terremotos de Taiwán, los tsunamis de Japón, o ser un niño promesa en la China de los millones de niños. O un adolescente perdido en la congelada estepa rusa. O un viejo sabio con dos dientes mascando coca en alguna alta montaña en la cordillera de los Andes. O un transportista de Burgos soñando con quince días en agosto. O un niño rico soñando con ser útil aunque sea por quince días.

Podría sentir mías las llanuras, recordar mis añorados lagos cristalinos, inspirar el aire seco que entra por la ventana, perder la vista en el infinito horizonte de tierra…. Pero nací en Canarias, y mi historia es otra, mi historia es esta… (todo paisaje es precioso, pero este es el mío).

En estas fechas de regalos, volvamos a recordar estos presentes implícitos, que damos por hecho y que, aunque no huelan ya a nuevo, solo necesitan un fisquito de cuidado, una mano de pintura, un puñado de cariño. Feliz todo, queridos lectores.

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