La muerte de una niña que se precipitó desde un edificio abandonado en el barrio de Añaza ha vuelto a poner en el foco el peligro latente y la vergüenza paisajística que representan las estructuras en ruinas que salpican la geografía de Tenerife. Lejos de ser un caso aislado, el Norte de la Isla alberga otros tres ‘mamotretos’, dos de los cuales evidencian la misma inacción administrativa y mala planificación del pasado, amenazando la seguridad pública, mientras que una tercera, pese a su interés histórico, no cuenta con la protección que merece.
El ‘esqueleto’, en La Matanza de Acentejo; el edificio Iders en el Puerto de la Cruz; y las ruinas del elevador de aguas de Gordejuela, en Los Realejos, no solo narran una historia común de abandono y burocracia interminable sino que décadas después siguen ocasionando un importante impacto paisajístico al estar en ruinas.

Los otros mamotretos
El hotel planificado en la urbanización Puntillo del Sol, en la costa de Acentejo, conocido como ‘el esqueleto’, está conformado por dos grandes bloques de edificios, uno consolidado y otro en estructura de 15 plantas sin terminar desde los años 70. Ocupan una superficie aproximada de 183.000 metros cuadrados que está fuera de ordenación y catalogada como suelo urbano en el Plan General.
Esta gran mole de hormigón, visible desde la carretera, se ha convertido en un símbolo del urbanismo descontrolado de aquella época. Su demolición está contemplada en el Plan Especial de Protección de la Costa de Acentejo, conlleva una gran complejidad por estar al borde de un acantilado, y quizás por ello nunca se concreta.
El 30 de octubre de 2023 se produjeron desprendimientos al colapsar una de las planchas, con la consiguiente caída de rocas que sorprendió a los bañistas de la playa de Rojas, en el municipio vecino de El Sauzal. No fue la primera ni la única vez, hubo varias, según confirmó en ese momento el concejal de Urbanismo, Miguel Ángel Pérez Pío, quien consultado sobre su actual estado reitera lo mismo que hace dos años atrás: “Tanto el Cabildo de Tenerife como el Ayuntamiento quieren que sea demolido. Está dentro del Plan de la Costa de Acentejo, pendiente de ser aprobado desde hace más de diez años, pero es una propiedad privada y por lo tanto deben ser los herederos quienes se encarguen del derribo”.
El lugar está vallado y el Ayuntamiento ha colocado un cartel de prohibido que cada cierto tiempo debe reponer porque lo tiran.
Otro ejemplo de desidia administrativa y conflicto de intereses entre lo público y lo privado es el edificio Iders, aunque desde hace tres años, el Ayuntamiento se ha puesto manos a la obra para revertir una realidad que comenzó el 4 de octubre de 1991 cuando fue desalojado por aluminosis y comenzó su abandono.
Desde entonces, los vecinos de los apartamentos colindantes viven con el miedo que se desplome debido a la falta de mantenimiento y la caída permanente de piedras.
El inmueble de diez plantas, ubicado en la avenida Familia de Betancourt y Molina, en pleno centro de la ciudad, fue declarado ruina inminente por el área de Ciudad Sostenible en junio de 2022 y se procedió a sacar a las 30 personas que residían dentro debido al peligro que suponía. Fue en ese momento cuando el Ayuntamiento decidió vallarlo para evitar el acceso a su interior.
La premura en esa actuación no se vio reflejada en las posteriores, ya que desde entonces, no se han producido, por diferentes motivos, grandes avances. Según el concejal del área, David Hernández, “había una controversia con la notificación a los propietarios porque algunas direcciones que constaban en el registro eran diferentes a las del Catastro. Por eso se pidieron informes al secretario municipal pero como no se aclaró, se acudió a un asesoramiento externo que sí lo ha hecho”. Una vez dado este paso, el Consistorio procederá a la siguiente fase, que es la de notificar las obligaciones a las que están sujetos los propietarios en cuanto a la preservación y mantenimiento del edificio.
Los vecinos y vecinas del entorno han avisado en varias ocasiones de la caída de puntales podridos, rocas y otros elementos de construcción que se pueden ver contenidos en la malla de protección exterior, y más de una vez se han visto obligados a llamar a los bomberos. Sin embargo, Hernández sostiene que en el caso del Iders no hay peligro aunque sí una gran insalubridad debido a las toneladas de basura acumuladas en el interior del solar.

A diferencia de las anteriores, las ruinas del elevador de aguas de la Gordejuela es una edificación privada que cuenta con un mantenimiento por parte de la propiedad y una debida señalización y vallado que en varios momentos se ha roto por parte de terceros que se saltan la prohibición.
Estas ruinas que permanecieron olvidadas durante años son en la actualidad uno de los principales atractivos turísticos del municipio. Se trata de una obra que marcó un hito en su tiempo por haberse instalado en su interior la primera máquina de vapor de Tenerife, construida en 1903 por la casa Hamilton, pese a la compleja orografía del terreno.
Está incluida en el catálogo de inmuebles de patrimonio industrial de Tenerife y además, se encuentra dentro del paraje natural de Rambla de Castro, con lo cual su nivel de protección es doble al estar considerada como ruina histórica. Por este motivo, nunca se ha planteado su demolición sino su consolidación y mantenimiento.
El alcalde, Adolfo González, confirma que la parte superior del conjunto edificatorio ya está rehabilitada aunque es la menos visible, y que los propietarios están pendientes de una autorización del Gobierno de Canarias para ejecutar una obra de consolidación del inmueble que evite su derrumbe.
Hace unos años, cuando se rehabilitó el sendero turístico de la Rambla de Castro que permitió disfrutar de los espectaculares paisajes que ofrece la zona, el atractivo de este inmueble aumentó en redes sociales e internet aunque no siempre con el respeto adecuado. Cabe recordar años atrás que un joven fue grabado por un dron paseando al borde del abismo por uno de los muros y más recientemente, en 2024, la Policía Local detuvo a una persona que vandalizó el edificio al pintar graffitis.
Los tres casos son una cicatriz en el territorio y un recordatorio constante de que la planificación negligente del pasado se cobra una factura doble: la del riesgo humano y la de la degradación ambiental.
La tragedia de Añaza que ya se ha llevado cinco vidas desde que el edificio fuera abandonado por sus propietarios en 1975, obliga a las administraciones a superar la lentitud burocrática y concretar, de una vez por todas, soluciones como la demolición rápida y segura en los casos que se requiera y la restauración paisajística.







