Carlos Cólogan Soriano (Santa Cruz, 1967) es más portuense que chicharrero. Estudió en La Salle y en el Instituto Teobaldo Power y se hizo ingeniero industrial en la Universidad de Las Palmas. Comenzó trabajando en Santa Cruz como ingeniero proyectista, pero en 1998 se fue a Chile con su mujer, donde estuvieron dos años, él trabajando en empresas de consultoría, después de vivir como curas durante algunos meses en aquel país y de gastarse ambos casi todo el dinero que llevaban. Le tocó vivir allí, justamente, los dos últimos años del dictador Pinochet. A su regreso a Canarias trabajó en compañías de construcción y equipamiento y en 2001 montó su propia empresa de consultoría de ingeniería, Ingecan. La historia de Canarias, ni fu ni fa, probablemente hasta que en 2010 escribió, tras una investigación primorosa, Los Cologan de Irlanda y Tenerife, que es la historia de su familia irlandesa que arraigó en esta isla en 1670 hasta 1925. Ellos siguen aquí, o sea que la historia puede que esté incompleta, aunque el libro tiene 615 páginas. Carlos es un tipo muy cordial. Se nos fueron volando las horas en Los Limoneros y yo aprendí, esa tarde de la semana pasada, muchas cosas que no sabía.
-¿Es verdad que odiabas la historia antes de convertirte en historiador?
“Bueno, también odiaba las matemáticas y terminé siendo ingeniero”.
-Los años enseñan…
“Sí, con el paso de los años lo que me motivó a amar ambas cosas fue mi enorme curiosidad por muchos acontecimientos contrapuestos. Yo siempre he sido un amante de la ciencia ficción, un tipo muy soñador e imaginativo, y creo que lo sigo siendo, pero con la historia mi acercamiento fue singular porque me introduje en ella muy poco a poco”.
-Me has hablado de la influencia de tu tío, el coronel de Aviación Melchor Zárate Cologan.
“A lo largo de seis años, mi tío Melchor me enseñó a conocer y a apreciar las vidas de nuestros antepasados. De esa iniciación y en un proceso muy, muy lento, acabé usando la imaginación y creo que la empatía para entender y para narrar historias del pasado”.
-¿Es asumible que los canarios no sepamos quiénes fueron Matías y Bernardo de Gálvez, ni conozcamos bien la escala de la Bounty en Tenerife?
“Bueno, tenemos que entender que la posición de las Islas Canarias, y más en el contexto histórico, ha sido siempre la de un observador que aparentemente no intervenía en las guerras, o al menos eso es lo que se nos ha contado históricamente. Pero, poco a poco, los nuevos estudios van desvelando que no ha sido exactamente así”.
-Pero es que no nos enteramos de nada, Carlos. Nos lo cuentan mal.
“El caso de Bernardo de Gálvez, cuyo papel en la Guerra de la Independencia americana es crucial, debemos recordar a los que no lo saben que se crio en Tenerife y que su padre residió en la isla desde 1757 hasta 1778 y que, por él, cerca de 3.000 isleños debieron partir desde 1781 para luchar en esa guerra”.
-A mí lo de la Bounty me apasiona. Y en los colegios, ni se cita.
“La escala del vicealmirante William Bligh (1754-1817) , master and commander del HMS Bounty, se trataba aparentemente de una más de un navío de guerra en la isla, pero eso es sólo la cascarilla histórica, porque lo que había detrás de esa escala eran dos cosas de mayor calado. La primera, que el Almirantazgo tenía contratadas a dos empresas tinerfeñas, en exclusiva, para suministrar vinos a los navíos de Su Majestad. Y la segunda, que la expedición, de índole eminentemente botánica, trataba de trasplantar el árbol del pan desde Oceanía al Caribe, para alimentar a los soldados británicos destacados en esa zona del mundo”.
-Siete cagadas de moscas en un mapa y épicas de los canarios por todas partes.
“Creo, de verdad, que por el hecho de residir en unas islas en medio del océano, nuestros relatos tienen una épica que no hemos sabido desarrollar adecuadamente”.
(Siete libros publicados, el último sobre Matías de Gálvez y Gallardo, viticultor, artillero y virrey de Nueva España. Dos en preparación: uno sobre Dionisio O´Daly, la primera biografía de este personaje (un tramo de la calle principal de Santa Cruz de La Palma lleva su nombre). Y una próxima publicación, que es su tesis doctoral: Master and Commander of Wine. Los contratos de suministros de vinos de las Islas Canarias con la Royal Navy (1778-1810).
-¿De qué va esa tesis, que leerás en la ULPGC?
“Hilando con la anterior pregunta que me has hecho, se trata precisamente de desentrañar cómo fue posible que dos empresas tinerfeñas del entonces llamado Port of Orotava (Puerto de Orotava), que eran las de Juan Cologan e Hijos, irlandeses, y la del escocés John Pasley, se llevaron el grueso de los contratos de suministro de vinos a los navíos de la Royal Navy, con destino a las bases británicas de Portsmouth, Plymouth y a los destacamentos británicos en el Caribe, entre los que estaba Jamaica”.
-Era un vino muy malo, según tengo entendido.
“Hombre, creo que es necesario resaltar que el vino de entonces no era el que percibimos y consumimos ahora, un producto de lujo y de disfrute. En esos años, el vino era el líquido más consumido en los hospitales de campaña para diluir medicamentos, algo para lo que el vidueño de Tenerife tenía muy buenas condiciones”.
-Cuéntame algo de lo que descubriste en Kilcolgan, Irlanda.
“Kilcolgan es una pequeñísima y remota aldea irlandesa donde los viejos documentos de las familias irlandeses sitúan el origen de mi familia paterna. Hace unos años hice el viaje a ese lugar en busca de no sé qué, pero me llevé de allí una conexión muy especial con mis antepasados”.
-¿Por qué?
“Porque en Irlanda esa espiritualidad es muy respetada, algo que aquí ya no se valora igual, pero a mí me dio serenidad y una guía para seguir haciendo lo que hago y que quiero trasmitir a mis hijos”.
-Yo hasta que hablé contigo no sabía nada de la barrilla.
“En nuestras islas, la economía se ha forjado a cincel, pero con alteraciones. Primero, el azúcar, luego el vino, la cochinilla, la barrilla, el plátano, el turismo y lo que venga. El surgimiento de cada uno de estos prósperos negocios ha estado siempre lleno de tópicos y de inexactitudes. No ha llegado bien al gran público. En el caso de la barrilla (cuyas cenizas hacen nacer la sosa cáustica, con la que se fabricaban los jabones) pasó en unos años de ser un yerbajo que crecía en la costa de Lanzarote a convertirse en el oro de la isla y la fuente para su despegue económico. Te quiero decir que tenemos que cambiar la narrativa para captar a los nuevos lectores de nuestra historia”.
-Vamos con Nelson. ¿Cuál era su verdadera intención? Y ya estoy viendo la sonrisa en tu cara.
“En el verano de 1797 en la isla ya se presumía lo peor, pero no por los ataques de los corsarios franceses e ingleses sino porque éramos conscientes de que estábamos ayudando al enemigo con nuestras ventas de vino a la Royal Navy. Esto no está escrito en ninguna crónica, pero es que desde 1778, justo un año antes de que España se metiera en la Guerra de la Independencia americana, la isla era el baluarte del suministro de vinos a la Royal Navy, junto con Madeira, y no lo dejó de ser hasta la primera década del siglo siguiente”.
-Pura economía.
“Por el hecho de ser el suministrador, sabíamos que tendría alguna consecuencia. Pero para que te hagas una idea, si el 22 de julio estaba Nelson desembarcando en Santa Cruz, el 27 de octubre dos empresas tinerfeñas firmaban en Londres otro nuevo contrato de suministro con el Almirantazgo. A partir de ahí podemos imaginarnos cualquier cosa”.

-¿Es cierto que las primeras elecciones municipales en España se celebraron en La Palma?
“Hace unos meses, paseando por la Calle Real de La Palma, comentaba con unos amigos por qué se habían cambiado el nombre de dos tramos de esa calle, Dionisio O´Daly y Anselmo Pérez Brito. Es difícil explicarlo en pocas líneas, pero debemos saber que ambos iniciaron en 1767 una lucha contra el orden establecido por los regidores perpetuos de La Palma, a los que derrotaron en la Corte de Castilla, consiguiendo celebrar las primeras elecciones municipales democráticas en la historia de España. Casi nada”.
(Como de Dionisio O´Daly no había biografía alguna, hace meses que Carlos Cologan Soriano empezó esta historia maravillosa que conectan, como pocos saben, a Irlanda con La Palma en tiempos muy remotos. “Y es que al final”, me dice, “la Isla Esmeralda y la Isla Verde estaban destinadas a unirse”).
-Y ahora, una historia apasionante. Hay unas cartas de Maximiliano de Habsburgo, que fue emperador de México y que murió fusilado por las tropas de Benito Juárez, a un amigo tinerfeño, cuya transcripción tienes. Y con ellas la constancia de que estuvo aquí, con Carlota de Bélgica, su esposa. Esa historia me parece apasionante.
“Mi familia Soriano, de una forma más o menos romántica, narraba que Maximiliano de Habsburgo, recién casado con Carlota, paseaba de incógnito por La Orotava, en un día de chaparrón. Al tratar de resguardarse del agua, se refugió en un portal y allí coincidió con un joven orotavense llamado Diego, con el que entabló una conversación que seguro que no fue en español. Ambos hablaban fluidamente francés. Luego comieron juntos, bebieron y comentaron su afición común por la antropología. Fueron a visitar cuevas de momias guanches y así nació una amistad que dejó un legado de cartas entre ambos. Maximiliano se convirtió en emperador de México y en Querétaro murió fusilado. Tiempo después, en 1868, su cuerpo, embalsamado, fue repatriado a Miramar, en Trieste, y una crónica periodística cuenta que hasta allí llegó una corona de flores de su amigo de Tenerife. Evidentemente, no he contado más de lo que sí puedo contar, por el momento”.
-Háblame del papel de un diplomático tinerfeño en la historia que se cuenta en la película 55 días en Pekín.
“Ha sido un regalo del destino esta historia familiar. La de mi añorado Bernardo Cologan, hermano menor de mi bisabuelo Leopoldo. El caso es que la generación de mi bisabuelo y de sus hermanos fue irrepetible por los currículos que acumulaban entre ellos: militares de alto rango, ingenieros, diplomáticos. A los que se sumó su dominio de los idiomas y que estaban regados por el mundo”.
-¿Y esa historia?
“Paciencia. La historia de tío Bernardo, como a mí me gusta llamarlo, fue que en 1896 era el embajador de España en China, justo antes del colapso sufrido por nuestro país por la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Guam, etcétera. En esos momentos las potencias coloniales se disputaban China, lo inverso que ahora. En ese momento, los chinos, liderados por la emperatriz Cixi, se alzaron en armas contra el barrio diplomático situado en el centro de Pekín, en un asedio que duró 55 días y del que finalmente fueron rescatados”.
-España tuvo un papel fundamental en la interlocución de los bandos, ¿no?
“Tío Bernardo, que era el decano de los diplomáticos por ser el más antiguo de cuantos se habían acreditado en Pekín, llevó a cabo la interlocución entre las potencias occidentales y China y todo ello lo reflejó en un hermoso libro con notas, firmas y fotografías, que acabó en un olvidado estante de la casa de mi abuela, hasta que un día lo abrí y decidí que ya estaba bien de tanto silencio”.






