Retrocedamos al Carnaval de 2025. Una manada de cebras rockeras subía cabizbaja a la guagua tras conocerse el fallo del jurado del concurso infantil. Justo en su segundo tema lo habían cantado: el repertorio es importante, sí, pero el Carnaval es, ante todo, disfraz. Artesanía, paciencia, cuidado y cariño. Aquella escena, triste como una tarde de niebla en Londres, fue el punto de inflexión: Sara Castilla decidió dar un paso al frente y echarse a la espalda la fantasía de la murga infantil Sofocados, del barrio de María Jiménez. Un año después, ese impulso se ha materializado en el disfraz que ha conquistado el primer premio de Presentación en el Concurso de Murgas Infantiles del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife.
DESDE LA CUNA
La historia de Sara con Sofocados comenzó en 2001, cuando apenas era una niña. Fue componente de la murga hasta los 17 años, pero siguió en casa. Aunque dejó el escenario, permaneció siempre ligada al grupo desde otros frentes, aportando ideas, trabajo y compromiso. Este Premio supone la culminación de un sueño largamente acariciado; no solo porque la fantasía llevara su sello personal, sino porque el cartón representaba un reconocimiento colectivo. Especialmente para Águeda y para Esther – madre de Sara-, que son las costureras cuya labor silenciosa ha sostenido durante décadas la estética de la Murga. Pero el verdadero sentido del premio tenía un destinatario más emocional: los niños. “Que disfrutaran, que se sintieran orgullosos y que pudieran lucir su disfraz en la calle, el espacio donde el Carnaval cobra su verdadera dimensión”. Esta fantasía es, hasta la fecha, el diseño más ambicioso, más profesional y también más personal de Sara. Con una idea muy clara en la cabeza, decidió tomar las riendas de todo el proceso creativo.
La elección de la paleta de colores fue el primer paso: tonos oscuros y elegantes, sin perder nunca de vista que se trataba de Carnaval. Es ahí donde entran en juego los detalles: galones, lentejuelas y brillos pensados para aprovechar al máximo la luz de la escena. La veteranía de las costureras resultó clave para dar forma al diseño, pero el proyecto terminó de crecer gracias al trabajo colectivo: un grupo numeroso de padres y madres junto a Dulce, la presidenta de la murga, y Elena, antigua costurera del grupo, que se incorporó en la recta final para sumar manos y experiencia se implicaron en el taller.
Para la elaboración del disfraz, Sara Castilla diseñó dos tipos de telas exclusivas: una para los chalecos de los deshollinadores y otra para la pajarita, que posteriormente también se utilizó para confeccionar el abrigo de Mary Poppins que llevaría Paula, la directora, también de estreno en esta edición. A medida que el traje tomaba forma, surgía la necesidad de añadir nuevos elementos: el bolso, el ratón, los pájaros de colores… Detalles que se fueron incorporando poco a poco hasta alcanzar un equilibrio visual.
Después llegó la fase más intensa: la costura definitiva y la elaboración de la chimenea principal, un trabajo que requirió el mayor número de manos posible. Porque en Carnaval, rematar un disfraz es casi tan importante como idearlo. En este punto, se puso sobre la mesa otro elemento fundamental que, curiosamente, pasa muy desapercibido en el Carnaval: el maquillaje. Y aquí vuelve a intervenir la mano de Sara Castilla: para evitar las caras completamente manchadas de negro, pero manteniendo un guiño al deshollinador, la diseñadora optó por un maquillaje tradicional de payaso con una única mancha horizontal; pero faltaba “algo”. La respuesta llegó con piedras negras que aportaron brillo bajo las luces del escenario.
Un final feliz
La historia de la Mery Poppins de Sofocados y sus deshollinadores acaba bien. Con todo listo, llegó el concurso y con él, después de muchos años, la murga del recordado Compinche logró llevarse un premio para el barrio de María Jiménez. El reconocimiento es intergeneracional: muchos excomponentes colaboran con la murga a día de hoy.
Para aquellos ya grandes Sofocados, esta historia supone cerrar un círculo que lleva años fraguándose puntada tras puntada y mostrar cariño a la Fiesta, algo olvidado en las fantasías hace años. Tal como nos cuenta Sara, “optar a un premio de disfraz en un concurso implica una responsabilidad que va mucho más allá de lucir una fantasía bonita. Supone coherencia, respeto por las bases y honestidad con el resto de participantes y, sobre todo, con los niños” Al final, en el centro de esta historia, el protagonista es un elemento clave que la mayoría de los grupos pretenden dejar como legado a las generaciones que lo celebrarán en el futuro: los valores de esta Fiesta, que es tradición. ¿No es ese el mensaje de la película que les inspira? Con trabajo en equipo, respeto compartido y ganas de mejorar, disiparon al, fin, la niebla y en su local sonó aquello de “supercalifragilísticoespialidoso”.






