cualquier cosa

Ruido ambiente

Ruido ambiente

Como el pequeño ventilador de una máquina a media distancia, el llanto de un perro en la lejanía, el runrún de un pensamiento cíclico, el zumbido de una nevera vieja, el reloj de la abuela, el leve pitido del tímpano izquierdo cuando hay silencio, una preocupación constante, el bullicio del amor, el bullicio del odio, el latido de tu corazón.

Hay ruidos de los que no somos conscientes hasta que desaparecen.

Son como una alfombra, ruidos abrazados, mullen falsamente el camino y nos hacen olvidar la polvareda que levantamos con ellos a cada paso. Así vivimos, empanados, semienterrados bajo una capa gruesa de inmundicia invisible: ruido ambiente. El ruido sordo que producimos cuando hablamos sin esperar respuesta. Cuando decimos cosas no para ser entendidos, sino para no desaparecer. Hay gente que habla sola sin saberlo. No porque no tenga a nadie delante, sino porque nadie está realmente ahí. Vivimos rodeados de palabras huérfanas.

Frases lanzadas como botellas al mar, pero en una bañera. Opiniones urgentes. Confesiones sin oído. Discursos con público pero sin escucha. Mucho volumen y poca atención, como si subir la voz pudiera suplir la sordera. Escuchar se ha vuelto un gesto extraño. Incómodo. Escuchar implica detenerse a observar con los oídos. Interés. Y detenerse hoy es casi una falta de educación. Mientras uno habla, el otro espera su turno, nos hacemos scroll unos a otros, no damos like, ni nos suscribimos, porque ya no nos gusta nada, y no sabemos quedarnos en ningún sitio demasiado tiempo, para no escucharnos. Se trata de huir para que no nos alcanza, ni siquiera, nuestra propia voz. Hay quien no escucha porque ya ha decidido.

Hay quien no escucha porque está pensando qué va a decir después. Y hay quien no escucha porque, en el fondo, escuchar obliga a cambiar un poco. Y eso cansa. El ruido ambiente también está dentro. En la cabeza. Constante de pensamientos, pendientes, miedos, frases ensayadas. Callarse por dentro da vértigo. Y sin embargo, qué raro resulta hoy alguien que escucha. Qué revolucionario. Alguien que no interrumpe. Que no corrige. Que no compite. Alguien que deja un silencio limpio, sin prisa, donde el otro puede terminar la frase sin sentirse observado como un semáforo en ámbar. Hemos aceptado el murmullo como sustituto del encuentro. Que preferimos el sonido constante antes que el silencio incómodo donde, quizá, alguien diga algo que nos obligue a mirarnos de verdad. Wittgenstein decía (si entendí bien, que seguro que no) que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Quizá por eso hablamos tanto. No para ampliar el mundo, sino para no mirar dónde termina. Hablamos para no callar justo en el punto donde empieza lo importante.

Y cuando no sabemos escuchar, no es falta de educación: es miedo. Porque escuchar al otro implica aceptar que nuestro mundo puede no ser el único, ni el correcto, ni siquiera el más interesante. Y ahí, justo ahí, el ruido ambiente nos salva. Nos permite seguir hablando sin entender, seguir oyendo sin escuchar, seguir viviendo dentro de los límites cómodos de nuestras propias palabras. Las palabras nacieron para señalar el mundo, no para sustituirlo.

Eran herramientas torpes pero honestas: sonidos para nombrar lo que había alrededor, y luego lo que faltaba. Con el tiempo empezamos a confundir el mapa con el territorio. A creer que decir algo era entenderlo. Que repetir una palabra la volvía verdad. Y así, esos sonidos que servían para acercarnos se convirtieron en piedras. Se lanzan. Se esconden detrás. Se usan como armas de precisión o como escudos de hojalata. Ya no describen: defienden, atacan, manipulan. No buscan comprender, si n o ganar. Y en ese uso torcido del lenguaje no solo perdimos el sentido de las palabras; perdimos también la costumbre de mirar lo que había detrás de ellas. Hay gente que habla sola. Y hay gente que no escucha. Y entre unos y otros, flotando en el aire, este ruido ambiente que llamamos conversación.

TE PUEDE INTERESAR