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Dámaso, ‘el Brujo’: el asesino de Anaga que aterrorizó al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife hace 35 años

En 1991, la fuga de Dámaso Rodríguez por el macizo de Anaga desató una psicosis sin precedentes: se temía que el asesino aprovechara el anonimato de las máscaras para ocultarse en la capital
Dámaso, ‘El Brujo’: el asesino de Anaga que aterrorizó al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife hace 35 años
Dámaso Rodríguez Martín, alias 'El Brujo', mantuvo en jaque a la Isla durante el Carnaval de 1991. DA

El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife es, por definición, una fiesta de libertad, color y anonimato. Sin embargo, hace 35 años, el ambiente en las calles no solo era de fiesta, sino de una tensión latente y eléctrica.

El motivo tenía nombre y apellidos: Dámaso Rodríguez Martín, apodado popularmente como “el Brujo” o “Maso”, un hombre que convirtió los senderos de Anaga en su fortín y que mantuvo en jaque a toda una isla durante un mes de sangrienta fuga.

El origen del brujo del Moquinal

Nacido en 1944 en El Batán, en las entrañas de Anaga, Dámaso creció en una Tenerife que hoy costaría reconocer. En los años 70 y 80, el macizo era un territorio de caseríos aislados, carreteras sin asfaltar y una cultura de subsistencia basada en el pastoreo y la agricultura.

Dámaso no era un extraño para los vecinos de El Solís o El Moquinal. Pese a sus habilidades innatas para moverse entre la laurisilva, su nombre ya figuraba en informes policiales por peleas y robos desde joven.

Su paso por la Legión terminó de perfilar su carácter: resistencia física extrema, dominio de las armas de fuego y una capacidad casi sobrenatural para sobrevivir en condiciones adversas. El monte no era para él un laberinto, sino un mapa interiorizado.

Crímenes y huida de Tenerife II

El historial de “el Brujo” dio un salto trágico en noviembre de 1981. En la oscuridad del monte de Las Mercedes, asaltó a una pareja en un coche. Asesinó a Bartolomé y violó brutalmente a su acompañante, dejándola por muerta. Sin embargo, la joven logró conducir, herida y con el cuerpo de su novio al lado, hasta encontrar ayuda.

Dámaso fue condenado a 55 años de prisión.

La verdadera pesadilla comenzó una década después. El 17 de enero de 1991, aprovechando un permiso penitenciario de tres días, Dámaso no regresó a la cárcel de Tenerife II. Se refugió en su terreno, en los barrancos de Anaga, y allí desató el horror.

Poco después de su fuga, fueron hallados los cuerpos de Karl Flick (82 años) y Marta Küpper (87 años), un matrimonio de turistas alemanes asesinados y ella, además, agredida sexualmente.

Pánico entre máscaras y bailes carnavaleros

Mientras el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña (GREIM) y agentes llegados de la Península rastreaban cada cueva de Las Mercedes, en Santa Cruz se preparaban los bailes de Carnaval. El contraste era aterrador: mientras la ciudad se disfrazaba, el fugitivo más buscado de Canarias acechaba desde las cumbres.

La psicosis colectiva alimentó un rumor que corría como la pólvora: se decía que Dámaso planeaba bajar a la capital y mezclarse entre la multitud disfrazado para huir o volver a matar.

La idea de que el asesino pudiera estar bailando al lado de cualquier máscara en la Plaza de España generó una vigilancia sin precedentes en una fiesta donde, paradójicamente, lo normal es no ser reconocido.

El final de “el Brujo”

La persecución terminó el 19 de febrero de 1991, precisamente un Martes de Carnaval. Una familia alertó de movimientos extraños en una vivienda de la zona de El Solís.

Al verse acorralado por la Guardia Civil, Dámaso no se rindió. Tras un intercambio de disparos, murió de un disparo de escopeta. La versión oficial apuntó a que él mismo se quitó la vida al verse sin escapatoria.

Hoy, cuando la niebla baja sobre la laurisilva de Anaga en plenas fiestas de febrero, muchos aún recuerdan la historia de aquel hombre que, durante un mes, fue más real que cualquier disfraz: el “Brujo” que obligó a Tenerife a mirar con miedo hacia sus propias montañas mientras intentaba celebrar la alegría de sus mayores fiestas.

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