En el guion de la comedia musical “Canelita en rama”, Antonio Guzmán Merino (Huelma, 1898-Madrid, 1967) utiliza el peluquín para ridiculizar al prototipo de hombre de edad avanzada que pretende contraer matrimonio con una muchacha más joven, un tema recurrente en el teatro español de los Siglos de Oro. Entre los recursos humorísticos empleados por su autor destaca la imagen del peluquín o ‘peluca pequeña o que solo cubre parte de la cabeza’ (según el «Diccionario» de la Academia) que porta el pretendiente en su primera entrevista con la pretendida, que sirve para contextualizar la situación grotesca de quien a duras penas trata de disimular su “cabeza de huevo” y, por tanto, su vejez, con un postizo exagerado.
Dos de los versos de la canción “¡Ay, mi don Valentín!”, incluida en la película, nos valen aquí como “leitmotiv” y encabezan el presente reportaje con el que el fotógrafo amateur José Ayut Santos (Santa Cruz de La Palma, 1959) acerca al lector a una de las últimas incorporaciones al programa popular del Carnaval en la capital palmera.

Como tantas otras manifestaciones isleñas, la fiesta de La Peluca, fijada el primer viernes de Carnaval, guarda evidente sintonía con el Desembarco de los Indianos, con el que comparte algunos de sus peculiares rasgos como festejo popular: un origen improvisado, sin demasiado aparato organizativo; un disfraz simplificado (la máscara como elemento de síntesis propiamente carnavalesca es sustituida por un postizo para «vestir» la cabeza); la calle como escenario principal; una apertura de horario vespertino (hacia las 12:00 horas) que rompe con la tradición de establecer la noche como tiempo de celebración del Carnaval tradicional (independientemente de que los ejecutantes alarguen la fiesta hasta altas horas); un ambiente familiar y seguro que facilita la comunión intergeneracional en las primeras horas, lo que no excluye a los menores, también invitados a la fiesta; la ausencia de la figura del espectador, pues, como viene ocurriendo desde hace varias décadas en Los Indianos, todas y todos participan en un «gran teatro» para casi hacer desaparecer por completo a quien mira o escucha cómo otros se divierten y actúan.
En este marco, la presencia de la peluca entre los atavíos del Carnaval en Santa Cruz de La Palma se atestigua en una crónica del Bachiller Sancho Sánchez, seudónimo identificado por algunos estudiosos con el dramaturgo palmero Antonio Rodríguez López (Santa Cruz de La Palma, 1836-1901) y por otros con el historiador tinerfeño José Agustín Álvarez Rixo (Puerto de la Cruz, 1796-La Orotava, 1883), el primero, director y redactor y, el segundo, colaborador del semanario El Time (Santa Cruz de La Palma, 1863-1870). En el dietario, publicado como número especial de Carnaval el 26 de febrero de 1869, Sancho Sánchez detalla sus indumentos y complementos, entre los cuales cita una «peluca de lino»:
«Hoy que todos andan de disfraz, ocúrreseme a mí vestirme también de máscara y divertirme cuanto en voluntad y talante me viniese, para lo cual he echado mano a mi título de Bachiller y hecho de él una careta a pedir de boca; con la cual y un mayúsculo casacón, y una peluca de lino y un bastón de la madera de un árbol que llaman «amaraveritas», con más un viejo sombrero de «trucha» que hace muchos años no ve la luz y entre cuyas alas han anidado varias generaciones de ratones, estoy habilitado».

En el siglo XX, las pelucas de pelo artificial comienzan a ser frecuentes en los bazares y establecimientos de venta de productos de Carnaval de Santa Cruz de La Palma, entre los cuales sobresalieron, en la década de 1920, las jugueterías promovidas por Everto Arrocha Martín (calle Pérez Volcán, 2), Juan B. Fierro Hernández (calle Santiago, 11, hoy Pérez de Brito), Petra Martín (calle Santiago, 3) y E. L. Cayetano Rodríguez Pérez (rambla de Cuba, hoy avenida El Puente), todos activos en 1927.
Aunque existan imágenes fotográficas fechables hacia la década de 1970 en las que varios jóvenes aparecen empolvados y aderezados con peluca como único elemento de disfraz, la fiesta de La Peluca del Carnaval de Santa Cruz de La Palma, tal y como la conocemos hoy, arranca en 2000-2001 en la Bodeguida del Medio, la taberna abierta desde 1992-1993 en el número 58 de la calle Álvarez de Abreu por Miguel Ángel Batista Casañas y Juan Luis Ortega Concepción, alias «Bamby» (Gescofilia, S. L.), protagonizada por Carmen Piñero Hernández, Beatriz Lozano Piñero y Ángeles Morales García.
Hacia el tercer año, el jefe de sala del establecimiento, José Miguel González, conocido como «Miguelón», da un paso más en su promoción mediante la compra de pelucas que reparte entre la clientela. Trabajadores del Cabildo Insular de La Palma y diversos grupos de amigos asiduos a La Bodeguita completan el panorama, que va cobrando fuerza a medida que se incorporan a él otros bares, cafeterías y restaurantes del sector del Cuadrilátero, para luego la tendencia hacerse extensiva al resto del casco histórico.
Con estos antecedentes, el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma lo incorpora al programa oficial de actos por primera vez en 2011, después de su primera década de vida. Cuando se cumplen algo más de 25 años de trayectoria, José Ayut Santos se inmiscuye en el mogollón para agrupar conjuntos de peluca uniformada, comprada en las tiendas del ramo pero adornada con motivos diversos, o variopintos prototipos que nada tienen que ver unos con otros.
De este modo, se sea pelón como el viejo don Valentín de Guzmán Merino o de larga y reluciente cabellera dorada como la Rapunzel de los hermanos Grimm, lo que interesa es la composición, más o menos elaborada, de un postizo realizado con los más diversos materiales, destacando en los últimos tiempos la imbatible y polivalente goma EVA, lo que no excluye las fabricaciones sostenibles a base de vegetales naturales, el reciclaje del papel de periódico e incluso el uso de pelucas iluminadas y hasta provistas de banda sonora.
Cómo no, la transposición al personaje, ya sea basado en la realidad, ya alegórico, ya imaginado, solo se completa con la dialéctica humorística propia del Carnaval (la del equívoco, la metáfora y la ambivalencia), sin la cual ni el disfraz-peluca ni quien lo viste sobre la chaveta tendrían el tanchel requerido en estos casos.







