Cruz Roja cuenta en Santa Cruz de Tenerife un piso para personas sin hogar convalecientes de una enfermedad. El pasado año, este recurso alojativo, financiado por el IASS del Cabildo de Tenerife, atendió a 19 personas, de las cuales 12 tenían entre 56 y 65 años.
Este alojamiento cuenta con siete usuarios acogidos de forma temporal que reciben apoyo sanitario y la cobertura de sus necesidades para hacer frente a su periodo de convalecencia tras una hospitalización.
Uno de sus usuarios es Miguel, tiene 52 años y debido a la falta de adherencia de su tratamiento diabético le han tenido que amputar una pierna, a lo que se suma que tiene glaucoma y cataratas avanzadas, por lo que apenas puede ver, solo nota sombras que se mueven a su alrededor.
Nacido en la República Dominicana, pero de ascendencia canaria, reconoce que se encuentra “muy bien” en el piso, donde va camino ha cumplido sus primeros cuatro meses de alojamiento y estará otros cuatro más en prórroga pues “estoy esperando que te operen de la vista y a ver si conseguimos también una prótesis para volver a caminar. Sobre todo, tengo ganas de comenzar a vivir otra vez”. Reconoce que con su discapacidad ya no podrá trabajar así que espera poder cobrar una pensión no contributiva.
Miguel trabajó durante 21 años de taxista en el sur de Tenerife, sin embargo, comenzaron a enlazarse diversos reveses en su vida, como una mala alimentación, perder el trabajo y algunas malas decisiones, hasta que terminó sin hogar. “Cuando me preguntan cómo acabé en la calle, no tengo explicación, yo estaba muy bien, tenía de todo y, de repente, …” (se lleva la mano a la cabeza resignado). “Si tienes más de 50, no es fácil que te den trabajo. También ha sido mi culpa, por malas decisiones y mi mala cabeza, y se lo cobró la vida”.
En este transcurso de tiempo, su salud fue empeorando. Con una diabetes mal controlada, y abandonado durante más de un año sin tomar medicación, “me explotó todo, tenía mal el riñón, la tensión alta, hasta me apareció colesterol. Comía lo que me parecía, sin horario, la mayoría de veces un bocadillo, y el azúcar estaba a 800 cuando me ingresaron”. En este periodo de tiempo le amputaron una pierna por la diabetes. En aquel tiempo todavía se movía en silla de ruedas “por todos los sitios por el Sur, incluso venía en la guagua a Santa Cruz a las consultas en el hospital y a mis cosas”, sin embargo, aunque esperaba una pérdida progresiva de la visión, “de repente perdí la vista y eso me mató, se me complicó todo”.
Miguel pernoctó durante varios meses en la calle en varios lugares de Cabo Blanco, hasta que desde Servicios Sociales del Ayuntamiento de Arona lo derivaron al Centro de Día para personas sin hogar de El Fraile, gestionado por Cruz Roja. En este recurso recibía atención diurna, pero tras su cierre se quedaba a dormir en un parque cercano.
Dejado a su suerte
Allí vivió uno de los momentos más amargos cuando una noche le robaron la silla de ruedas. “Lo pesé muy mal, no podía moverme, apenas veía ni sabía orientarme, así que me quedé tendido en un banco a mi suerte”.
Fueron las chicas del Centro de Día de El Fraile quienes preocupadas de que no llegara salieron a buscarlo y lo encontraron en el banco. “Gracias a ellas me consiguieron una nueva silla de ruedas”. Durante varios días durmió sentado en la silla por miedo a que le robaran otra vez.
Las trabajadoras de Cruz Roja comenzaron los trámites de la dependencia y la discapacidad, y lograron el traslado al piso en Santa Cruz donde continúa en seguimiento para obtener la pensión no contributiva. “Fue llegar al piso y he mejorado mucho mi salud, me avisan para tomar las pastillas. Este es un lugar maravilloso y nos tratan muy bien”, señaló agradecido.
Con esperanza de que pueda ser operado para recuperar la vista y contar con una prótesis en su pierna, tiene la ilusión de poder adoptar un perro para cuidarlo y que le haga compañía.
Miguel tiene tres hijas, una en La Gomera, otra en República Dominicana y otra en Estados Unidos, que desconoce donde viven y les ocultó sus problemas de salud. “Me daría vergüenza ir derrotado donde estén. Creía estar bien posicionado y, de repente, estar en la calle”.
Los trabajadores y voluntarios del piso destacan su actitud, personalidad, compañerismo y alegría. Nada más levantarse pone música, suele compartir habitación, ya que es sociable. Le gusta implicarse en las actividades y salir a pasear.






