El Carnaval es una época donde los focos apuntan a los escenarios para presentar fantasías fuera de lo habitual. Esta fiesta no se entiende sin disfraz, tanto en los concursos como en la calle y, dentro de esa intención de transformarnos para poder disfrutar, hay un arte que sigue trabajando en silencio: el maquillaje.
Un elemento que cumple un papel fundamental en la construcción de cada personaje y en la identidad visual de los grupos, pero sin embargo rara vez ocupa titulares o recibe premios propios. Mientras diseñadores y agrupaciones recogen aplausos y cartones, maquilladoras y maquilladores sostienen, brocha en mano y entregando su arte a contrarreloj, una parte esencial del espectáculo que el público aplaude sin preguntarse qué manos están detrás.
Los grandes carnavales de Europa, Venecia y París, transformaron el rostro ya en el en el siglo XVIII. Los bailes duraban semanas y permitían que las fronteras entre clases sociales desaparecieran debajo de las máscaras: no había nobles, ni plebeyos, solo antifaz y disfraz.
Si nos ceñimos al Carnaval de Santa Cruz de Tenerife -llamado por aquel entonces Fiestas de Invierno-, las mujeres -denominadas como Tapadas- usaban las máscaras para que fuera difícil identificarlas en las Fiestas y poder ser un poco más libres, sin juicios externos. Con la llegada de la transición desaparecieron las restricciones y con ellas, poco a poco fueron perdiéndose las máscaras, dejando al aire los rostros.
El maquillaje de Fantasía se convirtió a medida que pasaba el tiempo en pieza fundamental de las indumentarias de los grupos, Reinas y Drags y también, por qué no, de la calle. En el caso de los concursos, muchos profesionales ocupan una gran cantidad de horas y conocimiento para que los rostros de los carnavaleros y carnavaleras estén a la altura de sus disfraces; un trabajo que, en el caso de los grupos -que no son profesionales- se hace más por vocación que con ánimo de lucro. Solo durante el día de concurso, el equipo tiene que encargarse de maquillar a un mínimo de cuarenta personas; en un día de trabajo que se extiende durante muchas más horas que una jornada laboral. No solo hablamos de mano de obra; se vierten conocimientos, maneras especiales de aplicar el producto para que aguante hasta el momento del concurso y materiales de calidad para que no dañe las pieles de las personas que participan… un sinfín de detalles que pasan desapercibidos.
Tal es el caso de la maquilladora profesional Sasha Morales, para quien el Carnaval, más que afición, es herencia. Según nos cuenta, su abuelo desafiaba la prohibición de las Fiestas de Invierno saliendo a la calle cuando la Guardia Civil acudía días antes a advertir a los vecinos que no celebraran.
Junto a sus hermanos organizaba concursos de rondallas y hasta traía Liquiliquis desde Venezuela para mantener viva la llama. Con ese legado, crecer en su familia significó para Sasha vivir el carnaval como algo natural. De niña participaba en concursos de disfraces con su hermano. “He nacido con el carnaval”, resume.
La pasión por el maquillaje apareció pronto y, animada por su madre, decidió formarse profesionalmente. En 2011 maquilló por primera vez a un grupo carnavalero. Aquella experiencia marcó el inicio de un camino que no ha dejado de crecer.
El punto de inflexión llegó en 2016, cuando comenzó a trabajar de lleno con murgas gracias a la llamada de un conocido que la invitó a colaborar con la Asociación Mamel’s. Desde entonces ha pasado por formaciones de distintas islas, llegando a asumir hasta 13 grupos en un mismo año entre Gran Canaria y Fuerteventura. Murgas adultas e infantiles, equipos consolidados y nuevos proyectos han confiado en sus pinceles y los de su equipo.
Trapaceros, Mamelones, Mamelucos, ZZ en Tenerife o los Majaderos en Las Palmas son solo algunos de los nombres de las murgas y grupos que han pasado por sus manos.
Actualmente trabajando en rodajes nacionales e internacionales de cine y televisión, Morales lamenta que no exista en Tenerife un reconocimiento al mejor maquillaje como sí lo hay, por ejemplo, en la isla de Fuerteventura. De hecho, en varias ediciones sí ha sido reconocida en la isla majorera con el premio Julio Viñoly del X Concurso Insular de murgas adultas de Puerto del Rosario en el año 2019 o este mismo año, por su labor en el concurso de Murgas de la Villa de Ingenio. “Hay maquilladores y maquilladoras que llevan toda la vida y no se les ve”, reivindica, reclamando mayor visibilidad para un oficio que considera “esencial” para la Fiesta.
A pesar de quedar siempre detrás de bambalinas, nos cuenta que la pasión puede más. “Cuando acaba el Carnaval siempre digo “nunca más”, pero a la semana ya estoy viendo diseños del año siguiente”, confiesa. Una vocación que, a pesar del desgaste físico y psicológico, devuelve una felicidad muy difícil de encontrar fuera del contexto carnavalero: comunidad, encuentro, celebración y alegría colectiva. Para Sasha como para tantos otros profesionales del maquillaje, la Fiesta más importante de Canarias no es un negocio: es amor, memoria y esfuerzo para que el esplendor de Santa Cruz de Tenerife trascienda las fronteras de Canarias y viaje a través de las imágenes que se difunden alrededor del mundo.






