Se llama Jerónimo González Rodríguez pero todos lo conocen como Laurindo, su segundo nombre, el mismo del peón con el que trabajó su padre construyendo la charca de los Ascanio, en La Orotava. Fue él quien lo eligió y desde entonces, familiares y amigos lo llaman así.
Laurindo nació el 30 de septiembre de 1937 en el barrio de Genovés, en Garachico, en plena guerra. Fue el segundo de cinco varones. Las dos mujeres vinieron después. No había mantas ni sacos suficientes para el frío que hacía. Todos trabajaban.
Albañil desde pequeño y hasta los 79 años, hoy sigue demostrando que la vejez es solo un número cuando se tiene una huerta que cuidar, un mar que respetar y una partida de dominó que ganar.
Siempre fue albañil, el oficio de su padre, sus hermanos y el que le enseñó a sus tres hijos, Jaime, Pablo y Moisés, y gracias al cual se fue un año a trabajar a Alemania. Laurindo no tuvo una infancia de pupitres, sino de esfuerzo. “Aprendí a escribir enamorando, porque aquí había un maestro que vino a vivir, yo le pintaba los baños y me dio un curso de tres meses para analfabeto”, cuenta.
Luego dio con un señor que sabía leer y escribir, “le pagó unos meses” y el resto lo aprendió cuando estuvo en el cuartel de San Francisco, en La Laguna. Asegura que allí empezó a escribir, y aunque no era bueno “algo se entendía”.
Su verdadera maestría estaba en las manos. Construyó su propia casa en La Culata, el barrio de su mujer y en el que él sigue viviendo, gracias a un préstamo de 300.000 pesetas, y dejó su huella en varios municipios de la Isla. En la Villa y Puerto, llegó a levantar cuatro viviendas simultáneas en una sola calle. Orgulloso, las señala en una foto gigante del municipio en blanco y negro que tiene colgada en una pared de la sala.
Justo enfrente hay un retrato de su boda. Él tenía 23 años y su esposa, 21. “Desde los 15 la estaba cotejando. Estuve 7 años enamorando, hoy nadie aguanta tanto. Ella era una buena mujer y yo era un sinvergüenza porque seguía saliendo como cuando era soltero”, bromea.
Confiesa que le gusta mucho salir, por eso eso nunca volvió a casarse. “No era porque me faltaran ganas pero el casado tiene que estar con su mujer”, aclara entre risas.
Pese a jubilarse de la pala y el camión con el que ayudaba a sus hijos a llevar el material, no para. Cada día, desde hace 14 años, se levanta entre las seis y las siete de la mañana para bañarse en el muelle de Garachico “siendo casi de noche”. Según él, “le ayuda a mantener los huesos”, aunque debido al respeto que le tiene al mar nunca va solo sino con cinco o seis compañeros.

No es la única actividad que forma parte de su rutina diaria. Con la ayuda de su hijo mayor atiende la finca que tiene debajo de su casa, en la que llegó a recoger “hasta 800 litros de vino”, y donde tiene sembrado “de todo”, desde papas y millo hasta judías y batatas. “Exige mucho esfuerzo pero yo me entretengo”, dice.
Pero si algo define a Laurindo es su pasión por el dominó, que heredó de su padre y con el que se estrenó a los 18 años. Para él, es más que un juego, es un ejercicio de memoria y nobleza. “Para algunas personas es un vicio pero yo creo que es una tradición. Mientras estas jugando no estás pensando en cosas raras. Ojalá hubiera mucha juventud que jugara, pero ahora con las maquinitas no se ven muchachos nuevos”, sostiene.
En su casa de La Culata tiene una vitrina completa con todas las copas y trofeos que ha ganado. “Y algunas más que se las he dado a mis nietas y otras que se han roto”, apunta. No las ha contado, pero cree que hay más de cincuenta.
Todas son fruto de los clubes en los que ha estado, desde el C.D. Centro Icodense, en el que comenzó como fundador, hasta San Juan del Reparo y Roquegara, ambos de Garachico, Granaderas, de Icod, y en la actualidad, el C.D. Caranilla, de Los Silos, con el que compite en la liga insular.
Asegura que el barrio de La Culata se conocía antes como “la universidad del dominó porque todo el mundo jugaba, no había otra cosa”.
El secreto para ser campeón de dominó es tener buena memoria para saber las fichas que tiene el adversario. “Hay un tal Juan en Icod que lleva 27 partidos sin perder ni uno”, asevera.
Ha jugado con mujeres y también con personas ciegas. Con estas últimas, el único requisito que hay que respetar es nombrar cada ficha que se mueve.
Tiene cuatro dominó guardados en un armario y siempre lleva uno en el coche. Muestra el que se ganó “como premio” la última vez que fue a Madrid”, cuyas piezas están envueltas cuidadosamente en papel de seda dentro de una caja de madera.
Con el paso de los años, el juego ha cambiado. “Antes, por ejemplo, se acostumbraba a salir con las fichas dobles, pero eso ya no es así, si tienes una jugada mala, se usa cualquier ficha”, explica. También han puesto nuevas normas, como tener las manos sobre la mesa para no hacer trampas.
Como experto y uno de los 1.600 jugadores que hay registrados en Tenerife, defiende el juego limpio. “Hay trucos y señas, pero eso lo hacen quienes no saben jugar. Hay que jugarlo legal y, al terminar, darle la mano al contrario”, subraya.
A sus 88 años, Laurindo sigue al volante de su jeep al que llama cariñosamente “el Cadillac”. “Este me entierra a mí”, declara tras haber renovado recientemente el carné de conducir un año más.
La vida inagotable de Laurindo está marcada también por la lealtad. Desde hace 33 años, sube al cementerio cada tres sábados para enramar las tumbas de su madre, su abuela, su esposa y un sobrino. Aunque se define como alguien a quien siempre le gustó “salir y los vicios”, su mayor orgullo son sus tres hijos, sus siete nietos y su bisnieto.
Entre el aroma del salitre al amanecer, el rumor de las fichas de dominó sobre la mesa, y un vasito de vino que nunca falta en su mesa al mediodía, este vecino de Garachico sigue dando lecciones de vida a cualquiera que se siente a echar una partida con él.






