Hoy domingo es mi cumpleaños. Hasta ahí todo normal. Lo curioso es que además yo me llamo Aarón Domingo. Así que, técnicamente, este domingo es el día de Domingo, es decir, yo. Que me llame Domingo de segundo nombre parte de algo poco complejo. Mi viejo, al anotarme en el padrón, tuvo que improvisar un segundo nombre a petición del funcionario, que lo exigía. Él solo contaba con la instrucción materna de llamarme “Aarón”, y raudo y creativo, siendo Domingo el día en que había nacido, apostó a lo seguro.
Era una entre siete, podría haber sido Aarón Martes o Aarón Jueves, o mucho peor, Aarón Lunes.
Nadie quiere ser un Lunes, por optimista que seas, el Lunes es la máxima expresión del tedio. “No hombre, es un arranque con fuerza, un eterno comienzo”…¡cállese!, nadie quiere cargar en su título tan deprimente concepto.
Pero no se yo si cambia mucho la cosa siendo un domingo. Y no se si, como con los perros, uno acaba pareciéndose al nombre que lleva o siempre fue así.
Yo soy bastante domingo.
No un domingo concreto, sino el concepto.
El domingo es ese día raro que no sabe muy bien lo que quiere ser. No tiene la emoción del viernes ni la épica del sábado. Tampoco tiene la dignidad de un lunes, ni la esperanza de un jueves.
Si me pongo poético, el domingo puede ser lo que tú quieras. Un día de largas comidas familiares. De sobremesas, de discusión agravada con vino, de “Di Estefano fue el mejor”, y de “mejor no entremos ahí”. Un día de siesta sin culpa, de eructo con sabor a recuerdo, de darle a “grabar” en la memoria.
Porque el domingo es día de nostalgia, también. De sensación a final, como si el tiempo hiciera un pequeñito ruido anunciando que se acerca un nuevo comienzo.
Pero también el domingo es domingo por la tarde, que es un día completamente aparte que el domingo por la mañana. Tarde de previsiones, de cuenta atrás invisible. De promesas para el lunes, incumplidas en general.
Cumplir años también se parece bastante a un domingo por la tarde. Tiene algo de balance inevitable. De mirar atrás intentando que sea con una sonrisa, y no un suspiro de quien ha llegado a otro puerto de montaña
El domingo es día de buenas intenciones, de resaca de las malas.
Y ahora que miro, yo también he sido un poco eso. Una buena intención que deambula.
Creo que sí. Que me he ido pareciendo cada vez más a un domingo. Nostálgico emprendedor, resacoso de explosiones pasadas. Un día de contrastes.
Pensándolo bien, si tengo que parecerme a un día, no me ha tocado el peor.
Hacerse mayor es aprender a querer las arrugas, el paso del tiempo y los domingos raros. Incluso los no memorables. De encefalograma plano y babilla en la barbilla.
Así que, definitivamente, sí, con orgullo proclamo. Hoy cumplo 45 años y soy un domingo, y un Domingo, soy un Domingo celebrando un domingo, mi domingo, y soy un domingo celebrando a Domingo, orgulloso de Domingo.
Aprovecho este hueco que me brindan para gritar a los cuatro vientos aquello de: viva la madre que me parió, por querer un tercer hijo a pesar de ya tener la parejita, por soportar a un cabezón de cuatro kilos y pico saliendo de una mujer de metro y poco. Por regalarme la posibilidad de ser feliz. A ella, a mi mamá, a la que siempre recuerdo con los cinco sentidos.
Y a tí, papá, que siempre se me ofende porque hablo más de la viejita. Gracias padre por dibujar el mundo a mano alzada y a voz calmada.
Gracias a los dos por mi nombre, por mi vida.
Ya les dejo con la siguiente página, que escribo esto con cierta resaca, es lo que tiene ser un domingo.
Por lo menos no soy un miércoles.





