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Pedro Chamizo: “Lo más valioso es lograr que la energía del foso y el escenario llegue a los corazones del público”

El Auditorio de Tenerife presenta los días 25 y 26 de abril 'El castillo de Barbazul', la única ópera de Béla Bartók, de cuya dirección de escena se encarga el creador extremeño
Pedro Chamizo asume la dirección de escena y el diseño de vídeo, además de la iluminación junto a Víctor Longás. / Miguel Barreto
Pedro Chamizo asume la dirección de escena y el diseño de vídeo, además de la iluminación junto a Víctor Longás. / Miguel Barreto

Ópera de Tenerife programa este mes de abril El castillo de Barbazul, la única composición de este género del húngaro Béla Bartók (1881-1945). Estrenado en 1918, el nuevo título de la temporada se podrá contemplar los días 25 (19.30 horas) y 26 de abril (12.00), en una producción propia del Auditorio de Tenerife con la dirección musical de Jordi Francés y la escénica de Pedro Chamizo (Mérida, 1983). A la Sinfónica de Tenerife se suman las voces de la mezzosoprano Deirdre Angenent (Judit) y el barítono José Antonio López (Barbazul). La actriz Celeste González asume la narración de un relato en cuya representación participan las también actrices Ylenia de Luis, Adriana Cortés y Sobeida Gómez. Con Pedro Chamizo ha conversado este periódico.

-Una ópera de 1918 trasladada al siglo XXI, que nos presenta la premisa de que Barbazul es una mujer atrapada en un cuerpo de hombre. ¿Cuál ha sido el reto y también el estímulo al emprender este viaje escénico?
“Es una ópera del siglo XX que hemos querido revisar desde la perspectiva de las nuevas dramaturgias para abordar cuestiones actuales, temas que nos interpelan y que a mí, particularmente, me interesan mucho. Ese es el impulso que mueve a esta nueva producción”.

-En el libreto de Béla Balázs, las siete estancias que abren otras tantas llaves representan aspectos de Barbazul. ¿Qué símbolos ha querido usted esbozar en esta producción?
“Lo primero fue suprimir la idea de las puertas y las llaves como la hemos entendido. Con El castillo de Barbazul estamos trabajando un thriller psicológico transgénero. Barbazul es un personaje que busca ser la persona que quiere ser. Alguien que ha nacido en un cuerpo equivocado. Un ser humano que busca acercarse a la persona que siempre ha soñado ser. Las puertas son las que van abriendo esos estados que caracterizan a Barbazul: vamos viendo el dolor, el sufrimiento, la angustia que le genera, precisamente, no estar de acuerdo con su cuerpo, no aceptarlo. Estas puertas, de manera metafórica, representan esos territorios. Como una cebolla a la que le quitas capas para encontrar la autenticidad, el diamante que posee cada persona. Esta ópera es el viaje, como el que hacemos para poder encontrarnos a nosotros mismos, que emprende Barbazul. Judit, el otro personaje, abre esas puertas, pese a tantísimas dificultades, porque ella también siente ese dolor. No el dolor transgénero, sino el dolor humano en general. La de ella es casi una huida hacia delante, impulsada también por su amor hacia Barbazul. Cada vez que lo va conociendo, lo va descubriendo, se va enamorando más y más de él”.

“Hemos hecho un ‘thriller’ psicológico transgénero en el que Barbazul busca ser la persona que siempre soñó ser”

-Al presentar la ópera, se dice que es “la historia de un hombre herido que convierte su dolor en un acto de amor hacia su identidad”. Del otro lado, ¿cómo es la personalidad de Judit? ¿Qué papel desempeña?
“Judit es una chica bien, una joven de buena familia. Y aunque tiene problemas no cotidianos, posee otros que son comunes al resto de la humanidad. Judit es alguien que, preparada para convertirse en la mujer del protagonista, lo ha idealizado hasta convertirlo en un príncipe azul. Pero cuando llega al castillo no tarda en darse cuenta de que eso no tiene nada que ver con el mundo Disney que había imaginado. Sin embargo, también empieza a entender lo que está pasando y acompaña a Barbazul en ese viaje, en esa transición. Y ella, de alguna manera, también se libera. Son dos personajes, casi dos outsiders, que están confundidos, pero poseen problemas reales. En ocasiones Judit puede parecer una mujer anodina, que no sabe lo que quiere, mientras que otras veces se la puede tildar de loca. Yo no creo que esté loca, sino que es una persona inteligente a la que le hace falta realidad. Esto es lo que más le atrae a Barbazul, que ha ido matando a las mujeres que van a su castillo con el mismo fin que Judit. Pero Judit es la que más se acerca, emocional y físicamente, a Barbazul, pues ambos sufren el mismo dolor: la ausencia de sí mismos”.

-El arte es un territorio de libertad. En un mundo en el que derechos que nos parecían incontestables, como los del colectivo LGTBIQ+, no dejan de cuestionarse y vulnerarse, ¿cómo entiende usted el compromiso artístico?
“De una manera total. La visibilidad es superimportante, y más en estos momentos. Como creador del siglo XXI me siento responsable de esa visibilidad. De hecho, en el texto original hay un prólogo, un texto hablado que normalmente lo expone un actor. En este caso contamos con una actriz, que además es de las Islas, de Las Palmas de Gran Canaria: Celeste González. Ella dará voz a este prólogo, que es una especie de anticipo, la sala de espera de lo que va a ocurrir luego sobre el escenario. Celeste es una mujer trans fantástica, una grandísima actriz que por derecho tiene la facultad de decir este monólogo de inicio, que de algún modo se convierte en una declaración de intenciones de lo que queremos hacer. Nuestro compromiso debe estar ahí. En cualquier tipo de arte, en cualquier manifestación artística, debemos incluir, porque hay que seguir luchando. Podemos pensar que tenemos mucho ganado, pero nunca es suficiente. Y no solo por los que están por venir, sino también por los que se han quedado en el camino luchando por nuestros derechos y por los que hoy estamos consiguiendo. Pero aún queda muchísimo camino por recorrer. Ese es nuestro deber, nuestro compromiso”.

“Entiendo el compromiso social del arte de un modo total, y en este caso, con los derechos LGTBIQ+, aún queda un largo camino”

-¿De qué manera conviven en su vocación el director de escena, el videocreador y el diseñador de iluminación?
“En cada faceta me llevo bien con las restantes. Eso me permite tener una visión global de cada espectáculo, de cada ópera, como es ahora el caso. Soy director de escena, conozco la videocreación y el diseño de iluminación, de manera que veo cada producción con un fuerte componente estético. Eso, partir desde la estética, representa un anclaje que me ayuda muchísimo. Con El castillo de Barbazul creo que vamos a conseguir un espectáculo muy plástico, muy visual; muy estético, en definitiva, que al final creo que ese es mi fuerte. Y todo esto, combinado con la dramaturgia, que resulta compleja, pero que se presta a esta ópera y a su música, da como resultado, tal y como lo tengo en mi cabeza, un espectáculo total, donde la estética se enlaza con la puesta en escena, la música y la interpretación de los cantantes”.

-¿Es muy diferente la mirada, la perspectiva que adopta, cuando asume un proyecto estrictamente contemporáneo a cuando, por el contrario, se trata de revisitar un título clásico?
“Me gusta mucho lo que está por hacer. Me interesan, por ejemplo, las nuevas óperas que están por escenificarse. Pero también me gusta trabajar sobre los clásicos, hacer estas revisiones, estas dramaturgias. A finales del siglo XX, con las nuevas dramaturgias, fuimos recogiendo el testigo de las otras maneras de hacer la ópera. Y se hizo para establecer un compromiso con los coetáneos y también con el fin de que las futuras generaciones puedan decir que en el siglo XXI abordábamos la ópera y el teatro de esta forma renovada y no tanto a través de ejercicios de estilo. Esto es interesante, especialmente, para los nuevos públicos. Hay personas a las que les gustaría acercarse a la ópera, pero les frena esa idea de que es elitista o posee una pátina de espectáculo burgués y distante. Con lo que llegan a pensar que ‘esto no es para mí, no lo voy a entender’. Frente a eso, un proyecto como El castillo de Barbazul, con una música increíble; con un libreto muy simbólico pero que habla de lo humano, de lo que todos compartimos; con una dramaturgia y una estética absolutamente poderosas, representa una gran oportunidad de adentrarse en la ópera. Además, se trata de una píldora de apenas una hora y diez o y cuarto de duración, con lo que supone una buena puerta para entrar en este mundo tan fascinante que invito a descubrir”.

“En esta ópera, sus dos protagonistas comparten un tipo de dolor, que es la ausencia de sí mismos”

-¿Cómo suele ser el diálogo con el director musical y, en suma, con todas las personas que conforman el equipo técnico y el artístico al preparar un nuevo montaje?
“En este caso, con Jordi Francés ya he colaborado en otros proyectos, tenemos muy buena sintonía y trabajamos mano a mano. Ese diálogo resulta imprescindible. Por ejemplo, al trabajar con el repertorio, con El castillo de Barbazul, si considero que es apropiado establecer una pausa dramática en determinado momento, si veo que alguna cosa se puede modificar en beneficio del espectáculo o, simplemente, la propia escena genera que se pueda cambiar levemente el tempo. Ese binomio entre la música y la escena es muy enriquecedor. Los directores y las directoras de orquesta contemplan el escenario y respiran con lo que está pasando, de la misma manera que nosotros trabajamos en función de la música, con lo que nos da la música. Esa conversación de todos nos da unos resultados muchísimo más favorables para el conjunto del espectáculo”.

-En todo ese proceso que parte de una primera idea, más o menos vaga, y culmina con su plasmación sobre un escenario, ¿dónde se halla lo más valioso?
“En lo que se lleva el espectador. Cuando se da ese clímax, esa conexión con lo que pasa en el escenario y con la música, cuando le llega a la gente, nuestra misión se cumple. Todo el trabajo está hecho para el público. Si alguien se te acerca y te dice que lo que has mostrado le ha tocado, que, al margen de lo que tú hayas querido contarle, ha entendido esto o aquello, es una maravilla. Como cuando vas a un museo y contemplas un cuadro, esa obra te llega en función de cómo te encuentras tú, de tu estado. Esto es lo que más me interesa de todo el proceso: cómo lo que hacemos es recibido por los demás. Eso es muy bonito cuando sucede. Trabajamos con seres humanos, en el foso y en el escenario. Si su energía comienza a fluir, pasa todas las fronteras y llega a los corazones, es muy gratificante. Por supuesto”.

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