Bego colgará hoy, a primera hora, con mimo y orgullo, la bandera del aspa blanca en su balcón de Candelaria. Desde hace tres décadas es su forma de llamar a la suerte y anunciar al vecindario que es día de partido grande para su Tenerifito, como ella lo llama. Lo hizo, casi de adolescente, en la decisiva promoción ante el Betis, el primer ascenso a la división de honor que contemplaron sus ojos. También con las dos ligas que se dejó el Real Madrid en la Isla, en los derbis contra el eterno rival y aquel día que Hugo Morales desafió en Leganés la ley del más fuerte en un pulso titánico con el Atlético de Madrid. Y cuando Kome desató la locura en las calles con un gol de primera en Montilivi que hizo temblar la Isla. Y la mañana en la que el equipo sacó la cabeza del pozo de Segunda B en la final de Hospitalet.
Antes, la juventud y los nervios la empujaban a salir en coche en las horas previas a los partidos decisivos para calentar el ambiente, agitando la enseña blanquiazul, tocando la pita por Santa Cruz y contemplando cómo una legión de puños apretados en alto saludaban y hasta abrían paso por la ciudad a la unidad móvil forofa.
María recuerda cómo Concha, su madre, se pasaba toda la semana recortando papelitos de periódico en la época dorada del Tenerife para llevarlos al estadio en bolsas que repartía entre la afición de Herradura y lanzarlos al viento para recibir al equipo con una nube blanca desde que pisara el césped, como en la final del Mundial 78 en el Monumental de Buenos Aires. Se sentaba en el sofá de su casa, en Los Gladiolos, y convertía en un puzle diminuto, casi microscópico, toda la actualidad que contaban los periódicos mientras compartía su atención con el culebrón televisivo de la sobremesa. Le entretenía el picadillo de noticias y el salpicón de anuncios y esquelas. Todo iba al fondo de su bolsa. Inculcó a su familia el amor por el Tenerife y el día que partió hacia su cielo blanquiazul una de las vecinas a las que implicó en la fabricación de confetis le regaló, en el último adiós en el camposanto, una camiseta de su Tete para su viaje eterno.
El destino quiso que Mary conociera a Jorge, el amor de su vida, en el Heliodoro Rodríguez López a mediados de los años 60 y allí, entre las viejas gradas rosadas y grises de Herradura aprendió a gatear su hijo Carlos.
Tras varios meses en el dique seco, hoy volverá al estadio, pero antes le rezará a la Virgen de Candelaria, como hace cada vez que un revés amenaza a la familia y cuando esta supera un contratiempo, y se acordará de su marido y su madre al ver que el equipo se deja el alma sobre el césped.
El cuerpo le pedirá ausentarse de la grada en la recta final del partido, si el marcador está apretado. Hace unos meses sufrió un ictus y desde entonces vigila cada día su tensión, pero esta vez no podrá poner distancia de por medio con la televisión y evitar los finales de infarto en el balcón, cruzando los dedos e intentando olvidar el esférico merodeando su portería como un león que acorrala a su presa, mientras contempla cómo circulan los coches por la avenida de Los Menceyes a la espera de oír la frase liberadora de su angustia desde el salón: “Mamá, ya acabó, ganamos”.
Carlos, su hijo, no olvida el uniforme del Tenerife con el dorsal 3, “el de Pepito”, que le trajeron los Reyes Magos con apenas 6 años. Salía a la calle convencido de sus superpoderes. Comenzó a ir al estadio con su abuela, en guagua desde la Cuesta Piedra, los sábados por la noche, cuando en las gradas de madera semivacías siempre se escuchaba la misma voz cada vez que el reloj se aproximaba al minuto 90: “Árbitro, pita ya el final, que quiero ver Kung-Fu”.
El Tenerife se cruzó en su camino el día de su boda y apuró todo lo que pudo por fuera de la iglesia pegado a la radio y, cuando el cura pidió en la ceremonia a los presentes que se dieran la paz, extendió la mano al padrino de la novia y le susurró: “¿Cómo quedó el Tenerife?”. Y obtuvo la respuesta deseada: “Ganó 3-2, somos líderes”. Definitivamente era su día. Aquel triunfo en la temporada 2005-2006 frente al Numancia lo celebró a lo grande.
El trabajo no dejará a Carlos ir esta tarde al estadio en el que de niño daba patadas a los vasos de plástico en el pasillo junto al césped emulando a Pepito, Molina, Lesmes y Medina, pero su mente estará en el Heliodoro. Desde hace semanas visualiza a la plantilla del Tenerife subida en la guagua descapotable del ascenso, como la que vio por televisión al regreso de Girona bajando por la autopista desde el aeropuerto de Los Rodeos y, al llegar a la altura del hospital de La Candelaria, deparó una imagen que nunca olvidará: los enfermos agitando toallas desde las ventanas para agradecer la victoria a sus héroes mientras estos les devolvían besos y aplausos. Entonces rompió a llorar. Como hoy, cuando el equipo vuelva a hacer estallar de felicidad a una isla entera.





