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Juan Enrique Soto, psicólogo criminalista: “Los malvados triunfan porque saben camuflarse. El rostro del mal puede parecer encantador”

Durante más de tres décadas, Juan Enrique Soto ha estudiado algunos de los crímenes más estremecedores de España desde dentro de la investigación policial. En esta conversación con DIARIO DE AVISOS, el psicólogo criminal desmonta los mitos sobre la maldad, alerta de una sociedad “cada vez más acostumbrada a la barbarie” y lanza una advertencia incómoda: el mal no siempre tiene rostro.
Juan Enrique Soto, psicólogo y especialista en análisis de conducta criminal, autor de “El rostro del mal”. / DA

Doctor en Psicología e inspector jefe de la Policía Nacional en situación de segunda actividad, Juan Enrique Soto es una de las referencias españolas en análisis de conducta criminal. Durante casi tres décadas en el cuerpo impulsó una trayectoria pionera en la aplicación de la psicología a la investigación criminal y fundó la SAC, la Sección de Análisis de Conducta, que dirigió durante una década. Creador del método VERA para la elaboración de perfiles de agresores desconocidos y divulgador habitual en universidades, prensa y televisión, su nombre ha quedado ligado a algunos de los casos más relevantes y mediáticos de la crónica negra española. En El rostro del mal (2026, Espasa) regresa a las preguntas que atraviesan toda su trayectoria: por qué hacemos daño, cómo se racionaliza la violencia, qué peso tienen la biología y el contexto y de qué manera puede comprenderse el mal sin justificarlo. El resultado es una reflexión apoyada en la experiencia directa y alejada del sensacionalismo.

– ¿Por qué decidió escribir El rostro del mal en este momento de su trayectoria?
“En realidad, la culpa de este libro la tiene el anterior. Mientras promocionaba “Vivir en el asombro”, me hacían constantemente la misma pregunta: ¿por qué alguien puede llegar a cometer atrocidades? Y claro, muchas veces esa pregunta llegaba en entrevistas de radio o televisión, donde se espera una respuesta breve, casi un titular, y eso no se puede hacer con algo tan complejo. De tanto intentar responderla sin quedarme satisfecho, vi que necesitaba poner orden a todo eso, explicarlo como se debe y darle el tiempo que requiere. Así nace este ensayo”.

– Su trayectoria profesional arranca en Canarias y en un contexto muy distinto al actual. ¿Cómo recuerda aquel inicio?
“Mi primer destino fue en Canarias, en homicidios, y yo ya llegaba con la mochila de psicólogo puesta. Así que desde el primer día uní ambas cosas: la investigación criminal y la psicología. Hay que situarse a finales de los años noventa. Hoy hay grados en criminología, másteres, cursos y una cultura popular en torno a la perfilación criminal, pero entonces no existía nada de eso. Todo fue muy intuitivo, mucho ensayo y error, mucho aprendizaje autodidacta. La gran ventaja fue que yo ya tenía los casos y tenía la necesidad de resolverlos. Todo nació del mundo real, de la práctica, no al revés”.

– Uno de los casos que atraviesan el libro es el de José Bretón. ¿Por qué sigue generando tanta conmoción social tantos años después?
“Porque sigue ahí nuestra necesidad de comprender cómo pudo ocurrir. Es un caso totalmente resuelto, con una motivación acreditada y con indicios físicos de todo tipo, pero la incomprensión permanece. Y como además vamos viendo casos similares, uno siente que esa pregunta sigue sin resolverse. Lo que enseña un caso así es que no se puede analizar pensando solo en el momento final. Hay que ir mucho más atrás. Hay que asumir que intervienen factores psicológicos, biológicos, criminológicos y sociales. Pretender explicarlo todo con una sola clave sería vaciarlo de sentido”.

– En su libro insiste mucho en que comprender el mal no significa justificarlo. ¿A qué atribuye el recelo que sigue despertando esa idea?
“Porque a veces parece que, si explicas un hecho, ya le estás dando una razón que lo excusa. Pero no es eso. Comprender significa analizar los factores implicados, todo lo que ha llevado a que eso ocurra y también qué elementos no han conseguido impedirlo. Además, no basta con preguntarse por qué delinquen algunos. También hay que hacerse la pregunta contraria: por qué la mayoría no delinque. Si la mayoría somos prosociales, hay algo que sí estamos haciendo bien, y eso es lo que habría que potenciar. Solo abordando el fenómeno de manera integral podremos avanzar de verdad”.

– Una de las tesis más incómodas del libro es que el mal no pertenece a seres excepcionales, sino a personas reales, aparentemente corrientes. ¿Por qué cuesta tanto aceptarlo?
“Porque necesitamos creer que la persona malvada tiene algún signo distintivo, algo que nos permita reconocerla. En Estados Unidos incluso hablan del ‘síndrome del vecino de al lado’. Aquí ocurre igual. Sucede un crimen atroz y enseguida se pregunta a los vecinos, que responden que era una persona encantadora, que ayudaba, que saludaba. Queremos creer que el mal tiene un rostro, una marca, una señal. Pero no la tiene. Si el malvado tuviera un rostro que lo delatara, ya no habría malvados, porque los habríamos identificado a tiempo. Su éxito consiste precisamente en camuflarse”.

– Entonces, ¿todos somos capaces de hacer daño?
“Hay un matiz importante. Todos, en un momento dado, podríamos ser capaces de hacer cualquier cosa, incluso algo atroz, si la situación nos llevara a un límite extremo. Pero la diferencia está en cómo se vive eso. Una persona bondadosa, incluso si termina haciendo daño en una circunstancia límite, sabe que está causando un mal y cargaría con ello el resto de su vida. Le afectaría profundamente. El malvado no. El malvado hace daño y sigue, como si nada, o le afecta muy poco. No es lo mismo una reacción en un contexto extremo que querer hacer daño deliberadamente e incluso disfrutar con ello”.

– El propio título, El rostro del mal, juega con una idea muy poderosa. ¿Lo planteó también para desmontar esa fantasía de que la maldad se reconoce a simple vista?
“Claro. El cine, las series, las novelas de género negro… todo eso ha reforzado la idea de que el mal tiene una máscara reconocible. Pensamos en Hannibal Lecter y enseguida lo asociamos a una marca distintiva del mal. Pero la realidad dice otra cosa. Incluso en ese ejemplo, su éxito consistía en pasar desapercibido, en camuflarse entre los demás. Ahí está la trampa: la maldad no siempre se anuncia”.

– Su trabajo también muestra que la conducta malvada rara vez aparece de la nada. ¿Suele haber señales previas?
“A veces sí, pero casi siempre les damos sentido después. Cuando ya ha ocurrido algo grave, quienes conocían al agresor recuerdan ciertos comportamientos y piensan: ‘Ahora que lo pienso, aquello tenía sentido’. En su momento no le dieron importancia, y es normal. No estamos entrenados para ir interpretando constantemente a los demás ni sería sano vivir así. Pero es cierto que, en algunos casos, hay pequeños comportamientos o actitudes que, con una mirada entrenada, pueden leerse de otra forma. Lo importante es no caer en la fantasía de que existen señales universales, porque cada caso es un mundo”.

– En ese análisis del mal usted prefiere hablar de sensibilidad antes que de empatía. ¿Por qué?
“Porque la palabra empatía se usa tanto que a veces pierde fuerza. Yo prefiero hablar de sensibilidad hacia el otro. Todos la tenemos, pero como cualquier proceso psicológico hay factores que la aumentan y factores que la disminuyen. Lo vimos, por ejemplo, al comienzo de la invasión rusa de Ucrania, cuando hubo una explosión de solidaridad. Esa sensibilidad no solo sentía el sufrimiento ajeno, sino que además llevaba a actuar. El problema llega cuando el otro pierde su nombre, cuando deja de ser un rostro y se convierte en algo lejano, en algo que pasa por ahí. Esa indiferencia, en determinados contextos, acaba siendo la excusa perfecta para que los realmente malvados hagan sus fechorías”.

– ¿Cree que estamos normalizando la violencia y la deshumanización?
“Sí, en muchos sentidos. Basta con poner las noticias o mirar las redes sociales. Todo parece empujarnos a elegir un bando, a reaccionar con rapidez, a no escuchar. Todo tiene que ser intenso, inmediato, breve. Nos adaptamos a todo, incluso a la barbarie, y cuando eso ocurre empezamos a dar la espalda a determinados fenómenos. Y eso lo aprovechan muy bien los malvados. Por eso siempre me gusta recordar el lado positivo: el bien también está ahí y también es un acto consciente. Si nos dejamos vencer por la indiferencia, estamos perdidos”.

Imagen de la portada de El rostro del mal (2026, Espasa), de Juan Enrique Soto.

– ¿Qué papel juega el contexto en la construcción de la maldad?
“Un papel fundamental. Todos tenemos una biología que nos condiciona, pero luego nacemos en un lugar, en un momento, en una cultura concreta, en una familia determinada, con unas experiencias específicas. Todo eso va construyendo una biografía única. Por eso cada caso debe analizarse como un caso único. No podemos caer en generalidades. La biología importa, por supuesto, pero no lo explica todo. Lo mismo ocurre con el entorno. Todo es una mezcla: biología, cultura, experiencias, decisiones. Lo difícil es comprender qué mezcla concreta se ha dado en cada individuo”.

– En el libro también incorpora la perspectiva neurobiológica, pero sin convertir el cerebro en una excusa. ¿Dónde está el riesgo?
“El riesgo está en caer en una explicación determinista, como pensar que alguien actuó así solo porque en ese momento determinados procesos biológicos lo empujaban y, por tanto, no podía evitarlo. Eso, salvo casos muy concretos, no es así. La biología ayuda muchísimo a comprender, y cada vez sabemos más del cerebro, pero no a justificar ni a convertirlo en una coartada. Por regla general, sigue habiendo un espacio para la voluntad individual. El problema es que todavía no sabemos explicar del todo cómo se produce ese salto entre el pensamiento y el acto”.

– Las redes sociales, la velocidad y la confrontación permanente parecen haber agravado muchos fenómenos. ¿Le preocupa?
“Mucho. Hoy cualquier comportamiento, sea bondadoso o malvado, tiene una capacidad de difusión inmensa. Todo se comparte, todo se amplifica, y lo falso además circula con una rapidez enorme porque suele ser más atractivo, más impactante. Eso convierte la maldad, en algunos casos, incluso en un negocio. Por eso necesitamos honestidad, códigos éticos y también una responsabilidad individual muy fuerte: no entregarnos pasivamente a lo que nos llega, contrastar, preguntarnos si eso que estamos viendo es verdad o no. Si no hacemos ese esfuerzo, vamos mal”.

– Aunque el libro analiza al agresor, la víctima ocupa un lugar central. ¿Por qué era importante subrayarlo?
“Porque si hablamos de maldad, hablamos de un daño intencional sobre alguien. Si nos quedamos solo en el agresor, perdemos de vista lo esencial: que hay una persona que sufre, que no ha elegido esa situación, que ve destruida su vida y que además arrastra también a sus seres queridos y a la sociedad entera. Por supuesto hay que estudiar al agresor, pero siempre teniendo en cuenta que ha actuado sobre alguien. La víctima tiene un rostro, un nombre, una dignidad. Eso tiene que ser el principio rector de la criminología y también de la manera en que como sociedad miramos estos casos”.

– Después de recorrer páginas sobre crueldad, violencia y odio, el libro termina reivindicando la bondad. ¿Por qué quiso cerrar ahí?
“Porque los buenos somos más y porque sería tristísimo quedarnos con la idea de que el mal no se puede erradicar y de que estamos perdidos. Yo siempre pongo un ejemplo: si ahora mismo paralizáramos el mundo y pudiéramos ver qué está haciendo cada persona, habría muchísimos más abrazos y besos que puñetazos. Lo que pasa es que eso se ve menos. El mal es muy llamativo, pero el bien también está ahí, y además es un acto consciente. Incluso en los contextos más duros siempre existe un resquicio para decir que no. La historia está llena de atrocidades colectivas, sí, pero también de personas que decidieron no participar. Y esa posibilidad de resistir sigue siendo fundamental”.

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