Mucho antes de que los artistas forenses manifestaran un verdadero y resolutivo interés en el asunto, y por supuesto, de que los programas generadores por IA nos contaminaran visualmente con los fornidos guanmarverlianos, los gomeros habían dejado las cosas bastante claras al respecto. Dotaron a su Museo Arqueológico de un mural que además de poder hacer las veces de photocall, lleva implícito un potente mensaje. Un mosaico de rostros contemporáneos de gomeros y gomeras, de todas las edades, deja bien claro que esos de hoy, fueron también los rostros de La Gomera prehispánica.
De Torriani al buen salvaje
Hasta hace apenas una década, la única representación visual del aspecto aproximado que tenían las poblaciones indígenas de nuestras islas era la que aportó el ingeniero y cronista italiano Leonardo Torriani, que llegó a Canarias en 1584. Su obra Descripción e historia del reino de las Islas Canarias se suele datar hacia el año 1590-92, siendo elaborada a la par que lo era la de fray Alonso de Espinosa y, posiblemente, la de fray Abreu Galindo. Ya Alejandro Cioranescu apuntaba a la hipótesis de que de las coincidencias entre ellas se podía inferir la existencia de un libro primigenio perdido, texto que este autor sitúa como anterior a 1560, y del que los tres cronistas habrían bebido. Sin embargo, lo que nos interesa aquí del trabajo de Torriani es el hecho de que nos legó “el álbum más rico y más fértil del pasado canario”, como apuntó Cioranescu. Hay que tener claro que el nivel de rigor y de precisión de sus mapas y planos no es extrapolable a las representaciones que hizo de las poblaciones aborígenes. Torriani llega a Canarias un siglo después de finalizada la Conquista, de manera que no podemos decir que sean “fotografías” a tiempo real, aunque no cabe duda que tuvo tiempo de convivir con los tataranietos, y con suerte con algún bisnieto longevo de los últimos indígenas. Sus ilustraciones, por tanto, son una valiosa fuente a la hora de visualizar cómo era el aspecto de nuestros antepasados.
Otro retrato mítico, muy socorrido al ilustrar temas guanches, fue el creado por el litógrafo A. de Saint-Aulaire para acompañar la edición del primer tomo de la Historia Natural de las Islas Canarias, publicada en 1842 por Sabino Berthelot y Philip Barker-Webb. La imagen del pastor indígena evoca con fuerza la visión romántica del buen salvaje, que el sentido común, las fuentes orales y la arqueología, ha ido desmontando.
Esa visión idealizada arrancó con el humanista Giovanni Boccaccio en 1341, cuando en De Canaria incluye una sugestiva descripción a partir de la observación de cuatro hombres. “Trajeron de allí a cuatro hombres jóvenes, que fueron capturados en la isla más poblada. […] No tenían barbas en absoluto, pero sí una hermosa y larga cabellera rubia, con la que se cubrían casi hasta el ombligo; andaban descalzos y desnudos, vistiendo únicamente una especie de delantal hecho con cuerdas de palma o juncos teñidos. […] Eran de buena estatura, miembros robustos, audaces, fuertes y de gran inteligencia”.

A-46 y Humiaga 977
El año 2018 fue decisivo en el anhelo de ponerle un rostro realista a nuestros antiguos canarios. Varias iniciativas confluyeron en ese objetivo. Una de ellas se conoció en agosto de ese año y fue obra de la canadiense Karina Osswald, master en Arte Forense e Identificación Facial por la Universidad de Dundee, en Escocia. El cráneo sobre el que trabajó se conserva como “guanche” en el Museo Anatómico de la Universidad de Edimburgo, con la etiqueta A-46, en la llamada Sala de los Cráneos, a donde llegó como fruto del coleccionismo posiblemente en el siglo XIX. La reconstrucción cráneo facial en tres dimensiones conseguida por Osswald nos muestra a una mujer que ronda los treinta años, de frente y pómulos pronunciados, con la que nos podríamos tropezar en cualquier calle sin que nos llamara la atención. Podemos interpretar que su mirada robusta expresa resistencia, y quién sabe si hasta determinación.
Unos meses después, el 3 de diciembre, era el Museo Canario quien daba la campanada. Allí presentaron los resultados del Proyecto Humiaga, que entre otras cuestiones incluyó la primera reconstrucción facial realizada en Canarias del aspecto de una aborigen, posiblemente una mujer santa que vivió en el siglo VI. Sus restos fueron hallados en un lugar preeminente de La Fortaleza, uno de los yacimientos más antiguos y sagrados de la isla, e inventariados con el número 977. La osamenta fue recuperada a finales del siglo XIX en lo alto del espectacular yacimiento de La Fortaleza Grande, en Santa Lucía.
El proyecto fue el resultado de las sinergias del Museo Canario y la empresa arqueológica Tibicena, con el apoyo económico de la Dirección General de Patrimonio. La indígena, de entre veinticinco y treinta años de edad y una altura estimada de 1,6 metros, vivió en el siglo VI d. C., en una etapa muy temprana del poblamiento de la Isla. La presentaron con pelo castaño oscuro y un tono de piel aceitunado, previsiblemente curtido por el sol. Para llegar a perfilar estos detalles fue necesario recurrir al ADN de otros restos de periodos afines, localizados en otros yacimientos, dado que el ADN del 977 no presentaba las condiciones más idóneas.
El estudio de los restos reveló la mala salud dental de la indígena, consecuencia de una alimentación erosionadora provocada por los residuos de arenilla presentes en el cereal molido, y la de azucares cariogénicos en una dieta rica en cereales e higos. La situación generó desgaste mandibular, de ahí el ligero adelgazamiento de los cachetes que muestra la imagen en 3D. A ello, además, se añadió la existencia de una cicatriz en la frente provocada por un golpe contuso con un objeto romo, algo que los expertos encajaron en un escenario potencial de violencia interpersonal.
La invasión de los ‘guanmarvelianos’
Por las mismas fechas, y también el Museo Canario, se presentó la exposición “La búsqueda de caras ancestrales”, con la que se invitaba a reflexionar sobre la continuidad de los genes y la herencia cultural de los antiguos pobladores canarios en la población actual. Medio centenar de retratos de canarios actuales de la fotógrafa inglesa Francesca Phillip, fueron combinados con la reconstrucción facial -a partir de otros tantos cráneos indígenas del museo- realizada por Caroline Wilkinson y María Castañeyra, de la Universidad John Moores de Liverpool. Los rostros eran indistinguibles de los que vemos a diario.
Fuera del alcance de este artículo quedan las diferentes visiones que los artistas nos han ido aportando a lo largo del tiempo, ya sea a través de óleos, murales y, especialmente, esculturas, donde por regla general suelen ser recreados con esbeltos y fornidos cuerpos. Qué duda cabe que las condiciones del medio natural y social en el que vivían les alejaba del sedentarismo. Si a eso le sumamos las limitaciones en recursos alimenticios, cabe pensar que estarían en bastante buena forma, aunque quizá no tanto como la que a veces les han asignado cuando han sido representados en el mundo del cómic. Y mucho menos que las sugeridas en los últimos tiempos por las aplicaciones de Inteligencia Artificial, de donde han emergido los que, a falta de un término mejor, hemos dado en llamar los guanmarvelianos, una estirpe de guanches que parecen sacados del universo Marvel. Los guanmarvelianos pueblan las redes sociales mostrando idealizaciones que, a su manera, nos brindan una versión poco realista y remasterizada del buen salvaje, aquel que hace casi siete siglos ya perfiló Bocaccio.







