A media ladera, entre los bancales, la ermita de Nuestra Señora de la Concepción de Tijoco apenas levanta la voz. Las trazas del viejo ingenio azucarero que dio nombre al pago de Adeje hablan, sin embargo, de un heredamiento de tierras y aguas donde confluyeron, hace cinco siglos, dos familias que habían cruzado el mar para esconder sus orígenes.
Una nueva línea de investigación firmada por José Antonio González Marrero, del Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas (IEMYR) de la ULL, y por la investigadora Carmen Rosa Escobar Suárez, levanta ahora ese velo.
El trabajo, titulado Genealogías veladas, parte de una figura largamente asociada a Tijoco, Antonio de Castro, y de su esposa, Leonor Sánchez Falcón, para reconstruir una ascendencia que los protagonistas tuvieron que declarar bajo juramento ante el Santo Oficio.
¿Qué une exactamente a estos apellidos con el núcleo de Tijoco? La respuesta está en los protocolos notariales. En su testamento, otorgado en La Laguna a finales de 1572, Antonio de Castro relaciona entre sus bienes un complejo azucarero, con un ingenio integrado con sus tierras y aguas.
Se encontraba en el paraje adejero del Lomo de Ymay y, escribe el propio Castro, “se llama la Concepción de Nuestra Señora”. Tijoco fue su hacienda.
A la muerte de Antonio, Leonor rehízo su vida y volvió a casarse en La Orotava al año siguiente. Y cuando ella ya había fallecido, hacia 1596, un tercero, Francisco de la Coba, se declaraba donatario suyo y enumeraba entre los bienes que compartía con otros herederos aquel “que se dice de Tijoco”. Esa anotación es la que ata el pago adejero a la pareja. Aquella hacienda pasó de sus manos a las de sus herederos, y siguió siendo su caudal económico mucho después de la primera generación de propietarios.
Lo que la investigación añade a ese paisaje conocido es el reverso oculto de sus dueños. Los Castro y los Sánchez no eran dos linajes cualesquiera, eran cristianos nuevos, de origen judío, que habían salido de la Península cuando convertirse (o aparentarlo) se había convertido en la única forma de sobrevivir, todo ello ante el férreo seguimiento de la Santa Inquisición.
Siguiendo el rastro, la investigación llega hasta los primeros repartos de tierra tras la Conquista. En 1505, Juan Benítez, sobrino del Adelantado Alonso Fernández de Lugo, recibió una data con agua en el reino de Adeje “para que en ella podáis hacer un ingenio”. Hombre dedicado a la caña, Benítez debió levantar en Tijoco un pequeño ingenio. La conclusión del estudio es que estamos, muy probablemente, ante uno de los ingenios y una de las ermitas más antiguos del sur de Tenerife, construidos antes de 1520, mucho antes de que la hacienda llegara a manos de los Castro.
Hay incluso una capa anterior. El paraje no se llamaba Concepción, sino Lomo de Ymay, un topónimo que los investigadores, con todas las cautelas, relacionan con una voz indígena para “madre”.
La unión de las dos familias no fue solo cosa del corazón. El 21 de octubre de 1549, Martín Sánchez, ya viudo, firmó ante el escribano Francisco Márquez la carta de dote para casar a su hija Leonor con Antonio de Castro, y lo hizo a lo grande, poniendo de por medio mil doblas de oro.
El recibo, fechado pocas semanas después, detalla un patrimonio de varias casas de piedra y teja en la Calle Real de La Laguna, tres personas esclavizadas… Era la alianza de dos fortunas tejidas con el mismo hilo.
El padre de Antonio, Bartolomé de Castro el Viejo, procedía de Jaén, una ciudad donde la comunidad conversa había prosperado y caído al ritmo de las revueltas antijudías y de la llegada de la Inquisición.
Mercader, se documenta en La Laguna desde finales de la segunda década del siglo XVI, donde llegó a ser alcaide de la cárcel, antes de dar el salto a Garachico, de cuyo concejo fue alcalde y a donde se trasladó toda su familia. Esa reputación pública no le libró de comparecer, en enero de 1529, ante el inquisidor Luis de Padilla para detallar su genealogía.
Reconoció que tanto su padre como su madre habían sido procesados, y él resultó penitenciado por judaísmo. Años después, ya asentado en el norte de la isla, redactaría un testamento en el que se declaraba “fiel católico y cristiano”.
La familia Sánchez había llegado a Tenerife desde Lepe, con un grupo de tres hermanos que, una vez instalados en La Laguna y otros puntos del norte, siguieron tejiendo alianzas con otros conversos de la misma procedencia.
La Wikipedia de la Inquisición
El gran archivo del que beben estas reconstrucciones es el conjunto de declaraciones que realizó la Inquisición de Canarias arrancó de cuajo a los cristianos de nueva data entre 1528 y 1529. Buena parte de esa documentación se conserva hoy en el Archivo de la Inquisición de El Museo Canario, en Las Palmas de Gran Canaria, recuperada en una subasta que data de 1957.
El estudio describe una comunidad que se protegía frente a la amenaza permanente del Santo Oficio. Estas familias practicaban una endogamia tenaz, se casaban entre conversos, y comparecían ante el tribunal con declaraciones memorizadas, una suerte de omertá, compinchada y ajustada entre sí, para no abrir grietas por las que entrara una nueva denuncia.
Con el tiempo, ese aislamiento y profunda tensión en controlar al detalle sus declaraciones (que les permitió sostener la integridad del conjunto) terminó por hacerles olvidar sus ritos.
Viuda y sin hijos, Leonor Sánchez Falcón volvió a casarse en 1573 con Diego de Cospedal, en una red de parentescos que la enlazaba con los Benítez de Lugo, señores de Adeje.
De aquella trama queda hoy, en pie, la ermita de Tijoco. Una construcción que, leída a la luz de esta investigación, deja de ser solo un hito devocional del sur, para entrever lo que fue, a todas luces: un lugar donde dos linajes perseguidos decidieron echar raíces.






