¿A quién le gusta abandonar su hogar? Esa es, en el fondo, la pregunta que se hacen en los despachos del Ayuntamiento de Santa Cruz con el proceso que se ha abierto respecto a la posible marcha del CD Tenerife de la capital. Y por eso se han aferrado a un mantra que mezcla, sin demasiado disimulo, la comodidad emocional del aficionado con los intereses de quien explota un negocio: el club se queda en el Heliodoro Rodríguez López.
El alcalde, José Manuel Bermúdez, ha convertido esta cuestión en una línea roja, hasta el punto de amenazar con romper con su propio partido, Coalición Canaria, si desde el Gobierno regional se llega a admitir siquiera la posibilidad de levantar un nuevo gran estadio insular fuera del municipio.
Al otro lado del Barranco de Santos, el alcalde de La Laguna, Luis Yeray Gutiérrez, ha puesto sobre la mesa 40.000 metros cuadrados de suelo público en Las Mantecas para construir, dice, “el gran estadio europeo que merece el CD Tenerife”. Entre ambos, el presidente de Canarias, Fernando Clavijo, ha metido el dedo en la llaga al reconocer que el actual recinto es “pequeño y está mal ubicado”.
La discusión no es nueva en el fútbol. Cuatro clubes —dos españoles, uno inglés y otro muy cercano— ya han pasado por procesos de mudanza, algunos que aún no han cicatrizado, otros casi indoloros, y todos ellos sirven de espejo, para bien y para mal, de lo que está realmente en juego cuando un equipo decide, o le obligan, dejar el barrio que lo vio nacer.
Porque ese debate, aunque se libre en el terreno del césped, va mucho más allá del fútbol, y reside en otros partidos: económicos, políticos y urbanísticos.
El precedente más cercano
El caso más próximo geográficamente es el de La UD Las Palmas, que jugó más de medio siglo en el Estadio Insular, en pleno barrio de Ciudad Jardín, hasta que en mayo de 2003 estrenó el Estadio de Gran Canaria, en Siete Palmas, a siete kilómetros de distancia.
El motivo de fondo no fue una crisis económica ni una expulsión forzosa, sino el deterioro físico del viejo recinto y la necesidad de contar con una instalación moderna, impulsada y financiada por el Cabildo grancanario, propietario del terreno. El último partido en el Insular se jugó el 29 de junio de 2003 ante el Elche; menos de un año después, el nuevo estadio ya recibía a la selección española.
El traslado funcionó porque nadie discutió que el club seguía siendo de la misma ciudad y porque la institución que empujó el cambio era la misma que sostenía el proyecto. El Insular desapareció para abrir paso a un parque público con viviendas que conserva parte de sus gradas. Cada cierto tiempo resurgen voces que piden recuperarlo, pero la afición asumió el cambio sin ambajes.
En la orilla del Manzanares, el Atlético de Madrid vivió en 2017 uno de los procesos de despedida más cuidados del fútbol reciente. El adiós al Vicente Calderón se planificó como un acontecimiento: mosaico de 45.000 cartulinas, homenaje a leyendas del club, un partido de despedida con la bendición del papa Francisco y, después, la mudanza al alejado Wanda
Metropolitano, más cerca del aeropuerto que de su lugar de influencia histórica.
La nostalgia fue real -crónicas de la época hablan de aficionados derrumbados al ver el estadio ya semivacío- y persiste cierto reproche hacia la directiva de Enrique Cerezo entre los sectores más identitarios del colchonerismo. Pero el resultado deportivo e institucional despejó buena parte de las dudas, ya que el nuevo estadio ha acogido una final de Champions y hoy es sede confirmada de la de 2027, y además, el rendimiento del equipo no se resintió por el cambio de localización.
El trauma de Sarrià
El ejemplo más doloroso, y también el más instructivo sobre lo que puede salir mal, es el del RCD Espanyol. En 1997, ahogado por la deuda, el club vendió Sarrià, su estadio desde 1923, a una promotora inmobiliaria. El 20 de septiembre de aquel año se derribaron las gradas de un recinto que durante 74 años fue la casa de los pericos. Con los años, aquel exilio forzoso acabó siendo, paradójicamente, una salvación económica para el club, al realizarse la venta del solar, que sirvió para sanear las cuentas, y tras el paso provisional por Montjuïc, dar tiempo a la institución a proyectar un estadio propio.
En 2009 llegó el Cornellà-El Prat, hoy RCDE Stadium, que la afición recibió con entusiasmo porque cerraba una década de provisionalidad. Pero el caso deja una lección incómoda para cualquiera que crea que ofrecer suelo basta, porque entre la pérdida de un estadio histórico y la construcción de uno nuevo pueden pasar más de diez años, y ese vacío se paga en identidad y en paciencia.
Pérdida de identidad
El ejemplo más citado por los críticos de cualquier mudanza es el del West Ham United. El club londinense dejó el Boleyn Ground -Upton Park, en el este de la ciudad, y que había sido su casa desde 1904- en 2016 para instalarse en el Estadio Olímpico, rebautizado London Stadium, tras firmar un contrato de cesión por 99 años. La operación se vendió como un salto de categoría. De 35.000 a más de 60.000 espectadores. Era una infraestructura moderna y heredada, con cero coste de construcción para el club.
El problema era que aquel mamotreto a las afueras de la capital era más frío; entre la afición y los jugadores había una pista de atletismo, un distanciamiento físico que se tradujo en uno también emocional. Crónicas de la época documentaron protestas de la grada hacia el palco, invasiones de campo tras derrotas dolorosas y el cierre de negocios centenarios ligados al viejo estadio.
Todos los casos comparten el patrón de qué cuanto más se percibe el traslado como una decisión ajena a la afición, mayor es la fractura emocional; cuanto más se mantiene el vínculo con la ciudad y se cuida el relato del adiós, más fácil resulta la digestión del cambio.
Las Palmas y el Atlético lo lograron porque nadie discutió la pertenencia geográfica del nuevo estadio. Espanyol y West Ham sufrieron porque el traslado llegó impuesto por la urgencia económica o por un cálculo de negocio que no fue consultado a su base social.
Falta saber si la reforma del Heliodoro presentada por el Cabildo llega a tiempo de dar al club el estadio de primer nivel que reclama su gente, o si se termina imponiendo la mudanza. Y entonces, como a otros antes, le tocará pagar el precio de perder un hogar.






