Hay aeropuertos que nacen de un plano. El de Tenerife Sur nació de una necesidad. Una imperiosa. Desde su inauguración, este aeródromo ha cambiado de piel no una, sino tres veces. Aún con todo ello, la historia de esta camaleónica infraestructura empieza, en realidad, con un descarte.
En 1933, un estudio meteorológico señaló el entorno de la Montaña Roja como el emplazamiento idóneo para una futura pista, por delante de Los Rodeos y de Las Cañadas. La propuesta se desestimó entonces. Durante buena parte del siglo XX, Tenerife vivió solo con el aeropuerto de La Laguna, encaramado a una meseta donde la niebla y las nubes bajas eran cotidianas.
A finales de los años 60, esa fragilidad meteorológica llevó al Cabildo de Tenerife a tomar una decisión, procediendo con los primeros pasos administrativos, que no llegaron hasta 1970, cuando comenzó la compra de terrenos en Granadilla de Abona y San Miguel.
El 29 de mayo de aquel año, el emplazamiento fue declarado de utilidad pública y urgente. En el verano de 1973 llegó la adjudicación de las obras, por unos 450 millones de pesetas. En 1976 se pusieron en marcha la calle de rodadura, la central eléctrica y el movimiento de tierras; en 1977, la torre de control, el balizamiento de la pista y, por fin, el edificio terminal.
Ese mismo año, ocurrió lo que terminaría de decidir el destino de la nueva infraestructura. La colisión de dos aviones en Los Rodeos, la mayor tragedia de la aviación civil de la historia, proyectó de golpe al todavía inacabado aeropuerto del sur.
Una reina, un obispo y una terminal
El otoño de 1978 quedó marcado por fechas que se solapan y se explican entre sí. El 23 de octubre, el aeropuerto entró en servicio para el tráfico civil con horario permanente. El 2 de noviembre aterrizó el primer vuelo comercial, un DC-9 de Iberia procedente de Lanzarote.
El 6 de noviembre de 1978, a las once y cuarto de la mañana, tomó tierra el avión Mystere de la Subsecretaría de Aviación Civil con la reina Sofía a bordo. La recibieron el ministro de Transportes, Salvador Sánchez Terán, y las autoridades locales; después, ya en tierra, visitó una terminal de pasajeros que el obispo de Tenerife, Luis Franco Gascón, bendijo para la ocasión. Desde entonces, aquel edificio de apenas 21.400 metros cuadrados repartidos en dos plantas cargaría con un nombre, Reina Sofía, que sobreviviría a todas las reformas posteriores.
Durante dos décadas, aquella primera terminal de los 70 aguantó sola el peso de un turismo que no dejaba de multiplicarse.
Entre 1999 y 2000, un equipo liderado por el arquitecto Alberto Campo Baeza (junto a Antonio Corona Bosch, Arsenio Pérez Amaral y Eustaquio Martínez García) proyectó una ampliación que buscaba integrar la nueva pieza con el terminal existente ampliando el procesador central mediante un volumen longitudinal de gran escala, un cuerpo de hormigón que se mimetizaba deliberadamente entre las vistas hacia Montaña Roja y el mar.
El proyecto incluía también un segundo edificio terminal pensado para una futura pista norte, con aparcamientos que aprovechaban el desnivel natural del terreno para conectarse mediante ascensores y pasarelas.
Aquel diseño de finales de los 90 tardó casi una década en materializarse del todo, pues las obras de la que se conocería como Terminal 2 se presentaron formalmente en 2007.
Dos terminales que se hicieron una
Esa convivencia incómoda de dos edificios funcionando como si fueran vecinos y no homogeneizados en un mismo aeropuerto, tardaría casi otra década en resolverse. En 2016, el Cabildo Insular, el Gobierno de Canarias, el Gobierno de España y Aena acordaron levantar una tercera pieza que hiciera de puente físico y funcional entre la T1 y la T2.
Nacía así el proyecto del Edificio de Unión, que se inauguró en mayo de 2022 con la entonces ministra de Transportes, Raquel Sánchez, y el presidente de Canarias, Ángel Víctor Torres, cortando la cinta.
Con una inversión de 64 millones de euros, aportó 50.000 metros cuadrados nuevos destinados a controles de seguridad y facturación, además de renovar los pavimentos de pista y plataforma y estrenar un nuevo sistema de almacenaje de equipajes. El aeropuerto pasó de poder acoger 12 millones de pasajeros al año a 16. Pero el verdadero cambio fue que, por primera vez y desde 1978, el Reina Sofía dejó de ser una suma de edificios yuxtapuestos para convertirse, operativamente, en una sola terminal.
Visto en perspectiva, el Reina Sofía nunca ha dejado de integrarse en tres pieles, si bien es verdad que aquellas mudas fueron como respuesta a lo que la isla iba necesitando. La obra que arrancará en otoño de 2027, y que homegenizará la estructura, no es más que el último capítulo de esta camaleónica transformación de la principal puerta de entrada de la Isla al turismo internacional.






