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Las fincas de castaños de Tenerife, atrapadas entre el abandono y la falta de respaldo público

Las cifras son especialmente graves en el norte, en La Orotava, Santa Úrsula, La Victoria y La Matanza
Las fincas de castaños de Tenerife, atrapadas entre el abandono y la falta de respaldo público

Desamparo institucional y un modelo socioeconómico que ahoga a los agricultores. Son las principales causas que la Asociación de Desarrollo Rural por la Conservación de los Castañeros de Tenerife, Concasten, señala para denunciar la situación límite que atraviesa el subsector de la castaña. Los datos son claros: según el artículo Impacto del fuego en la diversidad y la estructura forestal de las masas de Castanea sativa Mill en áreas gestionadas y abandonadas de Tenerife, elaborado por investigadores de la Universidad de La Laguna, aproximadamente la mitad de las fincas de castaños insulares se encuentra en situación de abandono.


Las cifras son especialmente graves en el norte, en La Orotava, Santa Úrsula, La Victoria y La Matanza, una zona que concentra el 74,2% de toda la extensión de castañares de la Isla, con 1.109,4 hectáreas de un total de 1.373,4. En este territorio, el 59,2% de la superficie de castañeros está abandonada: 603,8 hectáreas que requieren una gestión urgente.


El deterioro no solo pone en riesgo la continuidad de este cultivo tradicional, sino que aumenta la cantidad de vegetación que puede actuar como combustible y favorecer la propagación de los incendios forestales. Según indica Concasten, a partir de los resultados del estudio de la Universidad de La Laguna, durante el incendio de 2023 las zonas mantenidas registraron una supervivencia del 90% del arbolado. Y es que, la naturaleza higrófila de esta especia, unida a la gestión de las parcelas, puede contribuir a limitar la intensidad y progresión del fuego. En cambio, las masas asilvestradas y en estado de abandono acumulan grandes cantidades de vegetación que actúan como combustible.


La falta de respaldo por parte de las instituciones públicas, unida al peso del turismo y los servicios en la economía insular, conforma el principal cuello de botella para la continuidad de esta actividad y para el mantenimiento de las fincas. “Los agricultores de la zona, en su mayoría, tienen sus cultivos abandonados porque no hay ningún incentivo”, sostiene Pablo Cabrera, secretario de la entidad tinerfeña.

Barreras


Este diagnóstico coincide con los datos del informe técnico Evaluación de los usos y aprovechamientos de algunas especies agroforestales en la Macaronesia: el caso particular del castaño (Castanea sativa), redactado en el marco del proyecto europeo Interreg MAC VALCONMAC. El sector primario arrastra desde hace décadas dos problemas estructurales: la falta de relevo generacional y el desplazamiento de trabajadores hacia el turismo y los servicios desde la segunda mitad del siglo XX. Esta salida del campo responde, en gran medida, a la escasa rentabilidad y al reducido atractivo económico de la actividad agraria, en la que, tal y como señala el propio informe, el agricultor ocupa históricamente el eslabón con menor margen de beneficio de toda la cadena alimentaria.


En el caso del castaño, a estas dificultades se añaden otras específicas. La fragmentación de la propiedad, las pequeñas parcelas abancaladas, las fuertes pendientes de las medianías y la falta de pistas y vías adecuadas para el tráfico rodado complican tanto el mantenimiento de las fincas como la extracción de la cosecha. Para Cabrera, las instituciones públicas tampoco han resuelto estas limitaciones: “No invierten en la recuperación de los propios terrenos”, afirma el joven agricultor, de 33 años y secretario de Concasten, quien denuncia además el silencio institucional al que su entidad debe hacer frente. “Simplemente pedimos sentarnos con las administraciones para hablar de cómo se va a gestionar el territorio. Ni siquiera se puede tener esa conversación porque es que no nos han contestado, no se quieren reunir con nosotros”.


El informe técnico, que analiza específicamente la situación de los castañares de las medianías del norte de Tenerife, pone además sobre la mesa otro obstáculo menos visible, pero determinante: la complejidad administrativa y jurídica que rodea a estos terrenos. El estudio advierte de que Canarias carece de una legislación forestal propia, lo que genera un vacío a la hora de determinar cuándo una superficie agrícola abandonada puede pasar a considerarse monte y qué condiciones deben cumplirse para ese cambio. Ante esta situación, el Cabildo de Tenerife tuvo que establecer en 2013 sus propias directrices para abordar estas cuestiones.


A esta falta de un marco autonómico específico se suma una normativa dispersa y compleja, cuyo contenido, según el estudio, no siempre es conocido o aplicado de forma adecuada por los ayuntamientos y los técnicos municipales.

Mercado desigual


Se suma también a todo esto la competencia de la castaña procedente del exterior, tanto de la Península como de otros países productores. El análisis del mercado incluido en la documentación manejada por la asociación evidencia un cambio profundo en apenas seis años. Los datos de Mercatenerife muestran que la castaña importada pasó de representar el 0,6% en 2013 al 42,8% en 2019. En sentido contrario, el producto local pasó de concentrar el 99,3% de las ventas al 57,1%.


La diferencia en las condiciones de producción juega además en contra de los agricultores tinerfeños. Las explotaciones de otros territorios pueden situarse en terrenos llanos y mecanizar buena parte de las tareas de cultivo y recolección, algo mucho más complicado en los bancales y las pendientes de Tenerife. El resultado son unos costes de producción inferiores que dificultan al agricultor local competir por precio. Además, la competencia exterior abarca productos transformados con mayor valor añadido, mientras que en Canarias este tipo de aprovechamiento continúa siendo reducido. “No se puede competir con esos precios. Vivir de esto es idílico, e intentar emprender en condiciones es un suicidio”, resume Cabrera.


Ante este escenario, Concasten considera necesario actuar también sobre la demanda y aumentar el reconocimiento de la producción insular. Cabrera apunta a las campañas de sensibilización y promoción del producto local como una de las posibles vías. “Todo este tipo de tránsito económico circular debería estar favoreciéndose”, defiende. La intención sería explicar al consumidor no solo las diferencias entre productos, sino también el impacto económico y ambiental de optar por una producción de proximidad.


Sin embargo, tal y como señala el joven agricultor, la lucha es ya contra todo un sistema de mercado que, a su juicio, mantiene al consumidor alejado del esfuerzo que existe detrás de cada alimento. “La gente no sabe lo que cuesta producir una hortaliza, lo que hay detrás de ella o la huella de carbono que genera traerla de fuera”, explica. Una distancia que, sostiene, dificulta que el consumidor valore el producto local más allá de su precio.


Y, en Canarias, esta realidad choca además con un modelo económico en el que el turismo tiene prioridad frente a las necesidades del sector primario. El agricultor pone el agua como ejemplo de esta contradicción: mientras los hoteles mantienen garantizado el suministro durante todo el año y el consumo de los visitantes es elevado, “los productores locales sufren cortes constantes y, en el mejor de los casos, disponen de agua para riego apenas durante un mes al año”. Una situación que, a su juicio, resume las dificultades a las que se enfrenta quien intenta mantener una actividad agraria en las Islas y competir en igualdad de condiciones. “Es luchar contra el monstruo del capitalismo global y de la dependencia absolutos en las Islas” sentencia.

El ‘Proyecto Fénix’ para recuperar y devolver vida al castañar tinerfeño

En su lucha por recuperar el castañar tinerfeño, Concasten impulsa el Proyecto Fénix para rehabilitar las fincas abandonadas, reforzar su papel como barrera natural frente a los incendios y generar oportunidades económicas. La propuesta combina la restauración, la gestión sostenible del suelo y el agua y el control biológico con actividades como la apicultura, la micología y el ecoturismo. También apuesta por la formación y la gestión colectiva para mejorar la rentabilidad, fijar población rural y favorecer el relevo generacional. Con ello, busca demostrar que “es posible gestionar una finca de castaños y poder vivir de ello”.

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