Canarias sufrió hace casi 200 años uno de los episodios meteorológicos más devastadores de los que existe constancia en el Archipiélago. El Aluvión de 1826 dejó al menos 298 fallecidos en Tenerife, destruyó 651 viviendas y provocó la desaparición de la antigua imagen de la Virgen de Candelaria, arrastrada por las aguas durante el temporal.
El episodio, conocido también como Tormenta de San Florencio, azotó las Islas entre el 6 y el 9 de noviembre de 1826, aunque los días 7 y 8 concentraron algunos de sus peores efectos. Tenerife fue la isla más castigada y el Valle de La Orotava, uno de los territorios donde las lluvias, las inundaciones y las riadas golpearon con mayor violencia.
Dos siglos después, el desastre vuelve a cobrar actualidad. Las Jornadas científicas sobre el Aluvión de 1826 en Canarias, celebradas esta semana, han reunido a especialistas en Historia, Geografía, Meteorología y Emergencias para analizar qué ocurrió entonces y cómo ha cambiado la capacidad de las Islas para anticiparse a fenómenos meteorológicos extremos.
298 muertos y 651 casas destruidas en Tenerife
Las cifras permiten dimensionar la catástrofe. Las crónicas históricas recopiladas por Museos de Tenerife sitúan el balance en la Isla en unas 298 personas fallecidas, 651 viviendas destruidas y 1.176 cabezas de ganado perdidas. Las pérdidas económicas fueron estimadas entonces en 175.000 libras esterlinas.
La cifra de víctimas ha sido objeto de investigación debido a la antigüedad y dispersión de la documentación. Un estudio de los investigadores de la Universidad de La Laguna José Bethencourt-González y Pedro Dorta Antequera reconstruyó el fenómeno a partir de fuentes históricas y situó igualmente en 298 los posibles fallecidos solo en Tenerife.
La investigación considera que la denominada Tormenta de San Florencio pudo constituir el peor episodio meteorológico conocido de la historia de Canarias. El estudio concluyó además que existen elementos para clasificar el fenómeno como un ciclón tropical.
El temporal no afectó únicamente a Tenerife. Hay constancia de daños en otros puntos del Archipiélago, entre ellos Gran Canaria, aunque la información histórica disponible permite conocer con mayor detalle la magnitud de la tragedia tinerfeña.
Una tormenta que empeoró durante la noche
Los testimonios conservados permiten reconstruir cómo evolucionó el fenómeno.
Las observaciones históricas recopiladas por Museos de Tenerife describen que el 6 de noviembre el cielo comenzó a cubrirse por la tarde y la lluvia apareció con la puesta de sol. Poco después, el agua comenzó a descender en riadas desde las montañas hacia el Valle de La Orotava.
La situación empeoró durante la noche. A medianoche, las corrientes de agua amenazaban ya zonas pobladas, mientras el viento, el oleaje y los materiales arrastrados por las riadas aumentaban la destrucción. A primera hora del 7 de noviembre continuaba lloviendo con gran intensidad.
La dimensión de aquel desastre resulta especialmente relevante porque Canarias carecía entonces de los sistemas actuales de predicción meteorológica, comunicaciones, coordinación de emergencias y avisos masivos a la población.
El aluvión se llevó la antigua Virgen de Candelaria
Entre las consecuencias del temporal quedó un episodio profundamente ligado a la historia religiosa y cultural de Canarias: la desaparición de la antigua talla de la Virgen de Candelaria.
La imagen que se veneraba entonces fue arrastrada y desapareció durante el aluvión. El Gobierno de Canarias recoge este acontecimiento al explicar la conmemoración del bicentenario y la exposición Candelaria 1826. Recuerdo y aliciente piadoso, programada entre septiembre y diciembre de 2026.
La pérdida de aquella escultura convirtió el temporal en un acontecimiento que trascendió sus consecuencias meteorológicas y humanas y quedó incorporado a la memoria histórica de las Islas.
De 1826 al actual sistema de emergencias
Precisamente esa distancia entre la Canarias de entonces y la actual ha sido uno de los asuntos abordados esta semana durante las Jornadas científicas sobre el Aluvión de 1826 en Canarias, organizadas por la Asociación por la Memoria del Aluvión de 1826.
El director del Centro Coordinador de Emergencias y Seguridad (CECOES) 112, Moisés Sánchez, y la jefa del Servicio de Protección Civil y Atención de Emergencias, Montserrat Román, participaron con una ponencia dedicada a comparar la catástrofe de 1826 con el actual modelo de gestión de emergencias.
Según explicó el Gobierno canario, hace dos siglos no existían sistemas de alerta ni estructuras de coordinación institucional comparables con las actuales y la respuesta dependía esencialmente del ámbito local y comunitario.
Hoy, la gestión contempla la predicción y vigilancia meteorológica, planificación, sistemas de alerta a la población como ES-Alert y coordinación entre administraciones municipales, insulares, autonómicas y estatales.
“No se puede eliminar el peligro, pero sí reducir sus consecuencias mediante conocimiento, anticipación, alerta, coordinación y autoprotección”, señaló Román durante las jornadas.
El encuentro científico, celebrado del 22 al 24 de septiembre, abordó también las lluvias e inundaciones en Canarias, el posible impacto futuro de ciclones tropicales próximos al Archipiélago y el contexto social de las Islas durante el primer tercio del siglo XIX.
El bicentenario vuelve así a poner el foco sobre un episodio que dejó centenares de muertos y enormes daños materiales y que, 200 años después, continúa siendo una referencia para estudiar el riesgo de fenómenos meteorológicos extremos en Canarias.





