El tiempo, los días de Taganana
Nos traen a este convento, pero nadie nos enseña a vivir. A hacerlo con nuestros defectos y virtudes y -ahora más que nunca- a defendernos de las habladurías
Nos traen a este convento, pero nadie nos enseña a vivir. A hacerlo con nuestros defectos y virtudes y -ahora más que nunca- a defendernos de las habladurías
Este papa Francisco -visto ahora con la perspectiva de los cuatro años de su mandato divino sobre la tierra- entró en el despacho oval del Vaticano como San Pedro por su casa
A César Manrique le gustaba la prisa y vivió con ella como si no fuera a vivir el tiempo suficiente
Como quiera que todo se ha vuelto patas arriba, por tendencia o declinación, uno acaba extrañándose de las cosas que funcionan como siempre lo hicieron, de todo aquello que conserva sentido, que es como fue toda la vida
Entre los temas coloquiales se ha colado el robot, que es compatible en nuestra sugestión con el hechizo por el extraterrestre. Esta ha sido la semana del marciano que nos ganó en la niñez, el E.T. de Spielberg a la vuelta de 35 años. Y, a su vez, nos incumbe ahora mismo el mundo de
El aire de Campisábalos es el más limpio de España. Por el viento que corre.
Por qué este pueblo tiene el histrionismo inyectado en vena y botellas de reserva de humor en las bodegas que descorcha cada año, sin excepción, venga una crisis, un delta o cualquier desastre que toque en la racha de días funestos
Nos invade un tremendismo inusitado que asusta. Es la divisa de esta época. Todo sucede a lo grande, o no es. Caben todas las explicaciones y ninguna. Echaremos la culpa a las redes sociales y será como el médico que atribuye la muerte más insospechada a un virus misterioso, y así da el caso por
Hay un déficit de futuro. Porque a los hijos, por primera vez, les espera un porvenir peor que el de sus padres, y esa frustración se da de bruces con lo que hemos conocido por progreso, que nos permitía alardear de estar en continua evolución cuando todo este mundo se nos hacía chico y alentábamos la idea de mudarnos de planeta
Hasta que tuve la necesidad imperiosa de conocer a mi doble, no me lo había tomado en serio.
Cuando voy a América me siento como en casa. Y voy a menudo por razones familiares, pero desde los años 70, por pura vocación, tengo la suela ya americanista. “Carlos Andrés Pérez era un buen presidente, porque robaba y dejaba robar”, me dijo aquel taxista por las calles de Caracas cuando me dirigía, precisamente, hacia
Puestos a pensar en voz alta, me he quedado hablando solo ante la opereta de líderes y lideresas de la repugnante precampaña gala, la circense pugna en Podemos tras el caos de la bicefalia Iglesias-Errejón, y toda la epidemiología que ataca a los partidos con sarnosos rumores de espadas