Puerto de la Cruz

Betancourt, el Da Vinci canario

Se cumplen 260 años del nacimiento de uno de los tinerfeños más universales, el científico portuense Agustín de Betancourt y Molina, considerado el padre de la ingeniería civil

Canarias y Rusia tienen algo en común, un vínculo que poca gente conoce: los hermana desde hace casi tres siglos uno de los científicos más brillantes de la historia, un ingeniero canario. El pasado 1 de febrero se cumplieron 260 años del nacimiento en el Puerto de la Cruz de Agustín de Betancourt y Molina, considerado el más universal de los científicos de las Islas. Sus importantes aportaciones en los ámbitos de la técnica y de la ciencia le proporcionaron en su época una proyección y relevancia internacionales, y un renombre que dejó profunda huella en España, en Francia, en Inglaterra y, sobre todo, en Rusia, donde trabajó al servicio del zar durante 16 años, y donde murió en 1824.

En opinión del historiador Rumeu de Armas, Agustín de Betancourt “fue el máximo responsable de la tecnología española en el siglo XVIII”, y su biógrafo Alejandro Cioranescu concluye su obra sobre el sabio portuense afirmando “que tiene méritos sobrados para ocupar un sitio de honor entre los clásicos de la ciencia mundial”. Para muchos, Betancourt es el padre de la ingeniería moderna en España y se le venera “como un auténtico patrón laico de los ingenieros españoles”. Fue un visionario de polifacética inteligencia que con sus obras públicas y geniales inventos, al más puro estilo de un Leonardo da Vinci, contribuyó al progreso de la humanidad en general, en particular de España y, especialmente, de Rusia, donde aún en la actualidad se le venera como una eminencia propia; hasta se le rebautizó Agustín Agustinovich.

Tal es así que cuando el expresidente soviético Mijail Gorbachov visitó España después de la Perestroika, resumió de esta manera lo que representa para los rusos Agustín de Betancourt: “Llego a un país del que tengo inmejorables referencias. Vengo a una España en la que nació el más ilustre colaborador que jamás ha tenido Rusia”.

La vida del segundo de los hijos del teniente coronel Agustín de Betancourt y Castro y de la aristócrata Leonor de Molina y Briones-Monteverde, una familia de la nobleza media-alta del Tenerife del siglo XVIII, se desarrolló en el contexto de la Ilustración y en un momento histórico marcado por dos revoluciones: la Francesa y la Industrial.

Educado en un ambiente culto y refinado, su madre le enseñó francés y su padre le introdujo en las ciencias. Más tarde estudia en el convento de los Dominicos de La Orotava. Pero lo que más le influyó en su vocación científica fue la asistencia a las famosas Tertulias de Nava, en La Laguna, acompañando a su padre y a su hermano mayor, José. Ahí se impregnó desde pequeño del ambiente intelectual y liberal francés que llegaba a la Isla.

Con 20 años abandonó su Tenerife natal, adonde nunca más regresó, a pesar de varios viajes programados. Después de formarse en Madrid -estudió en la Academia de Bellas Artes y era un consumado dibujante- y París, y conocer a celebridades como su paisano José de Viera y Clavijo, el célebre pintor Francisco de Goya o los franceses Lagrange, Laplace, Carnot, Lavoisier y Louis Proust, Agustín de Betancourt fue fundador y primer director de la Escuela de Ingenieros de Caminos y Canales de España y fundador del Real Gabinete de Máquinas de Madrid.

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Investigador polifacético. En 1783 se sumó a la carrera aerostática que iniciaron los hermanos Montgolfier y lanzó en Madrid, en presencia de Carlos IV, el primer globo aerostático de España

Sus vastos conocimientos en materia hidráulica y mecánica y su incansable afán investigador le impulsaron a inventar y construir el telégrafo óptico entre Madrid y Cádiz, y la draga y la esclusa en émbolo buzo, entre otros muchos ingenios revolucionarios para su época. En 1783 lanzó el primer globo aerostático de España, en presencia del rey Carlos IV. Tras su visita a Inglaterra se convirtió en un pionero de los estudios sobre las máquinas de vapor y, junto al ingeniero matemático Prony, se le considera precursor de la aún inexistente termodinámica.

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En 1808, en colaboración con José María Lanz, escribió el Ensayo sobre la composición de las máquinas, el primer tratado moderno de mécanica. Además, elaboró un informe para la mejora de la explotación de las minas de Almadén y en París presentó una memoria ante la Academia Francesa sobre la purificación del carbón de piedra. Fue un hombre versátil y de vanguardia, en todos los sentidos. Incorporó en sus proyectos conceptos novedosos, como la ingeniería ecológica y la tecnología integrada en la naturaleza.

Precisamente, su compromiso con el medio ambiente, aparte de razones políticas, fue lo que le distanció de la Corona española. Un informe contrariando al primer ministro Manuel Godoy, sobre una finca de su propiedad, el Soto de Roma, regalo de Carlos IV, donde achacaba la culpa de unas tierras pantanosas a la deforestación salvaje acometida en los márgenes del río, le enemistó irreversiblemente con el favorito del rey.

En 1807 Agustín de Betancourt se exilió voluntariamente a Rusia. Allí fue nombrado por el zar Alejandro I mariscal de campo y jefe del Instituto del Cuerpo de Ingenieros de Vías y Comunicaciones. Caballero de la Orden Imperial Rusa de San Alejandro Newski, a partir de 1819 ocupó la dirección general del departamento de Vías de Comunicaciones del Imperio ruso.

Fundó la Escuela de Puentes y Calzadas de Rusia y la Universidad de Vías de Comunicación de San Petersburgo. Participó en la ampliación y reforma de la catedral de San Isaac, y construyó toda la maquinaria del edificio de la Moneda de San Petersburgo y los edificios de la Sala de Ejercicios Ecuestres (Picadero) de Moscú, de la Feria de Nizhni Nóvgorod -su obra cumbre y la más querida por el autor- y el primer puente de arco de Rusia.

Tras caer en desgracia por las envidias y confabulaciones cortesanas, presentó ante el zar la dimisión de todos sus cargos y se refugió en otra de sus pasiones, la pintura. Poco después, el 14 de julio de 1824, murió en San Petersburgo, a los 66 años de edad. Sus restos descansan en el cementerio de Lazarevski. Su descendiente tinerfeño Juan Cullen asegura que “murió de pena”, después de perder injustamente el favor del zar y, sobre todo, por la muerte repentina de su hija Carolina en un parto. A pesar de todo el talento, el prestigio y el poder del que gozó a lo largo de su vida, murió sin fortuna.

Amílcar Martín Medina escribe en su biografía que “con la perspectiva del tiempo, la figura de Agustín de Betancourt y Molina emerge en toda su grandeza. Exigente consigo mismo, su dedicación al trabajo y al bienestar general de los pueblos es un ejemplo a seguir (…). España no supo retenerlo, como ha sucedido con otros hijos ilustres, porque en este país los hombres de ciencia no han gozado, ni gozan hoy en día, de la consideración debida a su prestigio. En Rusia, su segunda patria, dejó profundas huellas que aún perduran. Agustín de Betancourt está considerado como un gigante que superó los estrechos y artificiales límites de las naciones y pueblos para convertirse en ingeniero y benefactor universal”.

Una frase del propio Agustín de Betancourt resume el talante excepcional de este hombre, trabajador incansable y genial, que permaneció toda su vida comprometido con sus ideales y con el bien público: “Cuando se hace ciencia sin tener otro objeto que el de hacer brillar el genio del que lo cultiva, cuando esta no se aplica a las necesidades humanas, podemos afirmar que su utilidad es muy limitada”. Ese era el pensamiento y el talante de este sabio canario y universal.