Riñas de gallos: su edad de oro en las Islas

La ley de 1991, que quiso tumbar la tradición, ha traído el asociacionismo a una práctica que en Canarias presenta características únicas

Fotos FRAN PALLERO

En su mejor momento. Superados los envites lanzados por los prohibicionistas, las riñas de gallos viven una edad de oro en Canarias, donde esta tradición se remonta, al menos, a unos tres siglos. Y curiosamente ha sido la mayor amenaza para su existencia, una ley autonómica de protección de los animales promulgada en 1991, el pistoletazo que fomentó el asociacionismo y por ende la modernización en las galleras, hoy presentes en todo el Archipiélago salvo en La Gomera.

Más de 1.000 criadores cuentan con su licencia de la Federación Gallística Canaria, lo que les permite competir en torneos que superan el ámbito insular. Ello implica que todos cuenten con su correspondiente seguro y se ciñan a las normas de una federación que, tal y como explica su presidente, José Luis Martín, avanza inequívocamente hacia la adaptación de las riñas a la sociedad de nuestros días. Se traduce en la paulatina aceptación de medidas para la mayor protección de los animales y mejoras que elevan el interés de los torneos.

Los números
Los más de 1.000 federados en Canarias para las riñas se reparten en el cerca del medio centenar de galleras existentes en seis de las siete islas. La Palma, con 15, es hoy día la isla con mayor afición, pero hasta El Hierro cuenta ya con cuatro, mientras que Gran Canaria y Tenerife mantienen la afición en las zonas donde siempre se practicó. Otro dato revelador: este año se celebra el trigésimo Campeonato de Canarias, que siempre se celebra en el domingo más cercano a la festividad del 30 de mayo. La gallera de Gáldar es la actual campeona, mientras que El Paso defendió el orgullo palmero, Isla que presume de ser la que más entorchados regionales ha obtenido. Añadir que hay competiciones individuales o de casteadores y de por equipos o contratas, pero en todo caso siempre bajo las reglas federativas.

Verdades y mentiras
Olvídense de cuchillas en los espolones, combates a muerte o mafias de apuestas. Nada más lejos de la realidad frente a lo que ofrecen las riñas de gallos en Canarias, donde esta práctica extendida por medio mundo (ya el Imperio romano la propagó por donde llegó) cuenta con características únicas, incluso hasta en el singular atusado (pelado), que solo se practica en nuestras islas.

Sobre la violencia, el respeto al animal preside la acción federativa con el pleno apoyo de los galleros con más peso, de tal modo que un gallo -lejos de la creencia popular- repite en los torneos pierda o gane durante sus años hábiles. Tampoco se desprecia al animal que sufre heridas, ya que los galleros cuidan de los mismos por mucho que ya no puedan combatir. Respecto al dinero, permitirse esta afición no está al alcance de cualquier bolsillo, y los premios en metálico no son una fuente de enriquecimiento sino que palían ese gasto constante.

Por qué perviven
Un dato fundamental: el hombre no provoca la pelea entre los gallos, sino que es fruto de su instinto animal. Es el gallero quien evita que, cuando cumplen entre cinco o seis meses, se desate una guerra sin cuartel entre los propios hermanos. Basta con abrir la puerta a uno de estos animales para comprobar que obviará hasta la comida para dirigirse al encuentro del gallo más próximo para enfrentarse al mismo.

El preámbulo de la ley canaria del 91 desvela su intención de acabar con las riñas prohibiendo el acceso a los menores y el apoyo de las instituciones públicas, pero perviven por tradición y mejoran por que se han modernizado.

No es la primera vez que eluden el prohibicionismo. Siendo gobernador civil tinerfeño, Arias Navarro lo intentó. No contó con que el todopoderoso ministro de la Gobernación, Blas Pérez, era gallero, hijo de gallero y nieto de gallero. Tras un broncazo épico, Arias Navarro fue destituido…

Se les controla la dieta, reciben hasta masajes…pero el ojo del experto cuenta
Conocimiento y solera se funden en la Gallera Anaga, con ese vínculo natural propio al entorno campestre. De primera mano se comprueba que a un antiguo campeón, inservible para la pelea tras un desafortunado lance, no se le da de lado, sino que es el primero que come. El menú se ajusta a la necesidad del animal y su configuración tiene en cuenta las propiedades de cierta fruta o de aquella verdura. Otro campeón, alejado de la riña por edad y de la reproducción por consanguinidad, aporta al cumplir una curiosa misión: cuida de los polluelos que, entre los dos y los cinco meses, se crían en libertad vagando a sus anchas por un monte situado junto a la gallera. Los candidatos a la próxima riña reciben hasta sesión de masaje, y el seguimiento de su peso o la respuesta al entrenamiento recuerda al deporte de elite. Pero por mucho que cumpla con los parámetros adecuados, también importa si bebe mucho o quizás anda de plumas caídas… ¡El ojo del experto también cuenta!

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