
Ocupa la presidencia del organismo que concede en España las banderas azules, el galardón ecológico más antiguo del mundo en materia turística, creado en 1985 por la Federación de Educación Ambiental, que integran 55 países. Biólogo y prolífico autor de divulgación científica y desarrollo sostenible, ha participado esta semana en la tercera edición del Festival Arona Son Atlántico. A sus 71 años, José Ramón Sánchez Moro define el mar como “el mayor espectáculo del mundo” y se refiere a las playas como un “derecho ciudadano gratuito”.
-Ha venido a la Isla para participar en el Festival Arona Son Atlántico. ¿Qué le parece la apuesta ambientalista de este certamen?
“Unir aquello que engrandece el espíritu del hombre, en este caso el respeto del patrimonio natural, está bien, y en ese sentido propuestas como esta merecen un reconocimiento. 2017 será el año mundial del turismo sostenible y tendremos una gran oportunidad para comprender que el turismo, siendo una fuente económica y de creación de trabajo muy importante, es mucho más que eso. Mil millones de personas viajan al año y son un enorme potencial para descubrir y respetar otras culturas y para limitar que se haga un uso razonable de los recursos naturales”.
-En 1980 usted y varios amigos organizaron un seminario en Lanzarote y Tenerife sobre educación ambiental y turismo en islas, que fue el primero de un ciclo de encuentros internacionales. ¿Aquella reunión fue el embrión de las banderas azules que llegarían años después?
“Totalmente. Vinimos aquí gracias a José Miguel González, entonces director de Icona, Juan Carlos Carracedo, Antonio Machado, Vicente Araña y César Manrique, que nos acompañaron en aquel esfuerzo. Entendimos que teníamos que crear algo nuevo y distinto, sobre el filo de la navaja, siendo críticos pero desde la construcción, uniendo lo público y lo privado, con una visión global y procurando prevenir más que curar. Ya éramos conscientes de que disponíamos de unos recursos limitados que había que distribuir entre unas necesidades (ecológicas, económicas y sociales) ilimitadas”.
-Hoy, 36 años después de aquel seminario, Canarias bate récords de turistas. Este año llegarán 14 millones de visitantes. ¿Se debería establecer un tope turístico?
“Sabemos que hay una sobreexplotación del recurso turístico en algunas poblaciones. Si esto no se corrige acabarán como destinos maduros del tipo Acapulco o Río. Cada lugar tiene una capacidad de carga, eso quiere decir que lo que se produce y lo que se consume pueden ser repuestos. Yo puedo talar árboles siempre que plante tantos o más. Cuando se sobrepasa la capacidad de carga, más pronto que tarde todo el conjunto del destino pierde atractivo y entra en una vorágine complicada, porque vendrán menos turistas, habrá que bajar los precios, la calidad descenderá y aumentará el paro. Creo que Canarias todavía tiene una oportunidad de saber que las cosas deben ser económicamente viables, racionalmente ecológicas y socialmente equitativas y aceptables”.
-Últimamente, los operadores turísticos parecen haber acuñado una nueva modalidad: el turismo de experiencias, y parece que lo de ‘sol y playa’ empieza a sonar a otra época. ¿Qué le parece?
“La clase trabajadora ha tenido acceso a las vacaciones pagadas antes de ayer. Muchos ancianos españoles no han descubierto la playa hasta que sus nietos o la Seguridad Social les han llevado a descubrirla. Recuerdo una vez, aquí en Canarias, que me acerqué a un agricultor que estaba en su finca de plataneras en lo alto de un acantilado frente al mar y le pregunté qué le parecía la playa que estaba abajo, al final del barranco, y me respondió: ‘Nunca tuve curiosidad de bajar’. Quiero decir que la playa es un lugar de descanso y de ocio muy reciente. Antes era el lugar donde embarrancaban embarcaciones, un lugar traicionero por el desconocimiento del calado”.
-¿Canarias tiene las banderas azules que le corresponden?
“Lo que tiene es muchas menos playas de lo que parece. Son islas volcánicas donde las costas entran en una gran pendiente en el mar. Sí tienen un uso muy intensivo, lo cual supone que sea más difícil de cuidar y cuentan con unas condiciones climatológicas que son las que son. ¿Podría tener más? Sí. ¿Podría mejorar? Sí. Galicia, por ejemplo, tiene la cuarta parte de todas las playas españolas. El litoral español se extiende por unos 8.000 kilómetros y sólo una cuarta parte son playas. Son, concretamente, 3.000, a una media de unos 650 metros”.
-La bandera azul, en sus inicios, se asociaba a una óptima calidad del agua. En cambio, ahora las condiciones para optar a una enseña son mucho más exigentes…
“Lo que al principio era una excepción, un privilegio, lo hemos convertido en un derecho ciudadano. A mí me da vergüenza que los criterios en 1987 eran tan elementales como que existiera un sitio donde tirar una basura, una rampa que no rompiera las piernas de los bañistas, la presencia de un socorrista y que el agua fuera apta para el baño. Pero ¿en qué país civilizado hay que dar un premio por no robar? Afortunadamente esos criterios han ido evolucionando. Lo que antes para un ayuntamiento era un símbolo de privilegio, ahora se ha convertido en una desgracia no tenerlo o, por lo menos, perderlo. Ojalá la bandera azul se haga innecesaria el día de mañana, porque significará que habremos llegado a una situación de normalidad”.
-¿Hay criterios distintos para playas naturales y artificiales?
“Lo que no se puede es hacer una playa donde todos los técnicos han dicho que la costa se está hundiendo o donde las mareas se llevan toda la arena, lo que obliga a remozarla todos los años, pero también es cierto que la gente tiene derecho a disfrutar de una playa artificial para evitar desplazarse más de 50 kilómetros. En cualquier caso, el concepto de playa no existe para la Unión Europea, existe el concepto de zona de baño”.
-¿Cuál sería su playa ideal?
“A mí hoy me gustaría ver playas libres de humo, de ruidos, de ventas, con conexión a Internet, promotoras de cultura y de salud, que fueran lugares de encuentro y de acogida. Lo que tengo claro es que la playa es un bien común, un espacio público que tenemos que aprender a compartir, no solo con nuestros contemporáneos, sino con las generaciones futuras. Si no entendemos su escasez creciente y su fragilidad, puede que las próximas generaciones no puedan disfrutarla”.
-¿Le preocupa los efectos del calentamiento global y sus consecuencias sobre las costas?
“Naturalmente, pero no tanto porque suba el agua un metro y se pueda sumergir una parte de España o desaparezcan los atolones del Pacífico, sino porque el cambio climático es como la fiebre, es un síntoma de un maltrato a la naturaleza, de una ruptura de sus equilibrios. La proporción de agua potable para la Humanidad es una pequeña proporción del agua disponible, pero si esa pequeña proporción la desperdiciamos o la contaminamos, llegará un momento en que solo tendremos agua para la supervivencia de los ricos y privilegiados, que la defenderán con armas. La guerra del agua sustituirá a la guerra del petróleo”.
-¿Siguen existiendo presiones políticas desde los ayuntamientos y otros estamentos en la concesión de banderas?
“Al principio sí, hasta que se convencieron que era absolutamente contraproducente. Antes, la gente se presentaba por si colaba. Ahora ya saben que no vale la pena perder el tiempo. Hay una cosa que puedo decir con cierto orgullo: Hemos quitado banderas azules donde veraneaba gente muy importante y no ha pasado nada. Debo decir que las autoridades y la prensa, salvo alguna excepción, han entendido que éramos un aliado leal, es decir, que decimos la verdad, actuamos con transparencia y, además, en el jurado están todas las comunidades autónomas y universidades. Pero es bueno recordar que yo no doy las banderas azules, las da un jurado internacional y existen inspecciones aleatorias sin avisos. Llevamos 30 años y dice un refrán que se puede engañar a mucha gente poco tiempo o a poca gente mucho tiempo, pero si engañáramos a 73 países durante 30 años seríamos unos genios”.
-¿La bandera azul es un negocio?
“Es el mayor negocio que el turismo español ha hecho nunca. Cada candidatura le cuesta a los contribuyentes españoles unos 200 euros, incluyendo el trapo, las inspecciones, el seguimiento de las quejas, los informes, las ruedas de prensa, los jurados internacionales, los cursos, etc. La relación precio-calidad es inigualable”.
-¿Qué es el mar para alguien que lleva entregado a él más de tres decenios?
“Es el mayor espectáculo del mundo y la mayor fuente de salud pública”.




