
Cerca de 300 años después de su fallecimiento, la Siervita sigue despertando gran devoción entre los fieles, quienes, cada 15 de febrero -tal día como mañana-, forman largas colas a las puertas del lagunero convento de Santa Catalina de Siena, desde bien temprano y haga frío o lluvia, para rendir culto y rezar ante el cuerpo incorrupto de Sor María Jesús de León, más conocida como la Siervita (1643-1731). Y para pedirle algún tipo de ayuda, ya que durante toda su vida arrastró fama de santidad, que se acrecentó tras su muerte con la conservación natural de su cuerpo y una serie de supuestos milagros que se le atribuyen. Por todo ello, en 1992 el obispo Felipe Fernández inició el proceso de su beatificación, por tercera vez desde su fallecimiento, y que aún está por resolverse.
Sor María de Jesús de León Delgado nació en El Sauzal el 23 de marzo de 1643, siendo la cuarta hija de un matrimonio humilde. Tras la muerte de sus padres, sus tíos Catalina Delgado y Miguel Pérez, que vivían en La Laguna, se hicieron cargo de ella. “María de Jesús fue pobre desde su niñez y, ya adulta, continuó siéndolo por libre elección, depositando toda su confianza en Dios y no acomodándose a la holgura económica del hogar de sus tíos, quienes, sin consultar con ella, otorgaron testamento a su favor. Dispuesta a consagrarse a Dios en la vida contemplativa de clausura y en estricta pobreza, renunciando a la dote que le ofrecían sus tíos, logra ser admitida en el monasterio de Santa Catalina de Siena”, según información publicada por el propio convento.
AMARO PARGO
Un episodio de su vida que destaca es su conocida relación con Amaro Rodríguez Felipe, más conocido como el corsario Amaro Pargo. “Era una relación espiritual, ella le daba sus consejos y su oración, su apoyo, su estímulo y su amistad. Era una relación especial”, afirma Sor María Cleofé, superiora del convento de Santa Catalina. Amaro Pargo era un gran benefactor de la Iglesia, de hecho, “hay pasos procesionales cedidos por él, como la urna de plata del Señor Difunto”, apunta Pedro López, presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías de La Laguna.
La Siervita murió el 15 de febrero de 1731, a los 88 años, y “la noticia de su fallecimiento se divulgó en la ciudad antes de que lo percibieran las religiosas que se encontraban junto a su lecho. Hubo una auténtica conmoción popular en torno al monasterio, con lamentaciones, a la vez que la aclamaban como Sierva de Dios y santa”.
A los tres años de su fallecimiento, su cuerpo fue exhumado y se descubrió que estaba incorrupto, por lo que fue depositado en un artístico sarcófago policromado en el coro bajo del convento.
“Esa mujer fue una gran amiga de Dios, como lo son todos los santos, y ella entró aquí con fama de santidad. La priora que la recibió escribió su biografía religiosa y el padre Andrés de Fuentes, su biografía de seglar. Y murió también con esta fama, tanto es así que han pasado 286 años desde su muerte y se la sigue recordando con gran veneración”, destaca Sor María Cleofé. “Tenía algo de espiritualidad que sobresalía por entre el resto de las personas, en una época en la que la ciudad contaba con cinco conventos, y ese sentimiento entre los laguneros ha perdurado a lo largo de los años”, destaca Pedro López.
La Siervita cuenta en la actualidad con una Casa Museo en su Sauzal natal y con otro en el convento, aunque actualmente está cerrado. Una vez finalicen los trabajos de rehabilitación de la última fase, previsto para final de año, se trasladen sus objetos a la celda-oratorio de la Siervita y se acondicione esta zona como museo, se volverá a abrir al público.

“El milagro de la Siervita es que despierta en nosotros la sensibilidad religiosa”
El obispo Felipe Fernández inició en 1992 la causa del proceso de beatificación de la Siervita, aún por determinar. Pero no es la primera vez que se inicia, ya se intentó en 1826 pero se tuvo que interrumpir en 1832 “por el proceso desamortizador y persecutorio de la vida religiosa”, explica Juan Pedro Rivero, sacerdote diocesano de Tenerife y máximo conocedor de esta causa. Después se intento retomar a principios del siglo XX, pero “tampoco concluyó en nada”, hasta 1992, cuando se reinició por tercera vez.
“La fase diocesana está concluida y aprobada, y estamos en la fase romana del proceso -señala-. Este tipo de procesos, al ser histórico y en el que los testigos ya no están, tienen cierta dificultad, pero vamos por buen camino. El pasado mes de noviembre estuve en Roma hablando con el relator de esta causa y regresé con renovadas esperanzas. No me atrevo a dar una fecha, pero tengo mucha esperanza en ello”.
Sin embargo, en 2011 el Vaticano no reconoció los milagros atribuidos a la Siervita. En este sentido, Pedro López señala que “a veces habría que valorar en qué medida tenemos que sustentar la beatificación en base a unos milagros”. “Creo que tenemos que valorar qué mostró -añade-, como donó su vida a la ciudad, a todos los devotos, y como su espíritu ha quedado entre la gente y, sobre todo, como su ejemplo ha hecho que mucha gente tenga una cercanía mucho más importante hacia el cristianismo”. “Creo que esto es casi más importante que el hecho de que haya milagros, y que sería más motivo para ser canonizada”, enfatiza.
Según Juan Pedro Rivero, el argumento “fundamental” para su beatificación es “la fama de santidad y las virtudes que vivió en su vida”. “Era un ejemplo de vida cristiana y lo es también para nosotros hoy. Es curioso que una monja de clausura, retirada del ritmo ordinario de la vida, tenga tanto que decirle al ser humano del siglo XXI”, destaca.
“El milagro de la Siervita -continúa- es que despierta en nosotros la sensibilidad religiosa. No elimina nuestros problemas, sino que nos da testimonio de que la gracia es capaza de hacernos fuerte en los problemas”.




