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Cuando se intenta asesinar a Franco

El dictador murió en la cama tras 40 años en el poder, a pesar de los 17 intentos frustrados de acabar con su vida, el primero de ellos, en el Palacio de Capitanía de Santa Cruz de Tenerife
Franco pasea entre vítores por Santa Cruz en 1950. ANTONIO BENÍTEZ

Hasta en 17 ocasiones, que se sepa, estuvo Francisco Franco Bahamonde en el punto de mira de los asesinos, pero ni una sola de esas ocasiones se vio coronada con el éxito y el dictador murió en la cama tras 40 años de haberse autoproclamado generalísimo de todas las Españas. Hubo de todo con tanto atentado, pero nada habría sido igual si el primero hubiera consumado el asesinato del entonces relegado general, enviado a Canarias por temor a su posible implicación en un golpe de Estado contra la II República que, como por todos es sabido, finalmente tuvo lugar. Cuatro días antes de lo que la propaganda de la dictatura llamó el Alzamiento Nacional, tres pistoleros anarquistas lo intentaron en la capital tinerfeña. Esta es su historia.

“Socorro, auxilio”

Es fácil imaginar este grito de alerta con la voz aflautada del militar gallego en plena noche al observar cómo tres desconocidos pretendían acceder a sus habitaciones por una escalera situada en el patio interior del santacrucero Palacio de Capitanía, pistola en mano, pero tampoco lo sabremos nunca con certeza. Como era previsible, los historiadores afines a Franco describen de forma bien distinta la escena, dentro de la clásica glorificación debida a quien se encuentra por encima de la ley, a tal punto que alguno exagera hasta relatar que, prácticamente, se limitó a darse la vuelta en la cama en señal de menosprecio a lo acaecido.

Pero lo que sí sabemos es quiénes eran esos tres pistoleros, por supuesto anarquistas en aquella Santa Cruz de Tenerife donde, quién lo diría tiempo después, el rojo y negro de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) estaban tan en auge.

El cerebro

El más destacado de los tres era Antonio Vidal, un intelectual de cierto nivel que se ganaba la vida como escultor en la capital tinerfeña desde hacía lustros. Aunque hay quien atribuye a Vidal solo el papel de cerebro, otros le sitúan en la escena del crimen frustrado. Su historia llega, rocambolescamente, hasta nuestros días, dado que Vidal logró huir de la Isla gracias al apoyo dado por Rubens Marichal, exconsejero insular del Partido Radical, que le facilitó un velero. A Marichal lo condenaron a 20 años de reclusión por ello, pero su primo, el poderoso armador Álvaro Rodríguez-López, pagó su rescate con la donación al Ejército de unos terrenos en Hoya Fría que, 80 años después, aún son motivo de litigio entre la familia y el Gobierno de España.

El tinerfeño

El único natural de la Isla de los tres fue Antonio Tejera Alonso, que nació en 1907 en la capitalina avenida de San Sebastián y murió en 1987 tras una vida de película que lo llevó, como tantos exiliados, a América, donde también trabajó por la revolución. Conocido como Antoñé, gracias a un libro publicado por su compañero de miserias en el Penal de Santa María, el también tinerfeño Antonio Rodríguez Bethencourt, sabemos que fue condenado a 30 años de prisión por un crimen que no cometió (el asesinato de un terrateniente), que sufrió numerosas palizas y tres fusilamientos simulados y que, volviendo de América preso, logró fugarse tirándose al mar y siendo rescatado por pescadores de Cabo Verde.

A buen seguro que uno de los mejores momentos de la vida de Tejera fue cuando pudo conocer al mito del anarquismo español por excelencia, Buenaventura Durruti, que su compañero de celda localiza en una celda de Albacete.

El catalán

El tercero de los pistoleros (dando por bueno que Vidal era uno de ellos, además del ideólogo del atentado) era Martí Serarols i Treserras, al que algunos autores denominan de forma errónea como Serasols y que era conocido como Pepe el Catalán.

Aunque, al igual que sus dos compañeros en aquella madrugada del 14 de julio de 1936 pudo escapar de Capitanía sin ser reconocido, Martí Serarols fue el peor parado del trío, ya que fue fusilado el 9 de enero de 1937, dos semanas antes de que otros 19 dirigentes del anarquismo santacrucero cayeran igualmente ante las balas del pelotón en la batería del Barranco del Hierro, tal y como nos recuerda Julián Ayala, imprescindible a la hora de iluminar el período de represión vivido en las Islas por aquellos años.

Por la declaración de Martí Serarols tras su arresto por los golpistas, y que conocemos a través de la recopilación de Pedro Medina Sarabia, sabemos que llegó a la capital tinerfeña desde Barcelona en 1934 huyendo tras el fallido golpe de Estado de izquierdas de octubre de aquel año, y que pronto conoció a su compañero de filas Vidal.

La cómplice

Un cuarto personaje se antoja fundamental a la hora de recordar este primer atentado contra Franco. Se trata de una mujer, María Culi Palou, una catalana de 42 años y residente en Santa Cruz de Tenerife a la que todos conocían como Maruca. Era la propietaria del restaurante Odeón, ubicado en la Rambla Pulido, donde ahora hay una cochera que es parte de las instalaciones militares. Desde aquel local vigilaron la plaza y desde la azotea de esa cantina partieron hacia un destino que no resultó como imaginaban. Como el resto de los implicados, a Maruca tampoco le sonrió ese destino, por mucho que nadie les acusara ante un tribunal sobre el fallido crimen.

Harto conocida su militancia izquierdista, fue juzgada en aquel enero de 1937 en que los alzados ajustaron sangrientas cuentas con el anarquismo santacrucero, como ya se apuntó. Junto a otros 60 compañeros de utopía roja y negra, la también catalana, como Vidal y Serarols, fue condenada el 11 de dicho mes a prisión, donde permaneció muchos años. Su delito formal fue servir de enlace con agentes extremistas.

Franco, poco antes del atentado, en la famosa cita de Las Raíces. DA

La puerta que no estaba abierta y el supuesto traidor

Resulta harto aventurado valorar los motivos por los que fracasó el atentado de los tres pistoleros anarquistas contra el entonces comandante general de Canarias, Francisco Franco, apenas cuatro días antes de que se produjera el golpe de Estado que desembocó en la sangrienta guerra civil española (1936-1939).

Las versiones ofrecidas por los organizadores responsabilizan del fracaso a un supuesto traidor que acudió a la reunión clave del Comité Confederal de Canarias y la Federación Anarquista Ibérica (FAI) donde se ultimaron los planes y que, temeroso de las represalias, alertó a los militares.
Sin embargo, que los efectos del chivatazo se redujeran simplemente a que los pistoleros encontrasen cerrada una puerta de acceso a las dependencias donde dormía Franco que suponían abierta no termina de resultar coherente.

Sí se da por bueno que los tres anarquistas contaron con la ayuda de Maruca, una catalana que regentaba un restaurante contiguo al Palacio de Capitanía y que, desde allí, lograron entrar en el recinto militar. Como remedio al inesperado obstáculo de la puerta cerrada, optaron por encaramarse a la parte alta con una escalera que hallaron en el patio interior, pero fue allí donde su presencia fue descubierta. Sin apenas disparar un tiro, tuvieron tiempo de poner pies en polvorosa.

Ninguno de los tres, Antonio Tejera, Martí Serarols y (quizá) Antonio Vidal, fue juzgado nunca por estos hechos, aunque desde luego pagaron su militancia anarquista tras el triunfo de los franquistas. Serarols fue fusilado al año siguiente, Tejera sufrió tortura, prisión y exilio, mientras que Vidal, tras lograr huir de la Isla en un velero, siguió su lucha en la Península, siempre del bando de los derrotados. Falleció en la década de los 60.

Más en Canarias

En el relato difundido en el diario Público por Alejandro Torrús sobre los atentados contra Franco figuran otras dos tentativas en Canarias, que se sucedieron antes de que el general lograse volar hacia África desde Gran Canaria para ponerse al frente de las tropas sublevadas.

Apenas un día después del suceso de Capitanía, Franco marcha a Las Palmas con la excusa del entierro del general Amadeo Balmes. En la noche del 16 de julio se embarca en el Viera y Clavijo, barco donde arrestan a Amadeo Hernández, luego acusado de querer asesinar al militar por orden del Frente Popular. Aunque solo le imponen cuatro años de cárcel, fue fusilado junto a otros tres republicanos, a su vez acusados de querer volar el Hotel Madrid cuando Franco pernoctaba en el mismo.

El mismo 18 de julio de 1936, Franco inicia su histórico viaje hacia África desde la Base Aérea de Gando, pero en el último momento evita la vía normal, que es la carretera del Sur. Allí le esperaba una emboscada con hombres armados de la que, con el tiempo, se llegó a responsabilizar a Juan García Suárez, alias el Corredera.

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