Las escolleras del despegue turístico del Sur

Los diques de Troya, construidos con una técnica revolucionaria por los ingenieros Amigó y Olcina hace medio siglo, fueron decisivos para la formación de las primeras playas de arena natural en Las Américas
Playa de Troya, en Tenerife.
Medio siglo después, Troya I,
Troya II y El Bobo, en Playa de Las Américas, están entre las zonas de baño más seguras de la isla de Tenerife. Fotos: SERGIO MÉNDEZ

Cerremos los ojos y tiremos de imaginación. ¿Somos capaces de visualizar lo que conocemos como Playa de Las Américas hace más de 50 años, cuando no había absolutamente nada? ¿Es posible borrar de golpe de nuestra mente una de las mayores -y mejores- plantas hoteleras y extrahoteleras de Europa, visitada por más de cuatro millones de turistas al año, y sustituirla durante unos segundos por un inmenso erial reseco e inhóspito?

Pues esa llanura árida de tierra, piedras, polvo y tabaibas desecadas fue el paisaje que presenciaron, en 1965, los ojos del industrial catalán Rafael Puig Lluvina y su hijo Santiago, artífices de lo más parecido a un milagro urbanístico y económico años después. Donde todos veían un desierto, ellos contemplaron un oasis con unas posibilidades turísticas que entonces sonaban a temeridad.

Aquellos terrenos, propiedad de Antonio Domínguez, en los que había fijado su mirada el empresario constructor Luis Díaz de Losada, que fue quien contactó con la familia Puig, estaban en el centro de la nada. Sin carreteras, sin agua, sin luz y sin playas, pero con el mejor clima de la Isla, que fue lo que cautivó a los inversores. Allí se construiría la gran sala de máquinas de Tenerife para los próximos decenios.

Constituida la sociedad urbanizadora y promotora Playa de Las Américas, de entrada se acometieron, con capital privado, dada la pasividad de las instituciones, las obras prioritarias: conducciones de agua, alumbrado público, telefonía y vías de acceso, entre otras infraestructuras básicas. Pero faltaba el principal atractivo para atraer turistas: la playa.

El constructor propuso entonces a la familia Puig encargarle el proyecto a los ingenieros de caminos Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina. Aceptaron y sobre ambos recayó la responsabilidad de construir la piedra angular de aquella gran utopía que daba sus primeros pasos a pesar de todas las dificultades. De su éxito dependía la viabilidad de la gran apuesta económica del Sur. “Recuerdo el gran temor que teníamos de que aquello no saliera bien, porque había mucho en juego y nos habíamos comprometido con la familia Puig para afrontar ese enorme reto”, rememora Juan Alfredo Amigó.

Dadas las condiciones de la costa, ambos ingenieros se decantaron por la construcción de unos diques que, colocados en una determinada posición, facilitarían que las mareas fueran las que aportaran de forma natural la arena para la playa, sin necesidad de traerla desde otros sitios en gabarras o en camiones. “Era un sistema novedoso, complejo técnicamente, pero tenía una gran ventaja: la arena la traía y distribuía el propio mar, lo cual suponía la solución más económica para el proyecto. El único inconveniente que presentaba es que un cambio puntual de corrientes se podía llevar parte de la arena”, relata Juan Alfredo Amigó.

Medio siglo después, Troya I,
Troya II y El Bobo, en Playa de Las Américas, están entre las zonas de baño más seguras de la isla de Tenerife. Fotos: SERGIO MÉNDEZ

La complejidad de la obra y lo que estaba en juego les llevó a probar el sistema en el mejor laboratorio europeo que existía entonces, en Grenoble (Francia), donde se reproducían las condiciones exactas de las mareas y los vientos. Allí se practicaron las simulaciones correspondientes para cerciorarse de que el sistema de “modelo reducido” que proponían funcionaba. “En aquellas visitas realizábamos nuestros cálculos en función del oleaje previsto, el peso y el talud de las canteras, entre otras variables. Por ejemplo, si modificábamos el talud y lo colocábamos en una posición más horizontal, podría disminuir el peso de la escollera; en cambio, si optábamos por un talud muy vertical, la escollera tendría que ser mucho mayor”.

A pesar de que el laboratorio permitía ir modificando la posición de los diques hasta dar con la opción idónea, siempre había un margen para el error. “La responsabilidad era toda nuestra porque a la empresa de Grenoble recurrimos nosotros para asesorarnos y reducir al mínimo los riesgos. El papel de la empresa francesa se limitaba a emitir un informe en el que se nos aconsejaba la mejor solución posible”.

Amigó y Olcina reconocen que respiraron aliviados a medida que iban comprobando que la construcción de los diques, que duró dos años y para el que se emplearon piedras de una cantera del Sur, iba dando los resultados esperados: la arena empezaba a ocupar el litoral por efecto de la naturaleza sin necesidad de traer ni un metro cúbico desde otro lugar.

Así nacieron Troya I, Troya II y El Bobo, las tres primeras playas en el litoral de Adeje que fueron claves para el despegue de Las Américas. Su éxito, hace 50 años, dio luz verde al desarrollo del que es hoy el principal núcleo turístico de Canarias.

Una apuesta distinta a la que se hizo en Las Teresitas

Las obras de las playas coincidieron con la construcción del primer hotel que se levantó en Las Américas: el Gran Tinerfe, propiedad de Cándido García Sanjuán. Amigó y Olcina son conscientes de la importancia que tuvo su proyecto para el auge turístico y económico de la comarca sur. La técnica empleada permitió que no se tuviera que aportar arena de otros lugares, a diferencia de lo que ocurrió en Las Teresitas o en la playa del Bahía del Duque. Hoy, casi cinco decenios después, Troya I, II y El Bobo reciben millones de visitantes al año y están catalogadas entre las playas más seguras de la Isla.

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