MIS QUERIDOS AMIGOS Y ENEMIGOS

Cuando Elizabeth Taylor y Richard Burton estuvieron en Tenerife

Se dice que la famosa pareja hollywoodense compró terrenos en el sur de la Isla, aunque luego fueron vendidos a terceros, en operaciones poco conocidas

Foto histórica de la estancia de Richard Burton y Elizabeth Taylor en Los Cristianos, en el hotel Moreque, a principios de los años setenta del siglo pasado. Foto cedida
Foto histórica de la estancia de Richard Burton y Elizabeth Taylor en Los Cristianos, en el hotel Moreque, a principios de los años setenta del siglo pasado. Foto cedida

Mis recuerdos son confusos. Yo era un joven periodista del vespertino La Tarde y la fecha no la tengo clara. Seguramente a principios de los años setenta, sin que pueda certificar la fecha exacta. Richard Burton y Elizabeth Taylor aparecieron por Tenerife, como eran ellos, huidizos, excéntricos, bebedores.

Era un viaje, en principio de incógnito, al parecer con el ánimo de comprar terrenos en el sur de la Isla. Pero nunca se supo si realmente compraron o si compraron y vendieron. En el Sur no había casi nada. Durante su estancia en aquel paraje se alojaron en el único hotel de cuatro estrellas de Los Cristianos, el Moreque. Su director era José Díaz Recio, luego director del Mencey, donde se “atrincheró” hasta que la compañía que explotaba el hotel lo despidió. Recio saltó a la fama porque se fracturó el dedo gordo de un pie matando una cucaracha.

No sé si mi amigo Sergio Canino, que fue recepcionista del Moreque, ejercía su oficio por aquel entonces en el establecimiento. Seguramente, sí. Quien sí recuerdo (y aparece en la foto que acompaño, gracias a Teobaldo Pérez Arnay, que me la ha enviado) era Chano, un guaperas de la época -hoy, ya no-, que ejercía de competente barman del Moreque y que luego se montó por su cuenta, con éxito, en Los Cristianos. Además, casó bien.

Bueno, vamos por orden. Desde Los Rodeos, los señores Burton bajaron en un taxi al Mencey. Y allí los atendió el famoso conserje, ya jubilado, Faustino Ormazábal, que fue el encargado de que yo no entrevistara a la pareja. Ormazábal, a quien luego traté mucho, sobre todo en los dos años que viví en el hotel -dicen, leyenda urbana, que vacié su bodega-, se empeñó en convertirse en guardián de la privacidad de los señores Burton. Pero lo cierto es que yo pude hablar con ellos, en mi inglés de estudiante, y les saqué un autógrafo que guardé durante años, y publiqué, pero que lamentablemente perdí. No fue una entrevista, en el sentido reglamentario del género, pero sí una agradable conversación.

No sé quién le comentó a la pareja que Tenerife, como efectivamente ocurrió, era una tierra para invertir, sobre todo en el Sur, que todavía no había arrancado su desarrollo. Elizabeth Taylor, que sólo medía 1,60, había nacido en Londres y yo le cuento en su biografía unos cuantos maridos: Conrad Hilton jr., Michael Wilding, Mike Todd, Eddie Fisher (que se casó con ella abandonando a la mejor amiga de Liz Taylor, Debbie Reynolds), Richard Burton, John Warner y el pintoresco albañil Larry Fortensky, con quien se desposó en Neverland, la casa de su amigo Michael Jackson.

Cuando llegó a la Isla, Elizabeth Taylor tenía en torno a los 43 años. Burton tampoco era un gigante, medía 1,78 metros de estatura y ambos se habían conocido en el rodaje de Cleopatra. Ella me parece que ganó dos o tres Oscars y él estuvo nominado siete veces a los premios más importantes del cine, pero no consiguió la estatuilla. No importó esa inferioridad para que Burton le regalara a Taylor joyas tan preciadas como el diamante Krupp y la Perla Peregrina, comprada en España y que había pertenecido a Felipe II. Nadie pudo impedir que la casa de subastas la enviara a los Estados Unidos.

En el Mencey se quedaron una o dos noches. Recuerdo que el periodista portuense Juanito Cruz, que cubría la noticia para El Día, cuando me vio en recepción “luchando” con Ormazábal -ya digo que yo pertenecía al periódico más pobre, La Tarde-, me soltó en la cara, bueno, en el ombligo porque es bajito: “Ya llegan a los sitios primero que nosotros”. Yo estaba acompañado por Antonio Pallés Sala, que era el reportero gráfico del vespertino. Pallés consiguió fotografiar a la pareja de actores, mientras realizaba los trámites de inscripción en el hotel. Supongo que el reportaje figurará en la hemeroteca de La Tarde, en la que yo ganaba al mes, en esa época, exactamente siete mil pesetas, que era el sueldo de un auxiliar de redacción. Conservo algunas nóminas de esos años.

Sin despedirse de nadie, los Burton pidieron un taxi cómodo (casi ningún coche en la Isla disponía de aire acondicionado) y se fueron al Sur por la carretera vieja y bastante incómoda, llena de curvas. Recalaron en el Moreque, donde habían hecho la reserva desde el Mencey.

Allí les dieron las mejores habitaciones y el director, ya digo que Díaz Recio, les organizó una recepción, a la que fueron invitadas las “fuerzas vivas del sur”, las familias Domínguez, Tavío, Bello, Galván, el sargento de la Guardia Civil (que acudió en traje de gala), etcétera. Recuerdo que en una de las fotos que he tenido en mis manos aparecían el médico e inspector municipal de Arona, doctor José Manuel Calamita, en compañía de su esposa, Maruca Domínguez, y de su hija mayor, Mercedes, que es la madre de mis hijas. Todos muy elegantes. El alcalde de la época era Pepe Morena, un gran edil de Arona, que luego fue consejero del Cabildo. También asistió a la recepción.

Se fotografiaron los actores con todos los grupos, pero Richard Burton tardó en bajar desde su habitación, algunos dicen que porque se sintió celoso de que todas las atenciones eran para Liz y menos para él.

El primero de la izquierda es el director del Moreque, Díaz Recio. Junto a él, Chano, el barman citado en el reportaje. La señora es una belga, que ejercía de relaciones públicas. La actriz está entre dos maitres muy conocidos en el sur en aquella época. Foto cedida
El primero de la izquierda es el director del Moreque, Díaz Recio. Junto a él, Chano, el barman citado en el reportaje. La señora es una belga, que ejercía de relaciones públicas. La actriz está entre dos maitres muy conocidos en el sur en aquella época. Foto cedida

Burton había nacido en Gales y murió muy joven, a los 58 años, víctima de una hemorragia cerebral. Liz Taylor falleció en 2011, a la edad de 79 años, muy deteriorada de salud, con más de 20 intervencionesquirúrgicas encima. Hay quien duda si ella fue la mujer más bonita del mundo o el título habría que concedérselo a Ava Gardner, a quien uno de sus amantes la definió como “el animal más bello que nunca vio”.

Era tal el sentido extraño que Liz Taylor tenía del matrimonio, que los coleccionaba. El último marido fue Larry Fortensky, que conoció no sé dónde; se empeñó en casarse con él, a pesar de que sus amigos le aconsejaron que amarrara bien el contrato matrimonial “porque ese viene por las perras”, traduciendo libremente del inglés al español el consejo más recibido por la actriz protagonista de La gata sobre el tejado de zinc y ¿Quién teme a Virginia Woolf? Precisamente, en esa película (1966) fue cuando Liz se volvió loca por Richard Burton.

Al parecer, el matrimonio Burton llegó a comprar terrenos en el sur de Tenerife. El dato no lo tengo claro, porque no he conseguido nota registral de la compra. Quizá la numerosa familia Luengo, o a lo mejor el abogado Luis Tavío, me podrían ilustrar sobre el particular. En todo caso, si compraron con la intención de realizar una promoción urbanística, no la llevaron a cabo y luego vendieron esos terrenos a un tercero.

Tampoco conozco a la persona que les recomendó Tenerife, si bien en aquella época empezaba a conocerse la Isla en Europa, gracias sobre todo al inversor belga Huygen, al que conocí personalmente en su oficina de Amberes. El señor Huygen construyó un verdadero paraíso llamado Ten-Bel, hoy un desastre, en torno a cuya promoción y venta comenzaron a nacer modernas urbanizaciones que se fueron extendiendo por toda la costa y más tarde por las montañas del Sur. Hoy, la comarca es un emporio turístico que habría sorprendido a los famosos actores, que sin duda habrían invertido en la zona.

Pero la visita de los Burton a la Isla fue todo un acontecimiento. Ella firmaba sus autógrafos como Elizabeth Taylor-Burton y firmó muchos en su estancia en la Isla. Liz Taylor era un mito, una mujer de gran personalidad, muy presumida, muy elegante, con una belleza algo antigua. Él era un tipo duro, un hombre con muy mal genio cuando se levantaba con el pie izquierdo y un peleón cuando se cargaba, aunque aquí, incluso libando mucho, no dieron ningún espectáculo digno de ser contado. Al menos yo no conozco ninguna pelea, ni ninguna borrachera, ni ninguna palabra más alta que la otra.

Ya no tengo ganas de indagar en las hemerotecas detalles de la estancia. Me fío de la propia memoria, porque repito que estaba allí, de guardia, junto a Faustino Ormazábal, maestro de conserjes, que se tomó muy en serio su papel de cancerbero. Aquella escalera principal del Mencey no la subía nadie. Si acaso los camareros, cargados de botellas de whisky solicitadas por la pareja, a cualquier hora. Traigo todo esto a colación porque la foto que me envió Teobaldo Pérez Arnay me animó a contar los pormenores del reportaje que publiqué en La Tarde y que luego fue fusilado convenientemente por algunos colegas de los de la época, corresponsales de las agencias españolas como Cifra, Mencheta y otras y por los corresponsales de los periódicos de Madrid. Se pueden conseguir algunas otras fotos de esa estancia en Internet y ciertos recuerdos de la visita. Animaré a los compañeros del Diario de Avisos para que se afanen en encontrarlas, además de la que les envío. Ya no depende de mí.