FOTOS FRAN PALLERO
Adrián Mesa Santa Cruz de Tenerife
La Policía Local de Santa Cruz de Tenerife organizó ayer una competición de tiro en equipo entre los distintos cuerpos de seguridad de la Isla, aunque a última hora no pudieron asistir ni la Policía Nacional y el Ejército, que tenían ejercicios de maniobra. La prueba era un circuito a contrarreloj y, más que la competencia, su objetivo era la interacción entre las múltiples fuerzas policiales. Los participantes, una treintena en total, eran miembros de la Policía Local de la capital, de la Guardia Civil, la Unipol y de la local de Santiago del Teide.
La competición se llevó a cabo en la sede de la Unipol, en Los Campitos. Los equipos participantes no competían entre ellos, sino que se buscaba fomentar el vínculo entre las diferentes instituciones policiales, a través de las actividades deportivas, por ello, aun no se han conocido los resultados de la prueba. Las puntuaciones de cada uno se calculan en base a la combinación del tiempo utilizado para el recorrido y los impactos acertados, a lo que se le restan las penalizaciones, si las hay, pero es algo secundario. Como declaró a DIARIO DE AVISOS un portavoz de la Policía Local de Santa Cruz, quien gana o quien pierde no es lo importante, sino la práctica de deporte, y con ello, el entrenamiento de las habilidades, y la promoción de unas mejor relación entre los diversos cuerpos de seguridad, que pueda desembocar en una mayor colaboración entre ellos.
La competición consistía en una ruta de obstáculos y una prueba de tiro. Para el desarrollo de la jornada se reunieron seis equipos compuestos de cuatro agentes cada uno. El recorrido comenzó en un furgón en la entrada, en su interior, cada miembro se tenía que poner un chaleco antibalas para armas de gran calibre, y, luego, escoger entre cuatro paneles, cada uno con un número y un color que debían memorizar. El número es el puesto, dentro de la galería de tiro, desde el que deben disparar y el color indica la imagen a la que apuntar.
El arranque del ejercicio lo marcaron los jueces con un timer, un aparato digital que va contando el tiempo aunque no lo muestra en la pantalla, sino que se refleja con el sonido de los disparos, de forma que, cuando sonaba el último, aparecía lo que han tardado en completar la actividad. El primer obstáculo era una plataforma para subir y volver a bajar deslizándose por un tubo; una vez abajo, tenían que llevar consigo un ariete manual para derribar puertas. Con dicha carga pasaban por el interior un túnel, encima de tres vallas y por una prueba de equilibrio sin dejar que, en ningún momento, tocara el suelo.
Una vez finalizado el circuito, tocaba pasar a la galería de tiro, en la que los agentes cruzaban bajo unas vallas en la entrada; este es el único punto que los participantes no habían visto previamente porque se buscaba potenciar la capacidad de análisis de una zona desconocida en cuestión de segundos, una habilidad fundamental en su profesión. Tras esto, cada uno se colocaba en el puesto de tiro asignado por el número que escogieron con anterioridad. Ahí había nueve balas, un cargador y unos cascos para los oídos, y era obligado utilizar todos los cartuchos. El líder de equipo se encargaba, tras el último disparo, de contar los impactos y los tiros fallados, cada error de puntería costaba 10 segundos menos.
Si, en algún momento, se hubiera producido un fallo de seguridad, como por ejemplo, la caída de un arma al suelo se descalificaría a todo el equipo.










