sociedad

Del Mago Pop gomero al Jason Bourne canario (de la épica a la picaresca)

Semblanza de cuatro isleños audaces, ocurrentes y heroicos
Uno de nuestros cuatro protagonistas isleños, Simón Romero, más conocido como Alí Canario, se dedicó al corso, principalmente, en aguas del Mediterráneo.
Uno de nuestros cuatro protagonistas isleños, Simón Romero, más conocido como Alí Canario, se dedicó al corso, principalmente, en aguas del Mediterráneo.
Uno de nuestros cuatro protagonistas isleños, Simón Romero, más conocido como Alí Canario, se dedicó al corso, principalmente, en aguas del Mediterráneo.

Por José Gregorio González

Un gomero experto en escapismo capaz de burlar el juicio de un sanguinario conquistador; un guanche comprometido con la liberación de esclavos; un pescador cautivo que termina al frente de una poderosa flora pirata; y un isleño tramando un magnicidio para cambiar la historia. Estas son algunas de las biografías más singulares de la “otra” historia de Canarias.

AGUACHICHE,  EL MAGO POp GOMERO

Por una cuestión de justicia el apelativo más adecuado para nuestro primer protagonista debía de ser el Houdini o Copperfield gomero, pero la realidad generacional se impone y en el desmemoriado mundo que nos toca vivir resulta bastante más reconocible la marca Mago Pop, del español Antonio Díaz, que la del afamado ilusionista estadounidense David Copperfield o la del histórico escapista Harry Houdini. La cuestión es que el gomero Pedro Aguachiche, habiendo protagonizado contra todo pronóstico un verdadero prodigio nada menos que en tres ocasiones, es un auténtico desconocido para la mayoría de los canarios. Posiblemente, la anécdota que ha permitido conservar su memoria desde tiempos de la Conquista jamás haya ocurrido, o por lo menos, que no se desarrollara en los piadosos términos en que fue narrada. Al parecer, Aguachiche estaba encarcelado en Las Palmas, como tantos otros gomeros, por orden del sanguinario Pedro de Vera, como represalia por la muerte el 20 de noviembre de 1488 de Hernán Peraza. La cuestión es que poco antes del anochecer Aguaciche fue sacado junto a otros ocho gomeros de la cárcel para ser ahorcados, pero la suerte se puso de su lado al desplomarse el artilugio por el peso de los ajusticiados y ser el único que salió ileso. De Vera lo devolvió al cautiverio y al amanecer lo embarcó en una carabela ordenando que fuese lanzado en alta mar, atado de pies y manos y con un peso al pescuezo. Poco podían imaginar sus verdugos que al rato de atracar el navío también llegaría al muelle Aguachiche, que de inmediato sería llevado ante el gobernador de Gran Canaria. “Señor, veme aquí no me hagas mal por amor de Dios y de Santa Catalina que no tengo culpa”, le espetaría a De Vera, quien, irritado, lo hizo dormir en prisión y a la mañana siguiente envió de nuevo a su encuentro con la muerte. Antes llamó a su presencia a Juan de San Juan, capitán de un barco, ordenándole “que le llevase a aquel gomero y se lo echase a la mar muy afuera, a lo largo, atado de pies y manos, y mirase cómo lo ataba”. Sin embargo, el auxilio milagroso se repitió y al día siguiente Aguachiche se volvió a presentar ante De Vera proclamando nuevamente su inocencia, vivito y coleando. El gomero cautivo pudo explicarse, afirmando que antes de ser lanzado al mar imploraba a Santa Catalina, “y estando ya en la mar viene a mí una mujer vestida de blanco y me desata y pone delante de mi dos lumbres, y el agua se aparta y vengo andando y salgo fuera como hasta aquí”. Los textos nos cuentan que esta vez Pedro de Vera creyó al gomero, perdonándole la vida, llegando a integrarse nuestro afortunado Aguachiche en las fuerzas que participaron en la conquista de Tenerife y La Palma, a ser el adelantado Fernando Alonso de Lugo testigo y parte de este último interrogatorio. ¿Ocurrió algo así? Es posible. ¿Fue algo milagroso? Es improbable. Todo apunta a que hace unos 530 años un gomero ya sabía hacer trucos de magia.

GASPAR FERNÁNDEZ, EL SCHINDLER DE LOS GUANCHES

A Gaspar Fernández le conocí gracias al investigador Fernando Hernández en el transcurso de una de nuestras emisiones de Crónicas de San Borondón. Sin embargo, a la hora de conocer con rigor su figura todos somos deudores del meticuloso trabajo del historiador Gabriel Betancor Quintana. Gracias a él sabemos con certeza que este guanche principal, que gozó de ciertos privilegios que supo gestionar con habilidad para favorecer el bienestar de muchos de sus hermanos guanches, no estaba emparentado con el mencey de Abona, como se ha venido creyendo, lo que lejos de restarle valor se lo acrecienta al situarle en una posición bastante más vulnerable. Eran tiempos, los que siguieron a la finalización de la Conquista de Tenerife, de esclavitud, explotación y opresión para los guanches, con el adelantado Alonso Fernández de Lugo al frente de todo ello. Indígenas alzados contra el invasión sobrevivían en algunas agrestes regiones de Tenerife, mientras otros abrazaban la nueva fe, ya fuese desde la resignación o como una apariencia pragmática, para sobrevivir en la nueva sociedad. La importancia de Gaspar Fernández en aquellos convulsos tiempos, entre el 1500-1525, se acredita en su mención en cerca de un centenar de documentos, y en el hecho de que el 7% de la documentación protocolizada en ese periodo por los guanches fue otorgada por él. Todo apunta a que pertenecía al bando de Anaga. Desconocemos cómo se estableció el vínculo inicial con Alonso de Lugo, pero debió de ser algo notable, pues tanto a él como a dos de sus hermanos los toma como criados y gente de confianza. Lo cierto es que le entrega tierras en diferentes partes de Tenerife, permitiéndole construir y vivir junto a su esposa muy cerca de su propia casa, en la Villa de Arriba lagunera. Como apunta Quintana, las actividades económicas de Gaspar estaban “vinculadas a la ganadería caprina y porcina, a la distribución de tela y ropas entre otros indígenas, a la compra e intercambio de esclavos, e incluso a actividades de intermediario en el comercio de cereal entre Tenerife y La Palma. Sus actividades económicas estaban indisolublemente ligadas a la labor de vincular a la población guanche con la nueva sociedad y apoyar en todo lo que podía a sus hermanos de etnia, valiéndose para ello de la confianza que le dispensó el Adelantado, así como de la posición de acomodo económico que se labró en las primeras décadas del siglo XVI”. Daba trabajo, principalmente de ganaderos, a los guanches libres para impedir que fuesen esclavizados, generando beneficios económicos para ambos; en tiempos de carencia proporcionó trigo a los guanches que vivían expatriados en La Palma; se deduce, por los enormes gastos documentados en tejidos, que vistió a muchos guanches; y con insistencia se dedicó a gestionar la libertad de guanches ya esclavizados. “Para conseguir la libertad de sus connaturales, Gaspar se valía de la riqueza que paulatinamente fue atesorando, ésta le permitía comprar de diversos propietarios a los esclavos guanches y hacerlos de su propiedad para posteriormente otorgarles carta de alhorría, a cambio de que pagasen parte del importe de sus rescates”, explica Quintana. Los fondos para esos rescates procedían de sus negocios ganaderos, aunque paradójicamente y de forma ocasional, también del comercio de esclavos negros y moriscos. Estamos, como ingeniosamente me señaló Fernando Hernández, ante lo más parecido que podemos encontrar a un Oskar Schindler guanche.

ALí EL CANARIO, DE TRIANA A ARGEL
¿Puede un desgraciado e indeseable contratiempo convertir una vida dura y precaria, condenada a penurias diversas, en una envidiable existencia de éxito y poder? Eso es, precisamente, lo que aconteció con Simón Romero, un humilde pescador de Gran Canaria que ajeno a su épico destino vivía junto a su familia en la calle de Triana. Hacia 1655, cuando contaba con unos 15 años, fue apresado por corsarios argelinos cuando faena en Berbería. Era una vida muy dura y tiempos especialmente difíciles para el oficio en dichas aguas, puesto que sin navíos y preparación para la lucha, los pescadores se convertían en presa fácil para los asaltantes. Se quedaban con los bienes, vendían o empleaban como esclavos a unos, y por otros pedían rescate. La historia de Romero, así como la de otros muchos que pasaron por la misma situación de cautividad, la conocemos gracias a los trabajos del profesor de Historia en la Ulpgc Luis Alberto Anaya Hernández. Gracias a sus investigaciones -y también a Moisés Morán que ha novelado su figura- sabemos que en pocos años el joven Simón se convirtió en una respetada y temida celebridad en la zona, donde fue conocido por nombres como Alí Arráez Romero o Alí Arráez Canario. Su celebridad no es despreciable, ya que muchísimo antes de que sucediera con estrellas del fútbol, la música o el cine, las hazañas y el magnetismo que desprendía le granjearon una singular admiración, hasta el punto que como llegó a explicar otro cautivo, las argelinas decían a sus hijos: “Hijo mío as de ser moro fino, y ellos responden que sí, y ellas les disen: sí, as de ser tan fino como Alí Romero, y ellos responden que sí, y las dichas moras les disen: Alá te aga como él”. Pero, ¿cómo llegó a este punto un humilde pescador? Tras ser apresado y vendido como esclavo, su amo lo dedicó al corso, es decir, a la piratería legal. Por conveniencia o por convicción, en 1659 reniega del cristianismo, se hace musulmán, adopta el nombre de Alí y compra su libertad. Cuenta el profesor Anaya que aquello del corso debía de dársele bastante bien pues pronto lo nombran contramaestre, empleando sus ahorrillos hacia 1667 en construir un barco propio con el que avanzar en el oficio. Todo un ejemplo de emprendeduría. Y debió prosperar sin la menor duda, ya que aunque las fuentes no son del todo precisas, se habla en ellas de decenas de presas navales llevadas por él al puerto de Argel.

Canarias y los canarios estuvieron en su punto de mira, pero su ámbito de actuación era mayor, desde Gibraltar a Italia, incluyendo Portugal y Galicia según Anaya. Nuestro Alí llegó a ostentar el título de Almirante de las Galeras Argelinas, ejerciendo incluso de embajador ante la corte de Mehmed IV en Estambul, lugar donde consta que se ofreció ante el sultán a conquistar Orán, por entonces en manos españolas. Es posible que a pesar de su éxito y prosperidad y de los muchos bienes que acumuló hasta su hipotética muerte hacia 1691, Alí el Canario no olvidase su origen humilde y tierra natal, pues favoreció con frecuencia a los isleños cautivos sufragando los gastos de su rescate o adelantándolo en préstamo sin intereses. Las declaraciones de cautivos rescatados, su singular correspondencia con el obispo de Canarias, Bartolomé García Ximénez, y otros documentos del Santo Oficio, dan buena cuenta de su generosidad, y de cómo a veces pagaba o adelantaba el rescate de cautivos que habían sido apresados por él mismo, incluso sospechando que difícilmente recuperaría el dinero. Un tipo sin duda épico al que no le vendría mal una escultura o placa que le recuerden en la concurrida calle de Triana.

DIEGO CORREA, EL JASON BOURNE LAGUNERO

Culminamos esta galería de personajes perdiendo la batalla de la síntesis frente a la inabarcable figura del lagunero y mulato Diego Correa. Es imposible resumir en tan pocas líneas una vida tan convulsa, anecdótica y de trama tan densa. Por fortuna, contamos con el monumental trabajo del profesor Manuel Hernández González, su metódico biógrafo, para saciar nuestra curiosidad ante alguien a quien, buscando un símil literario y cinematográfico, no dudo en calificar como el Bourne de las Islas. Nació en La Laguna el 13 de noviembre de 1772, del matrimonio entre el orfebre Correa Gorbalán y María Josefa de Guzmán, llevando una vida humilde junto a sus cinco hermanos. Las carencias le impidieron estudiar más allá de unos pocos cursos en la niñez, aunque en ese tiempo fue premiado por su aplicación e inteligencia. En su juventud aprendió el oficio de su padre, mostrándose hábil con la esgrima, casándose con 18 años con Mª del Pilar Botino, de 29 años, matrimonio tildado de interesado tanto por la diferencia de edad como por la acomodada posición de Pilar frente a la humildad de Diego. Nuestro protagonista medía casi dos metros y tenía una gran corpulencia, lo que, junto a su arrojo, seguridad y nada disimulada bravuconería, le convertían en alguien intimidador en lo físico y convincentemente persuasivo en el discurso. Su primer coqueteo con la masonería se produce allá por el año 1790, ingresando en las milicias y luchando con notable valentía y eficiencia en el ataque de Nelson en 1797, donde sus hazañas haciendo prisioneros merecieron el elogio del general Gutiérrez. En 1803, le tenemos como guarda mayor de los montes de Tenerife, poniendo orden en las negligencias e ilegalidades cometidas o permitidas por las autoridades y las élites isleñas, formando parte, con motivo de la invasión francesa y la Guerra de Independencia, de la Junta Suprema de Canarias. En 1808, se traslada a la Península y dos años más tarde le tenemos en el meollo de una trama digna del célebre espía y agente secreto Jason Bourne.

A Correa le allanan el terreno para contactar con el entonces secretario de Estado, Eusebio Bardaxi, al que le propone una misión secreta capaz de cambiar el rumbo de España, Europa y América; nada menos que asesinar a Napoleón Bonaparte. El plan era viajar a Nueva York y desde allí, tras adoptar otra identidad, desplazarse a París y consumar el magnicidio, en una operación a la que al menos él se refería como “El Vellocino de Oro”. Salió de España con 5.500 pesos y el embajador en Estados Unidos cubrió sus gastos de viaje y manutención, proporcionándole con el tiempo otros fondos adicionales. Durante casi dos años usó nombres falsos como Cumberland y Antonio Gorbalán, debió iniciarse en la masonería, entabló contacto con los movimientos emancipadores de la América española, informando de sus movimientos a las Cortes de Cádiz, además de recorrer Estados Unidos (EE.UU.) sin perder ocasión de hacerse notar. Realmente cuesta saber, debido a la teatralidad que siempre desplegó y lo aficionado que fue al secretismo y la apariencia, si abrazó su misión secreta durante todo ese tiempo o la reemplazó al poco por tareas de espionaje e intoxicación informativa.

En su anecdotario está el planificar el envenenamiento del emisario napoleónico en EE.UU. o el firmar muchos de sus escritos con el elocuente pseudónimo de El enemigo de los tiranos. A principios de 1813 le tenemos de vuelta en Cádiz, un año después encarcelado en Ceuta en una causa que llega a la Cámara de los Comunes británica, viviendo durante varios años en Londres con los exiliados españoles al tiempo que estrechaba lazos con la masonería. Hacia 1821 le tenemos en Cuba, participando activamente de las intrigas y cismas de la masonería, regresando a Madrid en menos de dos años. Permaneció en territorio peninsular ocupando diversos cargos hasta que en 1836 es enviado como intendente de provincia a Filipinas, falleciendo el 10 de junio de 1846 en Manila, concluyendo así una vida a la altura de los personajes y tramas de John le Carré o Frederick Forsyth.

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