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Siete encuentros especialmente insólitos en los cielos canarios

El nexo común entre todos ellos quizá no exista desde un punto de vista objetivo, pero la necesidad de clasificarlos y el contexto en el que surgen o son recopilados, nos ha llevado a archivarlos como OVNI

Raro sobre raro. Esa podría de una descripción válida para cada uno de los extraños episodios que vamos a compartir en esta crónica de lo insólito. El nexo común entre todos ellos quizá no exista desde un punto de vista objetivo, pero la necesidad de clasificarlos y el contexto en el que surgen o son recopilados, nos ha llevado a archivarlos como OVNI, o más bien como OVNIR: Objetos Voladores No Identificados Raros. Sin duda es redundante, pero algo más preciso y consecuente con la naturaleza absurda que históricamente acompaña a un misterio tan ligado al devenir de nuestras islas como es el de los OVNI. Y si piensan que exageramos, lean, lean…

La barra luminosa de 1785

Con el paso de los años, la observación recogida por Juan Antonio de Urtusáustegui en Diario de viaje a la isla de El Hierro en 1779 se ha convertido en todo un clásico con el que ejemplarizar la antigüedad con la que cuentan las anomalías aéreas en Canarias. La experiencia tuvo lugar a las ocho de la tarde-noche del 4 de octubre de 1785, cuando según el propio cronista una potente luminosidad comenzó a emerger desde el mar avanzando sobre el terreno, a través de una lomada, “como si toda ella estuviese regada de pólvora y se prendiese (casi en esos términos se explicó mi familia y otros que lo vieron) de que se formó una horrible llama que decían se dirigió a ellos” La potencia iluminó la noche y generó un enorme pavor. Añade Urtusáustegui que “los que se hallaban en la parte del sur en la punta de la Dehesa, en donde se desvaneció, me afirmaron que su figura era como una Barra, al parecer de tres varas y como dos o tres pies de ancho, dejando atrás una cola o reguero de chispas, que aumentaban al tiempo de la claridad”. ¿Un bólido o meteorito? Es posible…con el aspecto de una barra.

Un ataúd volante en Tamaimo

Es al veterano investigador y novelista J.J.Benítez a quien le debemos el conocimiento del siguiente episodio, desconcertante como el que más. Lo recoge en su libro Sólo para tus ojos y es producto de una comunicación epistolar de 2010 con Jesús Mederos, natural de Santiago del Teide. El caso aconteció en la primavera de 1982 nada menos que en el polideportivo del colegio de Tamaimo, hacia las dos de la tarde. La chiquillada se disponía a entrar a clase cuando volando de norte a sur y a menos de 200 metros de altura apareció una extraña caja voladora, de color negro opaco, de unos cuatro metros de largo por dos metros de ancho. Tal y como narró Mederos a Benítez, “lo que más llamaba la atención era su forma de moverse… Avanzaba muy despacio y girando constantemente… Rotaba cuan largo era, desplazándose al mismo tiempo por el espacio… Giraba como la hélice de un avión invisible… Aquel aparato no poseía turbinas, ni hélices, ni ningún otro sistema de propulsión… Aquello, sencillamente, flotaba en el aire, manteniendo en todo momento aquella curiosa inercia giroscópica” El objeto, sin dejar de girar, se detuvo sobre la cancha y comenzó a descender ante el creciente nerviosismo de alumnos y profesores, bajando hasta unos cien metros de la cancha. Tras unos segundo a esa altura, se elevó y terminó alejándose hacia en dirección sur. “Nadie entró en las aulas hasta que la caja voladora se perdió de vista”, puntualizaría el informante.

Exploradores del espacio en la autopista

Cuando la testigo principal me contó discretamente este episodio, al abrigo y con la complicidad de los abundantes libros que enmarcaban la escena durante aquella velada, no fui plenamente consciente de la potencia de la experiencia. Pasado un tiempo caí en la cuenta que lo “onírico” era un elemento común tanto de la confidencia como de la propia experiencia. Ocurrió un viernes de junio del año 1978, hacia las dos de la madrugada. Cinco adultos y un bebé transitan en un vehículo por la autopista del sur, por entonces de dos carriles. El Reina Sofía aún no existe. A la altura de El Médano y en el lateral de una pronunciada curva que algunos recordarán, nuestra informante observa a ras de tierra una potente luminosidad cercana al naranja que parece salir del interior de un objeto o vehículo, como si la luz emanara del conjunto, sin barreras. Ella va en la parte trasera del vehículo, detrás de la conductora, junto al que por entonces era su novio. Ella parecía estar inmensa en una ensoñación, sin poder hablar con el resto del grupo sobre lo que estaba observando en el exterior, pero mentalmente muy atenta. Delante del “objeto” hay dos humanoides pequeños, del tamaño de niños, que aparentan estar recogiendo cosa del suelo y depositándolas en recipientes, mientras a poca distancia otro humanoide alto, delgado y esbelto, con unos brazos algo largos para lo esperable en su altura, parece supervisar dicha actividad.

A partir de ahí hay un vacío en la experiencia, con apenas dos flashes en los que la testigo contempla una especie de consola y después se ve frente al “tripulante” alto que le habla, tal vez telepáticamente, mientras le mira y es mirada por él. La testigo no recuerda nada de la conversación, salvo la certeza de comprender lo que aquel ser le decía y que su contenido no era perjudicial.

La siguiente toma de conciencia se produce en el exterior del apartamento al que se dirigían. Ninguno de los ocupantes habló del asunto, dando forma a un extraño silencio y a una vivencia casi onírica. Solo al día siguiente la pareja compartió lo vivido y con el paso de los años el resto del grupo lo hizo sobre sus respectivas vivencias. No obstante, esa es sin duda otra historia.

Una máquina de sulfatar voladora

Ocurrió en Isora, en la isla de El Hierro, un 3 de febrero de 1995 a las diez y media de la mañana. Carmen Cabrera y Silvestre Febles se encontraban enfrascados en sus respectivas tareas agrícolas, a unas fincas de distancia el uno del otro, cuando la primera se percató de la presencia a escasos 50 metros de distancia de un objeto que flotaba a unos centímetros del suelo en absoluto silencio.

Al parecer Silvestre ya había visto aquel cacharro instantes antes. Lo describirían como rectangular pero ligeramente cónico al estrecharse en uno de sus extremos, de color amarillo metalizado brillante, cruzado por unas franjas o tiras verdosas y amarillas que también parecían brillar. El conjunto le recordó a una máquina de sulfatar, con las tiras emulando el correaje de esa herramienta tan habitual en nuestros campos. El tamaño, de poco más de un metro, reforzaba esa impresión. El extraño aparato se elevó y desplazó por la zona realizando maniobras ante la atónita mirada de ambos testigos, que lo contemplaron simultáneamente desde dos localizaciones distintas aunque próximas. Tras unos minutos, la máquina de sulfatar voladora se alejó lentamente hasta perderse sin que nunca se supiera nada nuevo sobre de ella.

Siete encuentros especialmente insólitos en los cielos canarios

Un melón volador en Garafía

A seña Macrina le pasó lo que a muchos protagonistas de lo insólito, se tropezó con lo inexplicable sin buscarlo y sin mayor trascendencia. Le ocurrió en Garafía, cuando el misterio tomó la forma de algo parecido a un melón volador, que merodeaba por los alrededores de su casa mientras barría tranquilamente el patio y los exteriores de su vivienda. Ocurrió hacia 1986, a eso de las diez y media de la mañana. Lo vio a unos cuatro metros de distancia, flotando, con algo parecido a dos agujas que salían de cada extremo del objeto, que calculó podía medir un metro de largo. Todo un señor melón. Durante un minuto largo lo estuvo observando mientras se acercaba a donde ella estaba. Macrina siguió barriendo y el objeto siguió su camino. En otra ocasión una extraña luz le quemó el nisperero.

Una plaza de toros volante en Añaza

El protagonista del siguiente incidente OVNIR es Ángel P. y su extraña vivencia tuvo lugar entre julio y octubre de 1972, en la franja costera que discurre desde Hoya Fría hasta Añaza. Hacía rato que el reloj había dejado atrás las 23.30 horas.

Con la zona deshabitada y sin luz eléctrica, Ángel se encontraba enfrascado en la preparación de sus útiles de pesca cuando se percata que una curiosa luz se aproxima desde Hoya Fría, discurriendo entre la costa y la actual autopista. Pronto sentiría inquietud al ver que una luz mayor envolvía a la primera. Cuando las tuvo cerca su asombro fue indescriptible “Eran dos platos hondos juntos, pegados, con otro por encima más pequeño, como si fuera de los de café, del tamaño de la plaza de toros!”.

Lo descrito encaja en la imagen típica del platillo volante con cúpula, pero de unas dimensiones colosales. Dentro creyó distinguir como algo que se movía, pero indefinido. Al colocarse sobre su cabeza la luz central tenía el aspecto de un reactor, sin calor ni ruido, “una luz muy particular, aunque el objeto era negro. Lo tenía tan cerca que si llego a tirar una piedra hacia arriba habría entrado por aquella turbina o motor en ignición” La sensación de que el tiempo discurría de otra manera y los fallos eléctricos en su coche aderezaron un fenómeno que aún guardaba un as en la manga. La “plaza de toros” comenzó a descender deteniéndose por espacio de cinco minutos a unos metros del agua, tras lo cual salió disparada hacia Gran Canaria, ascendiendo verticalmente al alcanzar la zona de La Isleta. Cuatro meses más tarde, el testigo tuvo que ser intervenido de urgencias por un neumotórax. Sus pulmones presentaban pequeñas perforaciones consecuencia, según los médicos, de su exposición a una potente fuente de energía. Inquietante.

Y un cacharro de cuatro kilómetros

Una plaza de toros es grande, sin duda, pero un OVNI de cuatro kilómetros no solo es más, sino que es también demasiado para el cuerpo. Este caso se lo debemos al ufólogo Vicente Juan Ballester Olmos y aconteció el 28 de abril de 1986 durante el vuelo de un DC9 de Aviaco que hacía la ruta Fráncfort-Las Palmas. El aparato a las 22.30 horas se encontraba a 200 kilómetros al nordeste de Gran Canaria cuando el radar meteorológico detectó un “objeto” de cuatro km de longitud que se movía nada menos que a 30.000 kilómetros por hora. En la actualidad, el avión no tripulado hipersónico de la NASA X-43A es capaz de alcanzar unos 12.000 kilómetros por hora. Quizá fue un error de radar o el OVNIR más grande y veloz.

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