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“Una vez pinté 22 retratos en un día, a 2.000 pesetas de entonces cada uno”

Ha conocido la bohemia y el oropel, ha conducido los mejores coches, ha vivido como un sibarita y ha pintado a reyes, príncipes y jefes de estado
Fotos: Sergio Méndez
 Fotos: Sergio Méndez
Fotos: Sergio Méndez

Ha conocido la bohemia y el oropel, ha conducido los mejores coches, ha vivido como un sibarita y ha pintado a reyes, príncipes y jefes de estado. Ha sido pobre y rico y un día de los años 60 hizo 22 retratos en una sola jornada de trabajo, en 24 horas. A 2.000 pesetas la pieza, una fortuna para la época. Mi invitado es José Carlos Gracia (Madrid, 1936), que nació en una época convulsa para España y, siendo muy joven, se estableció en el Puerto de la Cruz, antes y después de haber recorrido medio mundo. Estamos sentados en Los Limoneros y como le conozco hace 50 años, más o menos, sé que todo lo que cuenta es verdad. Y también sé que a veces ha fracasado y que muchas ha triunfado. Ahora, el Museo de Bellas Artes de Santa Cruz tiene abierta una exposición antológica suya. Ya era hora.

-Empezaré por un fracaso: el estudio de Sotogrande.
“Sí, fui demasiado lejos, con un estudio precioso, caro, que tenía entrada por tierra y por un embarcadero y cuyo proyecto fracasó. Te soy absolutamente sincero”.

-Tú eres de Fortuny, más que de Sorolla.
“Es que los dos eran muy buenos, dejaron ambos una obra maravillosa, pero yo prefiero a Fortuny”.

(Hijo de médico y también pintor, su abuelo fundó la Escuela de Bellas Artes del Puerto de Santa María. José Carlos no recuerda, sino por referencias, cómo su abuela y sus tías metieron en el sótano de su casa las obras de arte de un convento cercano a su casa, el del Cristo de la Victoria, en Argüelles, para que la horda del Frente Popular no las quemara, como hicieron con cuadros e imágenes de incalculable valor, tras fracasar la República en su control).

“Si las cogen, las fusilan, tuvieron suerte”.

-¿Por qué el Puerto de la Cruz?
“Pues porque la ciudad vivía una época dorada, corría el dinero, los turistas eran gente de alto standing y porque vine a pasar un fin de semana, me gustó mucho y decidimos mi mujer y yo quedarnos a vivir aquí”.

(Su hija Ana, a la que conocí siendo un bebé, lo lleva a Los Limoneros, porque un incómodo vértigo azota a diario a José Carlos Gracia, que sufrió un accidente de coche que casi le cuesta la vida. Curiosamente, del hospital me llamaron a mí, porque en su móvil tenía registrada una última llamada a mi celular).

-¿Quiénes eran tus referencias entonces, allá por los 60?
“Yo tenía muchos amigos en el Puerto, pero recuerdo a uno con especial devoción, un caballero. Y este era David Rudolf Gilbert, uno de los propietarios del Lido San Telmo”.

-Sí, el que no dejó que Los Beatles tocaran allí, por melenudos.
“Y el que se sentó junto a Onassis y Sir Winston Churchill, a tomarse un whisky, cuando ambos visitaron el Puerto de la Cruz, a finales de los cincuenta. Tengo esa foto”.

(David Gilbert, efectivamente, era un hombre políglota, creo que alemán, judío, que luchó contra los nazis como piloto de caza de la RAF británica. Yo lo conocí. Fue socio de José Manuel Sotomayor, el otro propietario del Lido San Telmo).

“Gilbert me construyó un estudio en el Lido, muy bonito, bajo una carpa primorosa. Allí hacía yo retratos a acuarela y allí fui donde batí el récord: 22 en un día a 2.000 pesetas cada uno. En realidad aquella fue una excepción porque la media era de 4 a 5 retratos en cada jornada de trabajo”.

-Alternabas el Puerto con Torremolinos, si no recuerdo mal.
“Sí, tienes buena memoria; los inviernos me iba Torremolinos, pero los veranos me los pasaba aquí. Era un poco el mundo al revés. Torremolinos tenía el metro de suelo más caro que la Quinta Avenida neoyorquina. Cuando tuve oportunidad, me compré un chalé en el Puerto, en San Fernando, donde vivo y tengo un estudio precioso”.

-Yo escribí una vez que lo tenías lleno de polvo.
“Tú siempre has sido un poquito hijoputa conmigo, aunque te lo perdono. No era cierto y quien se cabreó mucho fue la señora de la limpieza. Aquello siempre está impoluto”.

-Ahora no estás pintando. ¿Te has cansado?
“No; más que cansado, me he sumergido en una especie de estado contemplativo”.

(Muchas entidades oficiales poseen retratos de José Carlos Gracia. El salón de plenos del Puerto de la Cruz está adornado con los retratos de todos los alcaldes, pintados por él. Allí están mi bisabuelo y mi tatarabuelo, por cierto).

“Algunos, los más antiguos, no tenían rostro. Pero yo tenía una ventaja: sabía cómo eran los trajes de cada época. Me ayudaron mucho las encargadas del Archivo Municipal del Puerto de la Cruz. Y entonces pinté trajes reales, pero rostros sin dueño. Sólo fueron unos pocos, pero no había otro remedio. El encargo me lo hizo Paco Afonso, entonces alcalde portuense”.

(El busto del fundador del Puerto, Antonio Lutzardo de Franchi (hay quien lo escribe al revés), tampoco tenía rostro. El autor (un profesor de dibujo) se inspiró en un caballero de la época. Lo pueden ver en el Canal de Suez portuense, que así llaman a la vieja calle de Quintana).

-Has publicado un precioso libro de caballos, otro de perros y dos tomos de personajes por ti pintados.
“Sí, se ha vendido todo. Las ilustraciones son réplicas de cuadros míos. Tengo devoción por los caballos, no te olvides de mi relación con el Puerto de Santa María”.

-Y conseguiste que el rey Juan Carlos te prologara uno de esos libros.
“Sí, raras veces lo ha hecho, pero conmigo tuvo Su Majestad esa deferencia”.

-Con la perspectiva del tiempo, ¿cómo resumirías tu vida, en sus diferentes etapas?
“Eso que pides es imposible, lo mismo que tú tampoco puedes resumir la tuya. He conocido la opulencia, los días de América pintando presidentes, en medio de todos los lujos, fiestas y ofertas de enriquecimiento; y la bohemia portuense de los 60, tan divertida. Yo no tengo demasiada visión comercial. Hasta Ramón Areces, fundador de El Corte Inglés, me montó un estudio en su sede de Preciados para que retratara a sus clientes principales y luego les vendiera mis cuadros. Fue un éxito”.

-¿Tu mejor obra?
“Bueno, ahora expongo una antológica en el Museo de bellas Artes, casi toda con obra privada, y se puede apreciar la evolución. Yo creo que en mi obra hay que destacar los retratos dedicados a las monarquías europeas, a las 17 familias reales del viejo continente. Metido como estoy en Canarias, me falta tiempo para que algunos de esos cuadros cuelguen en embajadas de España en esos países o en palacios y organismos públicos de los mismos. Todo se andará. Algunos ya están en sus destinos”.

-Hay quien dice que prefieres retratar a través de fotos.
“No, eso no es verdad; yo prefiero hacerlo al natural, pero lo otro es más cómodo. Las fotos te ayudan al estudio de los personajes que retrato. Lo hacen todos los pintores contemporáneos”.

-Una vez te dio por los guanches.
“Bueno, fue por un capricho de mi amigo José Rodríguez Ramírez, el entonces director y propietario de El Día, al que tanto quise. Él era un nacionalista convencido y un estudioso del primitivo pueblo de Canarias. Y tengo cosas muy buenas. Y estoy dispuesto a cederlas a un museo tinerfeño, gratuitamente, pero nadie me llama, ni quiere negociar conmigo. Y son cuadros de gran formato, algunos de ellos realmente espectaculares. No he vendido ninguno de ellos, los he guardado para esta hipotética cesión”.

(¿Y a qué esperan los responsables de los museos del Cabildo? Yo he visto parte de esa colección y realmente vale la pena. José Carlos tiene 83 años, sería un gran reconocimiento a su obra aceptar ese regalo y colgar los cuadros en un museo etnográfico como el de El Tanque, por ejemplo. Digo yo.)

-Fuiste también un maestro del cómic. No se ha dicho casi nada de esto.
“Trabajé para King Factures Sindicate, integrado en el grupo catalán de ilustradores. Hice multitud de viñetas que se publicaron en los mejores periódicos del mundo y en revistas especializadas. Éramos un grupo de siete, nos llamaban “los siete magníficos”. Yo tenía que hacer honor a la vena artística de mi familia. Mi padre, además de médico, era un reputado autor teatral y yo creo que el mejor caricaturista que he conocido, además de llevar la crítica teatral en El Alcázar. Firmaba como Carlos García-Gil. Conservo algunas caricaturas que no han perdido en absoluto vigencia. Mi hermano Fernando, hoy retirado, ha ejercido el periodismo con brillantez”.

-Esta antológica es la culminación de tu carrera. ¿O me equivoco?
“Yo creo que ya tocaba. Son 65 cuadros con distintos motivos. Pertenece la mayoría a colecciones privadas y está siendo muy visitada. Es mi obra desde el año 60 del siglo pasado hasta el 2018, en que dejé de pintar, momentáneamente. Y quería dejar testimonio de ella”.

(La muestra es bellísima. Cuelga pinturas realmente hermosas de caballos, por ejemplo. Y de personajes famosos mundialmente y famosos en España y en Canarias. José Carlos usa bastón por el dichoso vértigo. Su hija Ana está casada con un abogado portuense, hijo de una conocida familia. Su esposa ha tenido achaques en una rodilla. Los años pasan, pero los recuerdos siguen intactos).

-¿Qué queda de aquel pintor bohemio que desplegaba el caballete en el portuense Charco de los Piojos?
“No lo sé, dilo tú, que me conoces desde esa época, la época de los coches de lujo, de las juergas, de la dolce vita, de la aristocracia bananera que formaba mi círculo de amigos”.

-Pues queda el hombre, queda el pintor y queda el amigo. ¿Te parece poco?

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