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Los restos hallados en la Cueva de Bencomo datan del siglo VIII

Se analizaron un diente de cabra y una semilla de cebada carbonizada que corresponde al siglo IX y revelan que no hay evidencia de ocupación de suelo en el periodo del mencey
RETOS CUEVA BENCOMO 1
RETOS CUEVA BENCOMO 1
Uno de los arqueólogos de Prored realiza trabajos de registro en el BIC antes de enviar el material a analizar. DA

Los arqueólogos lo advirtieron y el tiempo les ha dado la razón. Tras esperar varios meses para conocer los resultados de las huellas arqueológicas encontradas en la Cueva de Bencomo, situada en La Orotava, éstas confirman que no hay evidencias de ocupación en el siglo XV, correspondiente al periodo del mencey que lleva el nombre del BIC.

El uso de la cueva siempre estuvo asociada a este protagonista destacado de la conquista de Tenerife. Sin embargo, no hay evidencias arqueológicas que lo corroboren. Ya en las primeras catas, los arqueólogos de la empresa Prored, encargada de realizar la primera y única excavación en el lugar, no se atrevían a afirmar que la propiedad fuera de Bencomo, como se documentó históricamente, y consideraron que era necesario seguir profundizando en el estudio de los usos del suelo que quedaba para definir si era una cueva dormitorio o de almacén.

El material que se extrajo (punzones, dientes de animales, restos de cerámica, y herramientas de piedras, sobre todo obsidiana) se mandó a analizar al laboratorio Beta Analytic de Miami, que cuenta con las últimas tecnologías en datación de carbono catorce. De las seis muestras enviadas tres dieron error porque la gran capa de estiércol que cubrió durante siglos el suelo del lugar contaminó el vestigio arqueológico.

Lo único que se logró salvar fue un diente de cabra y una semilla de cebada carbonizada. El primero data del siglo VIII, que es la fecha más antigua del suelo que se conservaba en la cueva y la segunda, del IX. Esta última fue localizada gracias a los trabajos de Jacob Morales Mateos, Doctor en Historia de la Universidad de Las Palmas.

“Se trata de una intervención reciente, fiable y contrastada con un laboratorio. Es una cronología concreta porque la cebada tiene un ciclo de vida corto y por lo tanto, es mucho más preciso su análisis y el margen del error”, explica a este periódico Efraín Marrero Salas, uno de los arqueólogos de la empresa Prored que participó en el proceso desde el principio.

No obstante, Morales Mateos sigue analizando los sedimentos del grano para recuperar más registro carpológico, asociado también a las hogueras de combustión. De este modo, se puede decir que el uso de la cavidad se relaciona con una ocupación doméstica y unos fuegos culinarios aunque no se descarta la función de almacenaje.

Si bien los arqueólogos no sabían qué iban a encontrar en los primeros momentos de ocupación de la cueva, la importancia de este hallazgo radica en que “no hay evidencia de ocupación de uso del periodo del mencey Bencomo”, afirma el experto.

Cuando Luis Diego Cuscoy, padre de la arqueología tinerfeña, entró en la cueva, dijo que no tenía nada en superficie y apenas había sedimentación. De acuerdo a sus escritos y los del cronista y exalcalde portuense Agustín Álvarez Ritxo, cuando se empezó a quitar el estiércol que cubría el suelo, los arqueólogos no se imaginaron nunca que en este Bien de Interés Cultural (BIC) se conservaba suelo aborigen. Y para su sorpresa, todavía quedaba suelo arqueológico, aunque finalmente se comprobó que era mucho más antiguo que el de la época del mencey.

“Sabemos por la historiografía que en el momento de la Conquista se utilizan todos los suelos y también la tierra que contenían las cuevas de habitación guanche porque eran bastante fértiles para la agricultura”, explica Marrero.

Otro de los descubrimientos importantes fueron las paredes trabajadas y la entrada. Allí se pudo certificar que hay un gozne en el primer acceso de la primera cavidad que establecería un eje para el sellado de la cueva.

Pero todavía no se ha podido determinar si éste corresponde a los primeros momentos del siglo VIII o es posterior. Tampoco si se produce la conquista de la Isla y en el repartimiento de datas, se otorga a ciertos a ciertos propietarios que reacondicionan la cueva y sellan las dos oquedades naturales que la conforman y que se encuentran unidas por un pasadizo al que se llega por una entrada común y muy estrecha.

“No tenemos manera de datar en qué momento se hicieron los canales de desagüe de la entrada, ni tampoco el gozne y el eje. Es un dato pendiente”, señala el arqueólogo.

No obstante, indica que se ha podido recabar a través de algunos estudios, como el del historiador Ramón Cebrián, que existe información sobre una data de 1501 “en la que se nombra el reparto de tierras sobre unas fuentes cercanas y unas cavidades en la zona a dos aborígenes de Gran Canaria. No sabemos si son específicamente estas pruebas, pero hacíamos alusión que el trabajo de acceso al lugar es muy similar al que se ha hecho en Gran canaria en época aborigen, que se sellan con puertas de madera”, precisa Marrero.

En cualquier caso, recalca que todavía queda mucho trabajo por hacer en esta joya arqueológica, como el resto de flotación del sedimento para recuperar los elementos carbonizados o las semillas.

En su opinión, estaría bien completar el estudio arqueológico de todo el contexto territorial, tanto de la ladera como de las otras dos cavidades que aparecen en el andén de abajo y del caboco que se encuentra en el Barranco del Pino. También “limpiaría mejor la ladera, porque si es verdad que fue propiedad del mencey podrían existir otras cuevas y cabañas de superficie ya que cuando se habla de su posible auchón, no solo serían estas dos cavidades sino una propiedad más amplia”, apunta el arqueólogo. En la misma línea se expresa la consejera insular de Patrimonio, Josefa Mesa, para quien las huellas arqueológica encontradas en la morada del penúltimo mencey de Taoro supone cerrar un campo de la investigación, ya que las excavaciones que se pudieron hacer en el lugar arrojan datos muy interesantes para la arqueología y la historia de la Isla. “Y eso anima a seguir trabajando en ese sentido y descubriendo determinados asentamientos que hay que seguir estudiando. Tenerife todavía tiene mucho por investigar, por dar y por encontrar y eso es una deuda que estaba pendiente y que poco a poco se está saldando”, sentencia por último.

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