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Café y resaca para un boleto navideño

En el bar, dice la periodista argentina María Moreno, “es posible el olvido de la finitud. Y es un placer cuando el alcohol, al deslizarse por los distintos órganos de la ingestión, limpia y calienta -como si se tratara de un nuevo nacimiento- el interior del cuerpo y, al mismo tiempo, anestesia los efectos del trabajo diario”.

No era un café de Buenos Aires, sino un bar de conejo frito en La Victoria, víspera de Lotería, pero el vino fluía: “Por aquí había un hombre que era canalero y se llamaba Gregorio ‘El Manco’. Estaba obsesionado con un número de lotería”, contaba Manolo, en la setentena, con gorro de lana y vaso de vino en la mano. “Allá donde viera el número, lo compraba. Y si no tenía, pedía prestado. Pero siempre lo devolvía, porque era un señor de esos de la época de Franco. Así estuvo durante años, y llegó a tener una saca con el mismo número. Hasta que un día, ya mayor, se sacó el premio y dejó a la familia millonaria antes de morir”. “Esa historia es verídica”, confirmaba Domingo, presidente de una asociación de vecinos. “Mi padre era taxista y lo llevaba por ahí buscando números. Aunque no estoy seguro de que fuera el mismo todo el rato, yo creo que había varios que le gustaban”.

No era un bar, pero el suelo del piso lagunero de Silvia, nacida un 22 de diciembre de finales del Franquismo, se quedó encachazado la noche del sábado al domingo después de celebrar su cumpleaños. También corrió el vino, corrieron las copas, se comieron canapés y unas cosas muy ricas que se hacen en Asia y se compran en Makro. Y se habló de Lotería, aunque con un poco más de distancia, como si a la mayoría ya le hubiera tocado un pedacito de suerte en la vida.

Habló Vero, que es profesora. Y que contaba que su padre tiene una finca en El Hierro donde trabaja Ousmane, mauritano, que se vino aquí para ganar dinero y que su hija estudiara. Y ya se ha sacado una carrera en Dákar, Senegal, y un máster en Fez, Marruecos. Pero aquí sigue Ousmane, que se ha aficionado un poco a la Lotería y siempre le pide a Vero que le lleve un número de Tenerife. Pero este año andaba inquieto porque ella llegaba el 22 por la tarde y no le había mandado una foto con el número a pocas horas de empezar el sorteo. Así que le había mandado varios mensajes de voz. “Me tengo que acordar de hacerlo antes de dormir, como sea”.

Habló Ignacio, que es investigador, y reconocía que él no juega a la Lotería, aunque de pequeño se sacó una bicicleta en la tómbola de Santa Cruz y eso le cambió la vida “Una bicicleta era carísima en aquella época, una cosa casi de lujo, y yo tenía la sensación de estar subiendo de estatus”, contaba. “No juego a la lotería porque tampoco creo que cambiara mucho mi vida si la sacara. Y no quiero que suene chulo, ¡eh! Yo he pasado épocas complicadas. Pero más o menos hago lo que quiero, y trato de no ser muy consumista”.

Y luego habló María, que es profesora. Para ella, la lotería es casi un acto social que consiste en comprar boletos a la hija de un amigo o un comapañero de trabajo que quiere marcharse de viaje de fin de curso. O un suvenir. “Inexplicablemente, te vas de viaje por ahí y terminas comprando un número de lotería como para llevarte un recuerdo”. Eso lo contaba mientras su marido miraba repetidamente el móvil para ver cómo iba el Canarias-Granca-. Porque, hasta que terminó el partido, allí es donde estaba su espíritu.

Ya de mañana, en La Vega Lagunera, San Benito, quizá la mejor churrería de la ciudad, las voces de los niños de San Ildefonso sonaban desde las ocho de la mañana. Esas ya no son horas tan alcohólicas ni La Vega es el sitio para la última copa que fue hace unos diez años, a cualquier hora de la madrugada. Aunque un buen bar de barrio es un refugio respetuoso para las debilidades, y a nadie le importa si el vaso lleva café o coñac siempre que uno se porte bien. Morín, jubilado tras decenios trabajando en el HUC, está desayunando con su hija e invita a un parroquiano a una cerveza. “Yo compro diez números, pero ninguno es para mí. Todos son para mi famila”, cuenta. De hecho, cada semana se gasta 20 euros para comprar varios boletos a unos familiares jóvenes que han montado una empresa de pescado. “Llevan muchos años currándoselo, y me gusta ayudatrlos”.

De repente, se escucha una tos:

– “Tengo el pecho cargado”, dice uno.
-“Eso es por fumar”, le dice otro.
– “¿Y dónde te sacaste el título de doctor”?
– “En ningún sitio, pero fumé 40 años y me dolía el pecho”.

En La Vega tienen su peña de lotería, con 40 personas apuntadas este año, y Olga, la dueña del bar, cree que “los que tenemos ilusión siempre compramos un número”. Para “desahogarte de un pago”, para vivir mejor. “Si no pensara que me lo puedo sacar, no compraría”.
Brito, que es gruista, dice que él tiene seis o siete números este año. “Por algo es, no sé si porque lo compra todo el mundo o por esperanza. A lo mejor es una especie de envidia, no sea que los demás se lo saquen y tú no”.

Luis, que trabaja en la hostelería, dice que el compra por sus hijos, “para dejarlos bien”. “Me gustaría ponerles una casita”, dice mientras mira una foto en su móvil y se le rayan los ojos. Juega a la Bonoloto y La Primitiva todas la semanas. Pero saca muy poco. “El trabajador siempre busca mejorar su vida, pero a veces no viene la suerte, que muchas veces se encuentra donde ya está el dinero”.

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